En estos tiempos de ruido perpetuo, parece que solo existen aquellas voces que se oyen más alto. Las que ocupan titulares, las que incendian redes, las que marchan con pancartas y cánticos coreografiados. Todo lo demás —el silencio, la duda, la mesura— parece no contar. Y sin embargo, hay ocasiones en las que el murmullo se convierte en coro. En las que el voto, incluso cuando no es político, habla más claro que cualquier editorial. Eurovisión 2025 fue una de esas ocasiones.
Mientras en el debate público se discutía encendidamente sobre la participación de Israel en el certamen musical, mientras las televisiones analizaban el significado de cada gesto y los expertos opinaban sobre la idoneidad de cada candidatura, algo inesperado sucedía: el público votaba. Y lo hacía de forma masiva, silenciosa, decidida. Israel obtuvo el mayor número de puntos del televoto europeo. También en España, donde recibió los codiciados 12 puntos. Como el año anterior. Como si todo aquel fragor mediático no fuese más que un eco lejano frente a la voluntad real de los ciudadanos.
Porque la opinión publicada no es —ni ha sido nunca— sinónimo de opinión pública. El hecho de que una postura acapare el espacio informativo no implica que represente a la mayoría. Muy al contrario: la historia está plagada de consensos aparentes que se deshicieron en cuanto hubo una urna disponible.
El caso de Israel en Eurovisión ilustra este fenómeno con una claridad perturbadora. Una parte considerable de la ciudadanía europea, lejos de la polarización ideológica y la militancia vociferante, puede sentirse identificada con la emoción de una actuación, con la historia personal de un artista, con una canción que, más allá de su bandera, resonaba en el terreno de lo íntimo. Esa parte del público no necesita explicar su voto. Ni justificarlo. Le basta con ejercerlo.
Existe un sector de la sociedad que no agita banderas, que no se lanza al barro de la consigna, que no milita en trincheras digitales. Son los ciudadanos moderados, los que se sienten incómodos en los extremos, los que callan mientras otros gritan. No porque no tengan opinión o se avergüencen de ella, sino porque creen que la democracia no se construye a voces, sino a votos. Que la voluntad colectiva no se impone, se expresa. Que el espacio del ciudadano no está en la tertulia ni en el trending topic, sino en la urna —o en su versión pop, en el televoto.
Este respaldo silencioso no contradice el derecho a manifestar posturas contrarias, pero sí nos obliga a reflexionar. ¿Cuántas veces confundimos el volumen con el consenso? ¿Cuántas veces creemos que una mayoría se ha pronunciado, cuando en realidad solo una minoría ha gritado más fuerte?
Eurovisión, ese escenario que se presume ajeno a la política pero que la respira en cada nota, ha funcionado este año como un espejo de lo que ocurre en muchas democracias: que las decisiones más sinceras no se corean, se votan. Que a menudo no es la plaza la que dicta la voluntad del pueblo, sino su conciencia íntima, madura, paciente. Y que mientras unos agitan la bandera del momento, otros esperan, serenos, su turno para hablar. Y cuando lo hacen, no necesitan palabras. Solo un voto.
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