Jorge Freire: “El independentismo ha ganado la batalla de las consignas por incomparecencia del adversario”

El ensayista madrileño Jorge Freire.

Jorge Freire (Madrid, 1985) es columnista en The Objective y autor de ensayos como Edith Wharton. Una mujer en la edad de la inocencia (2015) o Arthur Koestler. Nuestro hombre en España (2017). De gran erudición y fino olfato político, el escritor madrileño recuerda a El Catalán que “nacionalismo y xenofobia son el haz y el envés de la misma moneda” y critica que parte de la “izquierda se haya tragado el relato secesionista sin rechistar”.

Fue uno de los autores del libro colectivo La España de Abel, que trataba de ofrecer una imagen positiva de nuestro país. ¿Se equivocan los separatistas cuando retratan a España como un país autoritario?

Yerran al afirmar tal idiotez, naturalmente, pero aciertan en lo estratégico, pues para seguir su larga marcha han de mantener con vida el ectoplasma de Francoland. Poco importa que España sea una democracia plena y consolidada, porque los propios españoles llevamos desde la intemerata mirándonos en la pletina del microscopio, inmersos en una suerte de psicoanálisis nacional que nos hace vulnerables a este tipo de retóricas.

La literatura del desastre resurgida a cuento de la recesión nos volvió a convencer de que éramos un Estado fallido, un fracaso colectivo, induciéndonos una suerte de rapto noventayochista muy provechoso para los pescadores de río revuelto. Los separatistas lo han tenido muy fácil para atizar las brasas de la excepcionalidad, que históricamente ha sido un magnífico caballo de Troya de la reacción, incorporando también el combustible de la hispanofobia. Fuegos fatuos de élites fatuas.

Mientras que para Quim Torra los catalanes castellanohablantes son “carroña” y “bestias taradas”, para Oriol Junqueras existen diferencias genéticas entre los catalanes y el resto de españoles. ¿Qué relación existe entre nacionalismo y xenofobia?

Son el haz y el envés de la misma moneda. Respecto a esas declaraciones tan altisonantes, hablan por sí solas. La figura del bárbaro ha servido para mitigar las tensiones derivadas de los movimientos migratorios desde, al menos, los tiempos de Plinio el Viejo. Su amenaza es, de hecho, el pegamento que conglutina la comunidad, pues las tribus cierran filas ante ella. Igual que los griegos tenían el teratôn agora y los ingleses, los freak shows, el independentismo también necesita su feria ambulante de monstruos para afirmarse. Ahí está el luctuoso “hombre poco hecho” de Pujol o los salvajes de los artículos de Sentís, murcianos con apariencia de pitecántropo que destruirán la civilización catalana si llegan al poder.

El procés ha hecho aflorar a la superficie aquellas corrientes freáticas de xenofobia que se mantenían ocultas a la vista, aunque ya eran evidentes en autores como Valentí Almirall. Los que creímos que esto era cosa del pasado, arguyendo que en tiempos idos racismo y nacionalismo caminaban de la mano, nos equivocábamos. La xenofobia es el fulcro en que se apoya el nacionalismo.

Los indicadores muestran que los alumnos castellanohablantes en Cataluña fracasan el doble que los catalanoparlantes de igual condición económica y social. Sin embargo, los nacionalistas aseguran que la inmersión lingüística en catalán es la única garantía de “cohesión social”. ¿Qué opinión le merece este sistema?

Palabras vanas. Inmersión, por lo pronto, es un término discutible, porque los modelos inmersivos del resto del mundo no excluyen el uso vehicular de lenguas cooficiales en un territorio, como es el castellano.

Respecto a su supuesto éxito, ocioso es tratar de afirmarlo por la vía de los hechos, pues nunca se ha contado con pruebas al respecto. Tampoco hay, en buena lógica, motivos para pensar que la mejor forma de asegurar el dominio de la lengua catalana sea por la vía inmersiva y no, por ejemplo, mediante la vía bilingüe, que es a todas luces la más apropiada si, valga la perogrullada, de verdad se busca una sociedad bilingüe. Haría falta mucha fe para creer que la inmersión tiene como objetivo algo tan noble como asegurar los derechos de los catalanoparlantes.

¿Y cómo explica que parte de la izquierda respalde la inmersión?

Porque se aviene a jugar con unas reglas que no cuestiona, después de tragarse sin rechistar el relato secesionista. Cierto es que, después de muchos años, comienza a percatarse de lo pesada que su digestión resulta. Pero en el ínterin el problema se ha ido escondiendo bajo la alfombra, so pretexto de no caer en la manida catalanofobia o en el odio al idioma catalán. Recuérdense los célebres “nois d’Olot” de que hablase Ernest Maragall cuando era Consejero de Educación: que hubiese chavales con dificultades para expresarse en castellano encerraba, a su parecer, un serio problema. ¿Quién en su sano juicio podría negarlo?

Uno comprende que la suerte de los chicos de clase trabajadora resulte indiferente a los pijazos del PDeCat, que mandan a sus hijos a liceos extranjeros y a colegios privados ajenos a la inmersión, pero no a la izquierda socialdemócrata, cuya motivación esencial es, teóricamente, la defensa de la igualdad de oportunidades.

