La izquierda matricida

Buena parte de la opinión pública española asiste escandalizada a la última propuesta de Pablo Iglesias: negociar los presupuestos generales del Estado con el golpista Junqueras en la misma cárcel donde este se halla recluido.

Poner en manos de un político procesado por rebeldía el futuro de España, hacer depender a todo un gobierno de los deseos de este personaje, ceder a sus pretensiones, influir en la justicia para sellar su impunidad y la del resto de golpistas, todo ello sería sin duda inimaginable en cualquier otro país civilizado. Sin embargo, no pocos simpatizantes de la izquierda contemplan como algo normal, incluso conveniente, que el gobierno, mediante su principal aliado, convierta la cárcel de Lledoners en el despacho oficial de Junqueras y mendigue del recluso un pacto presupuestario.

Lo que para cualquier europeo de izquierdas o derechas constituiría una humillación de las patria sin paliativos, para la izquierda española oficial es justo y necesario. No debiera asombrarnos. Desde el inicio de la transición son numerosos los comentarios y actitudes despectivas hacia España protagonizadas por figuras mediáticas amparados por el respaldo y el aplauso entusiasta de periodistas, políticos e intelectuales encuadrados en lo que podríamos denominar una ideología de izquierdas.

Me vienen a la mente algunos ejemplos: Pepe Rubianes insultando obscenamente a España en TV3, y Fernando Trueba afirmando, con motivo de recibir el Premio Nacional de Cinematografía, que no solo no se había sentido nunca español, sino que en caso de conflicto él siempre tomaría partido por los enemigos de España.

Cuando Pablo Iglesias dice que va a ir a negociar los presupuestos con Junqueras y que los presos políticos deberían estar libres; cuando los políticos socialistas defienden la inmersión lingüística obligatoria en catalán y desprecian la lengua común de todos los españoles; cuando la ministra Celaá niega el adoctrinamiento; cuando nuestra izquierda actúa así, también se pone de parte de los enemigos de España, como Trueba, como Rubianes.

La pregunta es por qué: cuáles son las razones profundas que han forjado en la mayoría de partidos españoles de izquierda esa aversión, honda y antigua, a España. No tengo la respuesta, pero, al tratar de explicármelo, no puedo dejar de pensar que tal desafección, cuando no odio, hacia la madre patria no es otra cosa que la versión hispánica del mito griego del matricida Orestes, hijo de Agamenón, rey de Micenas, quien mató a su madre, Clitemnestra, y al amante de esta, Egisto, para vengar a su padre.

Siempre he creído que el progreso y el bienestar de España requieren inexorablemente de una izquierda patriota, a imagen y semejanza de la que impera en todos los países civilizados. Sin embargo, sanar a Orestes, liberarlo de su pulsión matricida, alumbrar una izquierda reconciliada con su nación, una izquierda con España, no contra España, será utópico mientras nuestra derecha se empeñe en hacer de Egisto, en ser la única depositaria del amor de Clitemnestra; mientras persista en criminalizar a esa izquierda confusa y desorientada, perpetuando así la lucha cainita que alimenta el mal de España.

No, la solución no es la cólera, ni la de Orestes ni la de Egisto. La solución no es acabar con la izquierda ni con la derecha, sino incorporar al seno materno a todos los españoles en su diversidad: “juntos unidos, un mismo latir, un solo corazón”


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