Muchos catalanes nunca olvidaremos las imágenes del 1-O de compadreo entre docenas de agentes de la policía autonómica con los que ese día violaron la ley y ‘okuparon’ los colegios. Tampoco perdonaremos la persecución política a la que sometieron a los pocos ‘mossos’ constitucionalistas que alzaron la voz para denunciar los incumplimientos de la consejería de Interior.
Por mucho que Salvador Illa quiera ‘pasar página’ e intentar convencer a la opinión pública catalana que los Mossos son una policía ‘normal’, no lo son. Basta con ver el numerito de la fuga de Carles Puigdemont para comprobarlo. No se le detuvo, porque no quisieron y el prófugo contó con la ayuda de agentes de este cuerpo.
Por eso nunca podremos olvidar el espionaje a que algunos agentes de los Mossos sometieron a líderes sociales y políticos no secesionistas. Ni como los Mossos permitieron que los secesionistas llenaran los espacios públicos de propaganda separatista mientras solo pedían la documentación o retenían a los ciudadanos que, siguiendo la doctrina del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña sobre la necesaria neutralidad de las calles, quitaban lazos y ‘esteladas’.
Muchos catalanes nos sentimos desprotegidos ante los abusos de los mandos de los Mossos, y estamos convencidos que Salvador Illa no va a cambiar las cosas. Ha elegido al jefe de los Mossos durante el golpe de Estado del 1-O, Josep Lluís Trapero y a una dirigente socialista muy cercana al separatismo, Núria Parlon, como consejera de Interior. La situación solo puede empeorar.
Muchos tenemos miedo que, ante la violencia que pueden desatar los separatistas cuando quieran reactivar el ‘ho tornarem a fer’ de aquí a unos años -posiblemente cuando el PP vuelva al poder -, la respuesta de la policía de la Generalitat oscile entre la tibieza y la nada. No nos sentimos protegidos, y eso es lo peor que puede ocurrir en una sociedad que se dice democrática.
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