Ninguna negociación es fácil cuando hay varias partes, con distinta fuerza y una historia larga detrás. Precisamente en estos casos hay que tratar de ver con claridad los temas principales para no dejarse llevar por lo que les interesa a las otras partes. Lo importante es lo primero y no se pueden acordar detalles sin haber luchado por lo principal.
El primer tema es el tipo de ley. Hay leyes interventoras que tratan de fijar una posición de máximos y de consolidar derechos para todos sin atender a peculiaridades por sectores o tipo de empresas, mientras hay otras leyes habilitantes que tratan de delimitar un campo de negociación amplio para que las partes sociales puedan ir encontrando su lugar en función de sus características. Parece claro que los horarios de un profesor de esquí, de un consultor especializado, de un camarero, de un obrero en una fábrica a turnos o de un mecánico en una plataforma petrolífera son campos muy distintos. No se debe hablar de horas semanales, en todo caso se tendría que hablar de horas realmente trabajadas al año por sectores y tipo de trabajo y facilitar que las partes vayan encontrando sus acuerdos. Es cierto que es una cifra menos emocional o perceptible, y que varía de un sector o empleo a otro, pero eso es lo único que asegura una negociación racional, basada en hechos y no en guerras de imagen personal o partidista. Y solo una negociación racional y no emocional permitirá resultados positivos para todas las partes a largo plazo.
El hablar de horas realmente trabajadas al año evitaría también la táctica sindical de la mortadela. Y me refiero a la estratagema que usa Sofía Loren en su película de 1971 “Mortadela”, por la que va dando a probar rodajas de su lustrosa mortadela hasta que desaparece el cuerpo del delito de contrabando en la frontera. En este caso, si nos dejamos convencer por el “no sea usted un señor malo, si solo es una tajadita superfina”, después de unos cuantos pases, la rolliza mortadela se quedará reducida al alambre de donde colgaba.
Si por un lado bajamos el límite de horas semanales y luego tiramos de los días de vacaciones, del santo del barrio, del día del empleado, de la pausa bocadillo, de permiso por el fallecimiento del abuelastro, de absentismo por gripe y tantas otras tajaditas pues al final las horas realmente trabajadas bajan y bajan. El fijar el salario no por una cuantía mensual sino por hora realmente trabajada también dificultaría la presión negociadora de ahora una cosa y luego otra.
Recordemos que cualquier medida que no se vea compensada por un aumento de productividad llevará a costes más altos, menos beneficio y más inflación lo que alimenta el círculo vicioso. Y no podemos pensar que lo que parece beneficioso a corto plazo para una empresa o país, realmente lo va a ser, porque otras empresas o países mejoran su posición y finalmente nos quitarán esos trabajos. Como toda medida populista es pan para hoy y hambre para mañana. Por bajar las horas trabajadas un 6% no se crea un 6% de empleo, normalmente se crea desempleo a medio plazo por pérdida de competitividad. Si esa fuera la solución podríamos bajar las horas un 15% y desaparecería todo el paro de España.
El argumento de que hay empresas que ya tienen 37 horas a la semana y eso prueba que todas podrían trabajar 37 horas es falaz. Lo único que prueba es justo lo contario, que las empresas que podían bajar a 37 horas ya lo han hecho por si mismas y sin necesidad de ninguna ley intervencionista.
Si además sumamos a la táctica mortadela con las horas una subida acumulada en los últimos años del SMI sin atender al coste de vida provincial y a la productividad por empleo y sector y fijándolo por mes y no por hora trabajada, multiplicamos el efecto nocivo en el empleo. Nuestra tase de desempleo, recordemos, es nuestro peor indicador con respecto a Europa. Y la mayor división de clases sociales que hay es la de los empleados y los desempleados.
Para que España se pueda desarrollar y progresar, realmente y no sobre el papel, necesitamos introducir criterios de racionalidad y no de conveniencia ideológica o incluso personal, en cualquier tipo de negociación; pero especialmente en todo lo que se refiera al empleo, nuestro talón de Aquiles.
© Marcelino Elosua, Madrid 2025. Para elCatalán.es (25/01/27).
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