El departamento de Estado norteamericano no ha dejado espacio para la duda diplomática. Coincidiendo con el aniversario de la llegada al trono de Mohamed VI, la administración estadounidense ha exhibido un respaldo categórico al régimen alauita. Washington reafirma así una alianza que califica de histórica, sólida e indiscutible.
La declaración institucional de hace unos días del secretario de Estado, Marco Rubio, evidencia la sintonía estratégica entre la Casa Blanca de Donald Trump y la corona marroquí. Rubio ha ensalzado al país vecino como un pilar fundamental para la estabilidad en el norte de África y Oriente Medio. Se trata de un reconocimiento contundente que sitúa a Rabat en una posición de clara ventaja geoestratégica.
El mensaje enviado desde la capital estadounidense deja en una posición enormemente vulnerable a la diplomacia española. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez multiplica los gestos ambiguos hacia potencias como China y acumula roces institucionales con Washington, Marruecos amarra el apoyo explícito del gigante americano. Es el resultado directo de una política exterior desatinada que primó la ideología sobre los intereses nacionales.
La fragilidad del Ejecutivo español es especialmente preocupante si se analiza el contexto reciente en la frontera sur. España ya sufrió las consecuencias de la pasividad marroquí durante las crisis migratorias en Ceuta, donde la inacción calculada de Rabat puso a prueba nuestra soberanía nacional. Hoy, aquel episodio adquiere un matiz aún más inquietante ante la evidente preferencia norteamericana por el vecino del sur.
Los gestos de complicidad entre el régimen de Mohamed VI y la administración Trump son constantes y visibles. Rabat no ha dudado una autopista clave en el sur del país y en el territorio ocupado del Sáhara Occidental con el nombre del mandatario estadounidense. Esta escenografía certifica una sintonía política que Moncloa simplemente ha sido incapaz de contrarrestar.
El texto difundido por la diplomacia norteamericana subraya que la relación bilateral con Marruecos se sustenta en casi dos siglos y medio de cooperación ininterrumpida. Marco Rubio ha apelado a los valores compartidos entre ambas naciones y al compromiso mutuo en materia de seguridad regional. Una retórica formal que guarda un trasfondo de compromisos militares y económicos de gran alcance. Sobre todo cuando fue la corona de España la que ayudó a Estados Unidos a alcanzar su independencia frente a los ingleses, detalle que la actual administración norteamericana obvía.
La Casa Blanca valora especialmente la adscripción de Marruecos a los Acuerdos de Abraham, el esquema promovido por Washington para normalizar los lazos entre Israel y el mundo árabe. Este paso consagró a Rabat como un interlocutor indispensable para el Pentágono y el Departamento de Estado. En contraposición, la retórica del Ejecutivo de Sánchez ha ido alejando a España de estos consensos occidentales.
Los planes futuros entre Washington y Rabat abarcan sectores cruciales que van desde la contención del yihadismo en el Sahel hasta la energía y la inteligencia artificial. La alianza se extiende también al control de minerales críticos y al desarrollo industrial conjunto. Marruecos se consolida así como el gran polo de atracción inversor y de seguridad de la zona.
La acumulación de estos factores expone la falta de rumbo y la irrelevancia a la que la Moncloa ha abocado a la diplomacia española. El empeño de Sánchez por buscar complicidades en bloques geopolíticos opuestos a nuestros socios continentales y transatlánticos nos deja solos en el tablero internacional.
España observa desde la irrelevancia diplomática cómo sus aliados históricos refuerzan militar y económicamente al vecino del sur. La estrategia del sanchismo no solo ha erosionado el peso de nuestro país en Washington, sino que ha dejado desprotegida la posición de España ante un vecino tan complejo, y a menudo tan hostil, como Marruecos.
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