El presidente del partido, Oriol Junqueras, ha centrado su intervención durante la Diada en alertar contra los discursos que ligan la identidad nacional con la exclusión social. Detrás de esta retórica se esconde el evidente temor de la formación republicana ante la pujanza electoral de opciones soberanistas de corte identitario radical.
Junqueras ha situado el miedo, la desesperanza y la percepción de un futuro peor como el principal caldo de cultivo del auge autoritario actual, como Aliança Catalana. Curiosamente, ERC intenta dar lecciones sobre cohesión social tras años de priorizar la fractura institucional y la confrontación en Cataluña.
El líder republicano ha apelado directamente a los nuevos ciudadanos para intentar integrarlos en un supuesto «proyecto común de país», mientras excluye a los catalanes no separatistas. La contradicción resulta evidente al pretender defender una cultura milenaria mientras se diluyen los elementos tradicionales de pertenencia para maquillar las expectativas electorales.
Junqueras ha insistido en que Cataluña no debe convertirse en un búnker cerrado, sino en una casa amplia capaz de acoger a diferentes sectores. La estrategia refleja la profunda debilidad de un sector político que intenta reinventarse a la desesperada en un tablero catalán cada vez más fragmentado.
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