El Gobierno de Pedro Sánchez ha logrado lo que parecía imposible: marginar a España de los centros de decisión internacionales. Israel ha ejecutado hoy la expulsión de nuestros representantes del Centro de Coordinación Civil-Militar (CMCC). Este organismo es el encargado de vigilar el alto el fuego en la Franja de Gaza.
La decisión de Benjamin Netanyahu no es un hecho aislado ni casual. Responde a meses de una política exterior errática y profundamente ideologizada por parte de la Moncloa. Tel Aviv justifica la medida por la «obsesión antiisraelí» que demuestra el Ejecutivo español. Para el Estado hebreo, España ha dejado de ser un mediador fiable.
El primer ministro israelí ha sido tajante al denunciar las constantes difamaciones contra sus tropas. Netanyahu advierte que no guardará silencio ante los ataques verbales de los ministros de Sánchez. La expulsión del centro de Kiryat Gat es la respuesta directa a una hostilidad diplomática sin precedentes.
Mientras otros países europeos mantienen la influencia, España se queda fuera del juego. La exclusión del CMCC supone un duro golpe al prestigio de nuestras Fuerzas Armadas. Nuestros militares pagan los platos rotos de una gestión política basada en el eslogan y el populismo.
El acuerdo de octubre de 2025, impulsado por Estados Unidos, pierde ahora la presencia española. Sánchez ha preferido la gesticulación interna antes que mantener la relevancia en el Mediterráneo. La soberbia del presidente nos condena a la irrelevancia absoluta en Oriente Próximo.
El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Saar, ha lapidado la poca credibilidad que le quedaba a Madrid. Saar sostiene que el sesgo de Sánchez es tan flagrante que invalida a España como interlocutor útil. Para Israel, el Ejecutivo central ha dinamitado su capacidad de mediación en el plan de paz.
Esta incapacidad manifiesta nos deja fuera del diseño del plan de paz del presidente Donald Trump. Tel Aviv ya ha comunicado formalmente la decisión a Madrid y ha informado de ello a la Casa Blanca. España queda señalada ante Washington como un socio poco fiable y radicalmente parcial.
La Moncloa intenta maquillar este fracaso como una cuestión de principios morales. Sin embargo, la realidad es que España ha perdido su silla en la mesa de los grandes. La política exterior no se hace con tuits ni con demagogia, sino con responsabilidad y equilibrio diplomático.
La expulsión es un mensaje claro a la comunidad internacional sobre la falta de rigor de la actual administración socialista. Ningún aliado estratégico tolera ataques constantes mientras se le pide colaboración técnica en el terreno. El daño a la imagen exterior de España tardará décadas en repararse.
NOTA: En estos momentos de crisis y de hundimiento de publicidad, elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 5, 10, 20, 50 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.




















