Pienso que, a estas alturas, lo que parece evidente es que no se puede reducir el problema del PSOE solo a Pedro Sánchez o a Zapatero, como hacen muchos; porque en todos los partidos puede aparecer algún canalla en su dirección (aunque en el caso del PSOE estos han sido siempre muchos).
La gravedad del asunto radica, sobre todo, en los 120 diputados, 88 senadores, casi 300 diputados autonómicos, los innumerables alcaldes, concejales y cargos del Partido Socialista que han acompañado, avalado y sostenido, sin rechistar (al menos públicamente), la falsaria y corrupta forma de actuar de Sánchez y su Gobierno, con sus “trincadores” y puteros, y un sinfín de casos de corrupción incluso en su propia familia, que, para mantenerse en el poder (la amnistía, los indultos y las constantes cesiones a los separatistas son máxima corrupción), no ha cejado ni un instante, contando con la inestimable colaboración de sus socios podemitas, separatistas y bilduetarras, en su implacable tarea de demoler el orden constitucional, social y moral de nuestra patria.
Hay que decir que los hechos y la historia demuestran que, desde su fundación en 1879, y salvo algún pequeñísimo paréntesis, no ha existido un PSOE bueno, como no ha habido una CiU buena, ni hay un PNV bueno, ni un Junts o una ERC buenos; y qué decir de EH Bildu. Pienso que se engaña quien así lo crea. El Partido Socialista y sus socios son la auténtica ruina de España.
Hace ya mucho tiempo llegué a la conclusión de que, en el fondo, tal vez con alguna escasísima excepción, todos los socialistas son iguales, al igual que todos los separatistas. Aunque ahora, después de casi ocho años de Sánchez en el poder y cuando el proyecto socialista (que no deja de ser una especie de gran lobby con una enorme red clientelar) hace aguas por todas partes, lo que lo hace cada vez más insostenible, empiezan a asomar algunos socialistas críticos, de momento muy pocos, que suelen además lanzar la piedra y esconder la mano.
Pero ¿no llegan estas voces demasiado tarde, después de que unos y otros hayan estado gustosamente tragando durante años escándalos de todo tipo, sapos y culebras, o, en el mejor de los casos, hayan practicado un atronador silencio cómplice, dedicándose a mirar para otro lado? ¿Pueden resultar esas tan escasas voces ahora creíbles? ¿No será, a la vista de los hechos, que algunos empiezan a reaccionar ahora, cuando comienzan a otear el más que previsible hundimiento del barco, más por miedo a perder en el futuro sus prebendas y poltronas que por principios?
Y podríamos hablar de los cientos de miles de ciudadanos (según las últimas encuestas, en torno al 25-26 %) que, entre desnortados y fanatizados, y a pesar de la que está cayendo, siguen dando su apoyo a los socialistas. Y eso es realmente terrible, pues se trata de personas con las que es casi imposible razonar, aunque entre estas puede haber un pequeño sector que, un tanto confuso, los sigue votando por desidia, al no percibir una alternativa que les resulte realmente creíble.

Hace ahora casi un año apareció en una zona deportiva de mi barrio (Bonavista), en Tarragona, feudo del PSC-PSOE en el municipio, un ilustrativo mural que decía: “El PSOE es una cloaca. Ahora vas y lo votas. ¡Despertad!”. ¿Acabará el PSOE, al final, por su creciente putrefacción, desapareciendo o convertido en un partido residual, como ha sucedido en Italia, Grecia o Francia? Es posible; al menos, ¡eso espero y deseo!
Pero hay que tener presente que una parte importante de los españoles comparte, en el fondo, la mentalidad socialista (lo que podría definirse como socialismo sociológico): la de las ayudas, subsidios y dependencia; la de ser funcionario como máxima aspiración; la de los “empresarios” que viven exclusivamente de los favores y las adjudicaciones de las administraciones públicas (muy frecuentemente a cambio de corruptelas); la de los que se incorporan a un partido político, sea cual sea, no por principios, sino en busca de cargos, favores o prebendas, y que jamás cuestionan nada de lo que diga su jefe de filas.
En definitiva, la de los que se comportan como autómatas, como un rebaño (la gran mayoría), frente a los que actúan como hombres libres, que actúan y piensan por sí mismos, asumiendo responsablemente sus decisiones (una aplastante minoría).
Aunque la tarea es ingente, pienso que es imprescindible dar la batalla cultural en todos los frentes, hasta lograr que la sociedad civil despierte y salga de la pasividad generada por un tan prolongado proceso de domesticación política y social, y recupere la iniciativa como hombres libres. Solo así España puede tener realmente solución.
Salvador Caamaño Morado (presidente de la Coordinadora de la Resistencia Cívica)
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