HIjos adoptivos del desprecio

Catalunya sólo crece a golpe de movimientos migratorios. Esta situación ya ha sido detectada décadas atrás. La demógrafa Anna Cabré que ha sido Creu Sant jordi, entre otras distinciones, lo describe así:

“Cataluña siempre ha sido un pueblo que ha absorbido corrientes migratorias. De la Península, el que más. Es curioso que, a pesar de esto, conserve una idiosincrasia tan incólume. Y es que a muchos otros pueblos, se puede ir y quedarse un poco al margen, en amistosa observación, con los codos en la barrera. En Cataluña no, o más bien no. En Cataluña no hay más remedio que saltar a la arena. Y como aquello de Hamlet, ser o no ser. No vale limitarse a simpatizar».

Esta característica del proceso de “absorción” de la inmigración en Cataluña que describe Cabré es clave para entender el perfil sociopolítico de la población catalana actual. Pero lo  verdaderamente interesante es que lejos de ser un  proceso sociológicamente natural   (tendencia natural a integrar con agrado personas de otros territorios), ha sido un proceso paradigmático de ingeniería social diseñado por intelectuales y políticos catalanes del último cuarto del siglo XX y que entroncan con en el catalanismo racial del siglo XIX,  como describe rigurosamente Francisco Caja  en su libro La raza catalana.

Por tanto, la estructura y cambio social que configuran  la Cataluña actual es fruto del diseño de aquellos sin ningún tipo de limitación moral; la inmersión lingüística, a mi entender,  es su máxima expresión.

Sin embargo, han conseguido blanquear el pensamiento racial y mantenerlo oculto al hacernos creer políticamente que  la integración social de los “inmigrantes” (es decir, españoles que se instalan en otro  punto de la geografía española) perseguía un objetivo absolutamente filantrópico.

Pero no es así; el objetivo de la aceptación del “otro” es inmersionarlo en su lengua, aculturizarlo, asimilarlo para evitar la “desnacionalización” de Cataluña. En la lengua, como anatema del que jamás poner en duda, encontramos su caballo de Troya.

Nos encontramos, por lo tanto, ante una de las mayores hipocresías sociales y políticas del nacionalismo. Consiste en promulgar las bondades de la integración social de su población inmigrante a la vez que aniquila y devora en lo posible su identidad sociocultural y lingüística y a la parque siente una profunda aversión hacia esa población y lo que representa culturalmente.

Existen reseñas bibliográficas del rechazo y repugnancia que provocaban a algunos catalanes aquellos murcianos que viajaban en el autobús “transmiseriano”  dejando su tierra atrás y su vida de miseria para encontrar mejor fortuna en esa Cataluña tan beneficiada por las inversiones y prebendas franquistas y borbónicas del pasado.

Pero no hubo más remedio que aceptar a esas “bestias”, como  gusta nombrarles nuestro recién nombrado presidente de la Generalidad  y es que ya lo dijo en 1982 el historiador patrio Josep Termes:

Con la inmigración, Cataluña  ha escogido un camino sin retorno. No hay otra salida que la lucha por la integración de ésta. (…) O se produce la integración, o Cataluña se desnacionaliza en una generación”.

Son los mismos términos en los que se expresaba J.A. Vandellós en 1935. Este posicionamiento explícito sería el hito que marcaría el contenido más subliminal de las tesis nacionalistas contemporáneas.

La pregunta que me hago es la siguiente: ¿Han dispensado posteriormente el mismo trato a la inmigración procedente del mundo árabe que a los españoles que se instalaron en Cataluña procedentes de otras zonas de España? En mi opinión, el mecanismo perverso y voraz de identidades es el mismo, al igual que su hipocresía y farsa que contiene lo que llaman “integración social”.

Lo describe muy bien esa máxima despótica: “Tot pel poble, però sense el poble”. Todos seremos integrados socialmente pero en los centros y puestos de poder sólo están ellos, los catalanes de raza (para muestra objetiva de ello puede leerse el estudio Análisis sociodemográfico de la clase política catalana de Convivencia Cívica Catalana).

La puesta en escena hoy en día sigue siendo efectiva y engañosamente bondadosa (tenemos un ejemplo en los recientes eslóganes ante la crisis de refugiados en Europa: “Volem acollir”, o “Som terra d’acollida, demostrem´ho”) pero en las salas de espera de servicios sociales o de los centros de salud muchos miran con desprecio o hacen comentarios racistas sobre personas y familias musulmanas con las que comparten la espera.

Así pués, “charnegos”  y “moros” compartimos un mismo padre; somos hijos adoptivos del desprecio.

Mónica Díaz. Psicóloga y trabajadora social

 

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