Salvador Illa ha protagonizado uno de los episodios más bochornosos de la historia reciente de la Generalitat. El presidente catalán no dudó en arrodillar la institución que dirige al desplazarse a Bruselas para reunirse con Carles Puigdemont, un prófugo de la justicia española. Con este gesto, Illa convirtió la presidencia catalana en un simple peón de intereses ajenos.
El encuentro con el expresidente huido supone un insulto a todos aquellos que respetan la ley y la democracia. Illa, lejos de defender la dignidad institucional, ofreció un altavoz y una legitimidad inmerecida a Puigdemont, que sigue sin responder ante los tribunales por su papel en el desafío independentista de 2017.
Todo esto no responde a una estrategia propia de Illa, sino a una orden directa de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno necesitaba enviar una señal de distensión a Junts para garantizar el apoyo parlamentario de Puigdemont. Y para ello utilizó a Illa, que aceptó sin rechistar poner la Generalitat al servicio de La Moncloa.
El cargo de presidente de la Generalitat, antaño símbolo de prestigio y autoridad, quedó reducido a mero instrumento de negociación política. Illa ha degradado la institución al convertirla en moneda de cambio en el mercadeo parlamentario de Sánchez, olvidando que su primera lealtad debía ser hacia Cataluña y sus ciudadanos.
Lejos de promover la reconciliación, esta reunión ha generado indignación y desconfianza. Para muchos catalanes, ver a su presidente rendir pleitesía a un prófugo no es un símbolo de diálogo, sino de rendición. Illa no ha buscado cerrar heridas, sino contentar a Puigdemont y a Sánchez a costa de la dignidad colectiva. En lugar de ejercer un liderazgo firme, se ha limitado a ser el ejecutor de los deseos de Sánchez.
Su presidencia parece carecer de proyecto propio: se limita a obedecer al Gobierno central, incluso cuando ello implica someter la Generalitat a un papel humillante. Una forma de gobernar que transmite debilidad, no autoridad. Paradójicamente, el gran beneficiado de este gesto es el propio Puigdemont. Illa le ha regalado una fotografía que el independentismo utilizará como trofeo, presentándolo de nuevo como interlocutor válido.
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