Estabilidad y gobernabilidad
Desde la Transición, la formación de gobierno en España ha dependido, casi siempre, del apoyo explícito –votando sí– o implícito –absteniéndose– de las minorías nacionalistas. En ese sentido nada ha cambiado; el cambio, ahora, está en las prendas y prebendas que el gobierno de Pedro Sánchez parece dispuesto a entregar. Y no es que las anteriores, PP o PSOE mediante, no hayan sido vergonzantes.
La conclusión más importante es que la inestabilidad y debilidad de los gobiernos españoles es consustancial al sistema electoral del que nos dotamos en el 78 y en la LOREG. Es decir: que o cambiamos el sistema, o esto no hay dios que lo remedie.
No digo que no haya otros factores coadyuvantes como pueden ser la falta de una tradición de pactos como la que existe en otros países europeos, la falta de fidelidad constitucional, la indefinición jerárquica de las instituciones estatales y autonómicas, la debilidad de la separación de poderes, etc.; y, sobre todo, el chalaneo eterno con los nacionalistas, que en numerosas ocasiones he definido como “complejo de culpa impropia”. Que siempre dije que tenía la izquierda, pero que también afecta a la derecha. Son los gajes de no haber superado todavía el franquismo, que atenaza las neuronas de nuestros líderes de uno u otro signo.
En España los ciudadanos no elegimos el gobierno
Cuando nos llaman a votar es para elegir las cámaras legislativas: Congreso de los Diputados y Senado. Y en ningún lugar de la ley dice que el primero de la lista por Madrid de cualquier candidatura al Congreso haya de ser el candidato a Presidente de Gobierno. No. Al gobierno lo elige el Congreso de los Diputados, por mayoría absoluta en primera vuelta y por mayoría simple en segunda. Además, con la distorsión de la voluntad popular que produce el sistema electoral, puede pasar –como en esta ocasión– que haya más votantes en contra que a favor del nuevo gobierno (no me cuenten las abstenciones como positivas, por favor). Y si a esto añadimos que el PSOE tan solo consiguió frenar la sangría de votos a base de realizar una campaña prioritariamente enfocada contra el independentismo, podemos afirmar que éste no ha sido el pacto de gobierno que querían los españoles.
Cambiar el sistema electoral para eliminar la deformación de la voluntad popular, garantizando la igualdad del valor del voto de todos con independencia de dónde o a quién voten, y garantizar gobiernos estables que representen la voluntad popular, es la única opción para acabar con este día de la marmota interminable.
Es evidente que si se hubiera realizado una reforma electoral como la que hace tiempo propongo, ahora estaríamos a punto de elegir, votando todos lo españoles, entre Pedro Sánchez y Pablo Casado. Y lo más probable, o no, es que fuera elegido el Sr. Sánchez. Y entonces, ¿cuál sería la diferencia? Pues que no habría tenido que acordar nada con PNV, ni con ERC, ni con Bildu. Posiblemente habría negociado con Podemos para conseguir su apoyo electoral, sí. Pero el chantaje de las minorías nacionalistas se habría acabado.
Es cierto que podría haber sido elegido con el sistema actual (en mi propuesta no lo descarto, lo acoto en el tiempo), pero la capacidad de negociación de esas minorías sería prácticamente nula. En todo caso podría eliminarse la segunda votación por mayoría simple en mi propuesta.
Cambiar la Constitución. Un reto
España necesita afrontar una reforma constitucional que consolide los derechos sociales, tan solo enumerados en la Constitución actual, y sobre todo que refuerce su integridad territorial definiendo claramente las competencias de las autonomías, recuperando algunas para la administración central, estableciendo una clara jerarquía institucional y, por supuesto, estableciendo un sistema electoral en circunscripción única que a la vez garantice un gobierno estable y fuerte.
El problema para llevar a cabo esa reforma es el cainismo instalado entre los dos grandes partidos. Hoy para ellos es muy cómodo beneficiarse del sistema electoral actual.
Es preciso pues que superen sus propios intereses, tengan altura de miras y planteen unos puntos de acuerdo mínimos para esa reforma constitucional.
¿Será pedirles mucho?
Nou Barris, Barcelona. Enero de 2020.
Aquí puedes leer la primera entrega del artículo.
Vicente Serrano.
Miembro de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista.
Autor del ensayo EL VALOR rEAL DEL VOTO. Editorial El Viejo Topo. 2016.
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