Hoy en Bruselas, Carles Puigdemont, prófugo de la justicia española, mantendrá un encuentro con el abad de Montserrat, Manel Gasch, con motivo de la exposición “Montserrat, un milenio: una contribución benedictina a la construcción de Europa”, que se celebra en el Parlamento Europeo. Bajo la apariencia de un acto cultural y religioso, esta reunión es, en realidad, una maniobra de blanqueo político y simbólico a favor de quien ha eludido sistemáticamente rendir cuentas ante los tribunales españoles.
Lejos de ser un evento inofensivo, este encuentro consolida una preocupante connivencia entre la jerarquía eclesiástica catalana y el independentismo más radical. El Monasterio de Montserrat, una institución que debería representar valores universales como la justicia, la verdad y la reconciliación, se presta ahora a legitimar con su presencia y su silencio la trayectoria de un político que ha optado por la fuga en lugar del diálogo judicial.
Esta no es la primera vez que Montserrat se posiciona de manera ambigua ante el conflicto político catalán. El propio abad Manel Gasch ha defendido públicamente que el monasterio “no puede separarse del devenir de Cataluña”. Sin embargo, abrazar esa idea no debería implicar convertirse en plataforma de apoyo para quienes eluden la ley. Si la Iglesia quiere ser parte del debate político, debe asumir también su responsabilidad ética.
Puigdemont, experto en utilizar cualquier escenario para reforzar su relato victimista, no ha dudado en convertir esta exposición en Bruselas en una oportunidad de propaganda. Hace unas semanas calificó como “provocación” la visita de los Reyes al monasterio con motivo de su milenario, atacando incluso al propio Govern por permitirla. Ahora, en cambio, se deja arropar por el abad como si no tuviera cuentas pendientes con la justicia española.
La exposición busca poner en valor la contribución benedictina a Europa, pero se ha transformado en un acto con evidente carga política. El hecho de que un fugitivo sea recibido en un marco institucional y eclesiástico no solo blanquea su figura, sino que daña la credibilidad de las instituciones que lo amparan. Convertir a Puigdemont en una especie de embajador cultural es una falta de respeto a quienes sí han respetado el marco democrático.
La operación de blanqueo moral es evidente: presentarlo como un defensor de la cultura y de la espiritualidad europea, cuando en realidad sigue siendo una figura profundamente divisiva, alimenta una narrativa que busca borrar las consecuencias de sus actos. El monasterio de Montserrat, con su complicidad, contribuye a distorsionar la realidad política de los últimos años.
NOTA: elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.




















