Carlo María Cipolla era un profesor de Historia de la Economía en varias universidades de Italia, llegando a ser catedrático en la Universidad estadounidense de Berkeley en el año 1959. Para analizar el comportamiento humano y su influencia en la sociedad y en la economía, desarrolló una praxis a la que denominó Teoría de la Estupidez.
Para establecer las bases de su concepción, Cipolla planteó lo que denominó las cinco leyes de la estupidez:
1ª.- Siempre subestimamos el número de individuos estúpidos que hay en nuestro entorno social.
2ª.- La probabilidad de que una persona sea estúpida, es independiente de otras características inherentes a esa persona.
3ª.- Se considera estúpida a la persona que causa daño a otra u otras personas, sin obtener ninguna ganancia personal.
4ª.- Las personas no estúpidas siempre subestiman la capacidad de inferir daño de las personas estúpidas, y por ello desconocen que asociarse con los estúpidos supone un error costoso.
5ª.- En el ámbito social los estúpidos es lo más peligroso que puede existir.
Utilizando como base estas cinco normas y extrapolando la tercera, Cipolla introduce un binomio que se desdobla entre los beneficios y pérdidas que un individuo se causa a sí mismo, y los beneficios y pérdidas que un individuo puede causar a los demás. Establecida esta doble premisa se califica a las personas según la interrelación de estas dos afirmaciones, y para ello se introducen los siguientes sustantivos-adjetivos:
-Los inteligentes: benefician a los demás y a sí mismos.
-Los incautos: benefician a los demás pero se perjudican a sí mismos.
-Los estúpidos: perjudican a los demás y a sí mismos.
-Los malvados: perjudican a los demás y se benefician a sí mismos.
La Teoría de la Estupidez es aplicable en cualquier circunstancia en la que los individuos interactúen socialmente como en el mundo de la empresa y de las relaciones laborales, en las asociaciones, entre las amistades, en familia, en política, etc…
Si aplicamos esta teoría en el ámbito circunscrito a la sociedad catalana, podríamos afirmar que los inteligentes son lo que yo denomino «constitucionalistas activos», que son aquellos que votan a partidos constitucionalistas, porque en su defensa de la libertad y de los valores democráticos benefician a los demás y a sí mismos.
Los incautos son lo que se ha conocido como «mayoría silenciosa», y que denomino «constitucionalistas o españoles pasivos», que si bien se consideran españoles, no hacen nada para defender su identidad nacional, absteniéndose en los comicios electorales, y evidentemente con esta conducta pasiva benefician al independentismo perjudicándose a sí mismos, porque sus hijos son sometidos a la dictadura lingüística escolar, y se les priva de acceso a trabajar en la administración pública catalana si no tienen el consabido nivel C de catalán.
Los estúpidos son los que yo denomino los «palmeros del separatismo», que si bien no son independentistas, perciben que los que mandan en Cataluña son los partidos nacionalistas, con los que conviene estar a buenas. Tenemos aquí a una gran parte de la burguesía catalana, la prensa, los pijoprogres, los socialistas, los comunes y podemitas, sectores del clero y un largo etcétera de colaboracionistas, que según la lógica del profesor Cipolla, perjudican a los demás y se perjudican a sí mismos, porque si triunfan los independentistas serán obligados a pasar por el yugo de la opresión excluyente y supremacista.
Por último tenemos a los malvados que evidentemente su papel está reservado a los independentistas, y sus partidos políticos y asociaciones, que con sus políticas impositivas perjudican al conjunto de la sociedad catalana sumiéndola en la pobreza, mientras se lucran de una forma obscena con el dinero que obtienen de sus impuestos con el que gravan a los catalanes, y del que les confiere el Estado español.
Si volvemos a las cinco normas de la Teoría de la Estupidez de Cipolla, también extraemos unas correlaciones que tienen su interés:
Primera ley: muchos constitucionalistas subestiman el poder social del separatismo. Esto es lo que se ha denominado Teoría del Suflé que sostienen aquellos individuos del PP, de Ciudadanos, de SCC y otras asociaciones que piensan que el separatismo va a menos en Cataluña, y que hay que practicar una cierta condescendencia para pacificar las sociedad catalana.
Segunda ley: hay independentistas que son buenas personas pero eso no les resta ninguna peligrosidad, como el león que se deja acariciar.
Tercera ley: los colaboracionistas causan más daño a Cataluña y la sociedad catalana que los mismos separatistas, porque mientras éstos están perfectamente identificados, los palmeros son los que dan la puñalada por la espalda. A esta acción traidora en la Alemania de 1918 se la denominó «dolchstosslegende», cuando los que estaban en el frente fueron traicionados por los políticos de izquierda y por la prensa.
Cuarta ley: los colaboradores del independentismo desconocen que están cometiendo un fatídico error que tendrá funestas consecuencias. Este fenómeno ha sido una constante en la historia de los cambios de regímenes políticos, y por poner un ejemplo podemos citar a los líderes guerrilleros de ideología liberal y democrática que estaban con Fidel Castro en Sierra Madre, que acabaron siendo purgados cuando triunfó la revolución.
Quinta ley: los separatistas son lo peor que puede haber porque son imperantes, impositivos, sectarios, liberticidas, antidemocráticos, supremacistas y, en el fondo, racistas.
Decía Albert Einstein que hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y del primero no estoy seguro. Yo añadiría que la labor de los políticos sensatos con responsabilidad institucional es precisamente combatir la estupidez y en eso estamos.
Juan Carlos Segura Just
Diputado al Congreso
Hemos iniciado una campaña de crowdfunding para editar un libro de homenaje a Su Majestad y desagraviarle de las mentiras separatistas: ‘Los catalanes SÍ tenemos Rey: Felipe VI’. Si quieren colaborar pueden hacerlo aquí.
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