Por otro lado, según la ministra de Educación, Isabel Celaá, los libros de texto no “contienen ningún tipo de adoctrinamiento”. ¿Cree que es así?

Es bien sabido que hay libros de Historia especialmente sesgados, pero su alcance, como sucede con todo libro de texto, resulta exiguo. Lo importante a este respecto es la labor de los docentes. No sorprende que buena parte de ellos se sumasen a la iniciativa de Escoles Obertes el 1-O. Al fin y al cabo, el profesorado es, según las estimaciones, uno de los sectores más partidarios de la independencia. Esto es un grave problema. Chéjov decía que no podía existir una ciencia nacional porque no podía haber una tabla de multiplicar nacional. Yo no estaría tan seguro.

En su discurso de la Diada, Quim Torra reivindicó de nuevo el derecho de autodeterminación señalando que “Cataluña será lo que quieran los catalanes”. ¿Debería reconocerse tal derecho?

Una frase risueña que esconde un mensaje inicuo, como es de rigor en estos casos —el procés endulza con abundante azúcar sus tragos más amargos—. Ni la sinécdoque es apropiada, pues los independentistas no son la totalidad de los catalanes, ni la autodeterminación tiene sentido en un contexto democrático como éste. Sería preceptivo que España fuese una dictadura o que Cataluña fuese una colonia; dos hechos que, pese a las labores propagandísticas del secesionismo, distan mucho de ser verdad.

Cierto es que la retórica de la autodeterminación es un dulce muy sabroso para cualquier gabinete de agitprop, aunque contravenga los valores que inspiraron a Kant y Fichte y enarbolen, a la chita callando, una causa cuanto menos peligrosa. Sirva el siguiente ejemplo. En 2005 se manifestaron 300.000 personas contra el matrimonio homosexual. Imaginemos que hoy fuesen tres millones. ¿Acaso sería legítimo enajenar derechos a una parte de la sociedad ya que “el pueblo” así lo pide? Porque de eso, de quitar derechos a una parte de la sociedad, estamos hablando.

La Assemblea Nacional Catalana ha pedido a los Ayuntamientos que solo contraten empresas a favor de la secesión. ¿Es una reclamación lícita?

Reservar los contratos públicos a tus conmilitones es una cuestión de caciquismo. El efecto civilizador del comercio, tal y como lo estudió Constant, se deriva de mercadear con aquellos que no piensan como tú y que, incluso, tienen intereses opuestos. Sea como fuere, no nos asombraremos ante el hecho de que la ANC, cuyas maneras autoritarias son de sobra conocidas —quien hizo un cesto hace ciento—, dé la espalda a aquello que Montesquieu llamó doux commerce. Llueve sobre mojado y, además, no es eso lo importante. Limitar el asunto a una cuestión económica sería como criticar el Judenboykott por antiliberal. Que la sofistería soberanista, capaz de ensalzar hoy a Rosa Parks y defender mañana una segregación como la que regía en los autobuses de Montgomery, no nos confunda. No se trata solo del pasteleo caciquil, sino de excluir a la mitad de la población.

Ada Colau ha aseverado que su “prioridad institucional” es conseguir la absolución de los políticos separatistas presos. ¿Cómo valora la postura de la nueva izquierda ante el conflicto catalán?

Lo malo de hacer viajes a Ítaca a la manera de Artur Mas es que solo te topas con cíclopes y lestrigones. Es curiosa la travesía, jalonada por mojones de adanismo, que emprendió la nueva izquierda al rescoldo del 15-M, porque da la sensación de que ocho años no han sido suficientes para que algunas verdades del barquero les cundan del todo. Quizá en el futuro vean la luz y descubran que la igualdad de los españoles es una causa progresista. Hasta la fecha, menudean entre sus filas no pocos frívolos que ven la política como un juego de rol y que, sabiéndolo o sin saberlo, sirven de tontos útiles a una causa reaccionaria donde las haya. Ellos verán.

El ensayista Jordi Gracia señalaba en un artículo reciente que “un gobierno de derechas en España podría activar de nuevo en Cataluña el motor emocional que estuvo en el origen del procés”. ¿Está en lo cierto?

Las negligencias de la derecha no cabrían en una entrevista. Con todo, lo de la fábrica de independentistas es un flatus vocis que no resiste un escrutinio serio. ¿A qué gobierno nos referimos? ¿Al PP que en los noventa cedía alegremente transferencias? ¿O al gobierno de Rajoy al que declararon un golpe ante sus impávidas narices? Cierto es que el votante independentista puede verse espoleado por la derecha constitucionalista, pero cosa bien distinta es convertir a ésta en causa eficiente de aquella. Ello supondría exonerar a los promotores del secesionismo de una serie de tentativas, como el Programa 2000, que son muy anteriores a, pongamos, los desatinos del PP en 2006 a cuento del Estatut.

Por cierto: qué lejanos quedan aquellos tiempos, anteriores a la llegada de Vox, en que a Rajoy le caía el marbete de extrema derecha. Aunque el independentismo blandiese el espantajo de ese Tío Camuñas para movilizar a los suyos, muchos no nacionalistas también se tragaran el anzuelo. Los soberanistas han ganado la batalla de las consignas por incomparecencia del adversario.

Por Óscar Benítez


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