El separatismo catalán atraviesa una crisis nerviosa que ya ni siquiera intenta disimular. El último episodio lo protagonizó el expresidente de la ANC, Lluís Llach, desatado en sus ataques contra antiguos aliados y adversarios. Sus palabras en un podcast independentista (L’Arrabassada’) exponen la decadencia ideológica de un movimiento descabezado.
Llach centró sus dardos en la cúpula republicana mediante veladas alusiones a Oriol Junqueras, tal y cómo reveló ‘El Triangle’. Recordó con amargura las tensiones internas en el «estado mayor» del referéndum de 2017. El cantautor ajustó cuentas pendientes, acusando a la cúpula de ERC de tacticismo electoral durante los momentos más críticos del proceso separatista.
Las rencillas internas confirman la falta de lealtad que imperó entre los socios de gobierno durante el desafío al Estado. Lejos de asumir responsabilidades, las distintas facciones continúan lanzándose trapos sucios en foros afines. El relato de la unidad patriótica salta por los aires ante la cruda realidad del partidismo.
La descalificación personal continuó con duras embestidas hacia dirigentes del PSC. Llach arremetió con virulencia contra Miquel Iceta, recurriendo a descalificativos impropios de la conversación pública. La falta de argumentos políticos se enmascara una vez más tras la descalificación zafia.
El actual presidente de la Generalitat, Salvador Illa, tampoco escapó a las invectivas del músico. Llach tildó al líder socialista de representa la «mediocridad del poder», reincidiendo en acusaciones infundadas sobre su trayectoria personal. Se confirma así la incapacidad del nacionalismo para asimilar la alternancia política en Cataluña.
Sorprende la condescendencia mostrada hacia formaciones de extrema derecha como Aliança Catalana. Llach admitió abiertamente su disposición a colaborar con fuerzas xenófobas con tal de alcanzar la secesión de Cataluña, a pesar de que Silvia Orriols «le da miedo». Dijo que estaba dispuesto a «aceptar a mi lado al hijo de puta que sea necesario para tener la independencia». Esta postura revela un pragmatismo amoral que antepone el fin a cualquier principio democrático.
El cantautor llegó a justificar pactos con cualquier actor político para evitar la «desaparición» del movimiento. La supuesta reserva moral del catalanismo sucumbe así ante la desesperación estratégica. La transversalidad democrática cede paso a una transversalidad del extremismo.
El acto concluyó en un ambiente de encendida hostilidad hacia las instituciones comunes. Los exabruptos finales evidenciaron el resentimiento de un sector incapaz de digerir la victoria de la selección española en el panorama deportivo global. La frustración política se traduce de nuevo en rechazo visceral.
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