De la nación discutida y discutible a la España plurinacional

Que el PSOE haya decidido sumarse a la ocurrencia de la España plurinacional es una mala noticia. Lo es porque no obedece a convicción alguna, sino a que piensan que así pueden contentar a la élite política catalana que lleva más de 35 años dedicada a la “construcció nacional” y calmar, de esta manera, el pulso del separatismo. Pero es un error, porque el llamado “procés” no es más que una fase avanzada de la tarea que empezó Pujol, y que han continuado sus herederos ideológicos a izquierda y derecha.

El padre del partido del tres –o cuatro- por ciento está de celebración: el PSOE ha acabado rendido a sus tesis, como ya antes lo hiciera el PSC. Parece que el PSOE es hoy menos PSOE y más PSC. Y ser más PSC quiere decir ser menos igualitario, menos solidario y más partidario de la diferencia de derechos.

Esta no es una afirmación infundada. Los hechos demuestran que el PSC, en lugar de combatir los postulados fundamentales del nacionalismo, los asumió como propios. Basta con comprobar cuáles son sus propuestas en materia cultural, lingüística o económica: partidarios de “blindar constitucionalmente” la inmersión -es decir, la exclusión de la lengua española y mayoritaria de los catalanes como lengua vehicular de enseñanza- y de las multas lingüísticas por no rotular en catalán, pero también de establecer límites a la solidaridad interregional en España.

Recordemos que Montilla manifestó que “la solución es que el dinero de los catalanes se quede en Cataluña”, propuesta completamente alejada de las ideas de redistribución y justicia social que debería defender un partido con sensibilidad social frente aquellos que pretenden romper el principio de igualdad, lo hagan haciendo referencia a las balanzas fiscales o al mantra del “Espanya ens roba”. La propuesta del expresidente autonómico del PSC, en lugar de combatir ese objetivo nacionalista, lo apuntalaba.

El PSC, en lugar de contribuir a construir un Estado justo e igualitario para todos, ha contribuido a su fragmentación. En lugar de propugnar los valores cívicos con los que se construyen los espacios comunes de la ciudadanía, ha contribuido a asentar el relato identitario elaborado por el pujolismo. El mayor signo de esto lo hallamos cuando en 2010, José Montilla, el entonces presidente de la Generalidad, encabezó la manifestación que llevaba por lema “Som una nació, nosaltres decidim”. El lema no da lugar a equívoco pues una nación es precisamente eso: una unidad de decisión o de soberanía.

Dijo Zapatero que el término nación es un término discutido y discutible. Lo es, efectivamente, si definimos la nación en términos culturales o sentimentales. No lo es si la definimos en términos políticos, en términos de ciudadanía. Lo preocupante es que haya responsables políticos proponiendo redefinir la idea de nación política, que es la que recogen las constituciones democráticas, para definirla según una idea romántica, que es difusa, excluyente y generadora de conflictos civiles.

La nación, en términos políticos, la forman todos aquellos ciudadanos de un país que son iguales en derechos y obligaciones. La “contrucció nacional” significa precisamente eso: construir una nación, un espacio político soberano. Ese y no otro es el objetivo del nacionalismo catalán, que finalmente y después de varias décadas, ha reconocido que busca dividir el espacio de ciudadanía compartida que es España.

Por eso, cuando ahora desde el PSOE afirman que “la nación es un sentimiento”, lo que hacen es caer de lleno en el discurso nacionalista. Han sucumbido a su estrategia. Cuando se les pregunta en qué se basa ese sentimiento, responden que tiene que ver con la identificación cultural o lingüística. Sin embargo, olvidan que la sociedad es plural y que, puestos a identificar una lengua como la característica, la lengua materna de la mayoría de los catalanes es la misma que la del resto de españoles. Además, no reparan en cuales son verdaderamente esas identificaciones culturales. Las identificaciones culturales en la era de la globalización son demasiado complejas, y no necesariamente vinculadas a la tradición.

Por poner unos ejemplos: ¿qué música escuchan más los catalanes? ¿Rock de raíz anglosajona o sardana? ¿Qué comen más en el día a día? ¿Dürums o cocas de recapta? Cuando uno pregunta sobre los rasgos culturales diferenciadores, le responden apelando a tradiciones que han perdido su vigencia. La respuesta evoca a una tradición imaginada, a una idealización romántica, y no a la realidad social de la que deberían ocuparse.

La propuesta del PSOE, lejos de solucionar nada, reincide en el error. Al pretender contentar al nacionalismo, están aceptando el marco que busca imponer en su estrategia separatista. Los dirigentes del PSOE harían bien si leyeran la Estrategia de la recatalanización de Convergència y analizasen las políticas que se han ido aplicando en Cataluña en relación al Programa 2000 que la enmarcaba. La creación de ese sentimiento diferenciador ha sido un objetivo estratégico nacionalista desde que Pujol fue investido presidente de la Generalitat.

