El separatismo y su hermano mayor, el populismo, lo pudre todo, porque su concepción tribal de la sociedad no permite disensiones. En la Cataluña secesionista solo impera el “prietas las filas” y el “impasible el ademán”, y a quién se le ocurra dudar, se le expulsa al infierno de los discrepantes. Nadie se libra.
Un buen número de profesores universitarios, dramaturgos, escritores e intelectuales de diversas disciplinas han sido, primero, ignorados; luego señalados y al final, masacrados y condenados a la muerte civil. Todo ello por llevar la contraria al separatismo o cuestionar los dogmas que sus diversas corrientes (comunes, PSC, ERC, CUP o Junts) dictan,
En Cataluña hay que decir que Lluís Companys es «el presidente mártir», y no se puede mencionar que durante su mandato como presidente de la Generalitat más de ocho mil catalanes fueron torturados y asesinados, la gran mayoría de ellos por ser católicos. La masacre que Companys permitió en la retaguardia de la Guerra Civil fue un auténtico genocidio.
Genocidio que, para la inmensa mayoría de los catalanes, nunca existió, porque se ha tapado con toneladas de propaganda a favor de la figura de Companys, al que se le han dedicado centenares de calles, plazas, edificios públicos y hasta el Estadio Olímpico.
Así pues, cada vez que escuchen la palabra “memoria histórica” en boca de un separatista o de sus mariachis de la presunta ‘izquierda’ autodenominada ‘progresista’ ya saben que les espera una milonga que insultará su inteligencia. Y, además, la habrá pagado generosamente con sus impuestos,
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