El reconocimiento de Cataluña como nación sería un éxito para el nacionalismo, que reforzaría su estrategia. En primer lugar, porque avanzaría en la fragmentación y debilitación del Estado, perseguida desde el primer día por el nacionalismo catalán. Pero también, porque ceder ante sus postulados y objetivos, cuando éste plantea retos al Estado, los incentiva. Reconocer la nación es la antesala de reconocer una soberanía diferenciada. Son tiempos de construir el Estado-nación europeo, basado en la idea de ciudadanía, por mucho que los fantasmas nacionalistas vuelvan a recorrer Europa. Pero el futuro pasa por unir, por conciliar a las personas, por igualar sus derechos, y no por separarlos ni por establecer privilegios o diferencias de trato.

Antes de continuar, detengámonos otra vez en la idea de nación. Mientras que la nación definida en términos políticos es fácil de definir, la definición sentimental es difusa tanto en lo que hace referencia a la membresía como al espacio geográfico. La nación, entendida como conjunto de ciudadanos iguales en derechos y obligaciones, se puede perfilar perfectamente tanto a nivel demográfico como geográfico. Sin embargo, la nación entendida como conjunto de ciudadanos que comparten el sentimiento de ser nación, es imposible de acotar.

Dicho con claridad: la nación española existe en la medida que existe un Estado constituido, internacionalmente reconocido, con ciudadanos iguales en derechos. No se construye sobre una realidad sentimental, sino sobre a una realidad política y jurídica construida a través de la historia. Por el contrario, la nación catalana no existe como realidad política ni como realidad sentimental. Que no existe como realidad jurídica no lo discute nadie. Para afirmar que no existe como realidad sentimental basta con observar que la sociedad catalana es heterogénea, con experiencias vitales y sentimientos de pertenencia e identidad diversos y contradictorios, como lo son en cualquier sociedad libre.

Si una nación fuera realmente cuestión de sentimientos, alguien debería concretarlos. ¿Qué sentimientos constituyen la nación? ¿La identificación con unos elementos culturales? ¿Con unas costumbres? Para que existiese la nación catalana definida como un sentimiento, éste tendría que ser compartido por todos y cada uno de los catalanes o, de otra manera, dejaría fuera a muchos catalanes que no lo compartieran. En el momento en el que un solo catalán manifestase no compartir ese sentimiento, tampoco Cataluña sería una nación en esos términos, sino otra nación de naciones a su vez. Tantas como sentimientos o identidades se pudieran encontrar. Y como hablaríamos de sentimientos de identidad compartida, tampoco los podríamos limitar geográficamente al espacio definido por un mapa político.

Un ejemplo lo podríamos encontrar en los aficionados del Fútbol Club Barcelona. Quizás serían una nación: no hay más que ver la camaradería de su afición: comparten sentimiento e identificación con unos colores, que contraponen a otros. Ahora bien, ¿qué espacio geográfico ocupan esos aficionados? Están repartidos por el mundo, y comparten espacio político con personas que son aficionadas a otros equipos. O ninguno, como sería mi caso.

Mi cosmovisión, afinidad política e ideológica es mucho más cercana a la de un amigo mío, emigrante de Colombia, que a la de mis primos nacionalistas de Vic. Mi forma de entender el mundo se parece más a la de un tipo nacido al otro lado del atlántico que a la de unos familiares nacidos a pocos kilómetros de donde yo nací. Y también me identifico más con un vecino, estudiante de ingeniería de padres marroquíes, que con la familia Pujol, por mucho que ésta tenga sus orígenes en el pueblo de al lado.

Lo peor de todo es la ligereza con la que se trata el asunto. La falta de visión política que se observa detrás de esa propuesta, responde al tacticismo miope del PSOE que, al defender la plurinacionalidad de España, lo único que busca es contentar al nacionalismo catalán. Un nacionalismo que pretende romper con el orden constitucional y sus cimientos democráticos.

Ese reconocimiento de Cataluña como nación sería la antesala de su reconocimiento como entidad soberana. Lo he calificado al principio de ocurrencia, porque me parece que es una idea poco meditada, que busca una solución urgente a un problema que parece coyuntural cuando es en realidad estructural. Pero no deja de ser una ocurrencia ante un chantaje al que prefiere no hacer frente olvidando que, cuando se cede, lo esperable es que éste no cese.

En el himno del PSOE podemos escuchar frases como “agrupémonos todos” o “los hombres derechos iguales tendrán”. Pero lo que proponen camina en sentido opuesto. La “nación de naciones” no agrupa, sino que fragmenta. No iguala en derechos, sino que pretende asentar nuevas diferencias que sólo responden a los intereses de una élite política regional en Cataluña, que vive parasitando las instituciones previstas en nuestro ordenamiento constitucional.

Los hijos biológicos de Jordi Pujol están metidos en asuntos judiciales. Pero parece que sus hijos políticos no sólo están en Convergència –o como la quieran llamar ahora-, sino también en el PSOE. Pedro Sánchez podrá levantar el puño y cantar el himno de su partido. Pero lo que cantan en su partido no tiene nada que ver con lo que proponen. La España plurinacional es antisocial, anti igualitaria, y menos emancipadora que la España de la nación de ciudadanos libres e iguales.


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