Hay cartitas que ofenden

Abro mi buzón y me topo con tres cartitas del PSOE. Madrugadoras. Deberían haberse quedado en el buzón general, donde la comunidad de vecinos ha decidido que se coloque la publicidad. Pero no. Se han colado a mi buzón, y sin mi permiso. Vienen a mi nombre, el de mi mujer y el de mi hija.

Las abrimos, y todas tienen un numerito arriba, que debe de ser el que corresponde a mi identidad gregaria (el 28079). No sé por qué, pero me acuerdo de otros siniestros numeritos tatuados. El firmante, sin embargo, me tutea y llama por mi nombre: “Estimado Santiago”. ¡Qué confianza! Dejo de lado el corazoncito rojo que acompaña a las siglas. Reprimo mi primera reacción ante este símbolo, puerilizado hoy hasta la náusea, usado tan a troche y moche que puede colocarlo un asesino sobre su víctima antes de estrangularla.

Así, a ojo de pajarillo, o de pardillo, que es como me siento, veo que la cartita viene llena de frases y palabras en negrita para que me fije en lo esencial, porque sin duda necesito de ese reclamo gráfico para enterarme mejor de lo intrincado del mensaje, impreso sobre la frase “La España que quieres”, que emborrona el texto. ¡Gran metáfora!, porque, ciertamente, es la palabra España la que sobra, la que, por más que se nombre, está ausente, negada y prostituida.

Se niega, en primer lugar, al negárseme mi condición política, que es el ser un ciudadano español, la  única seña de identidad que le autorizaría a dirigirse a mí al firmante Pedro Sánchez. Pues no, mi identidad política, para él y su partido, no es ésa, sino el ser un colega progre al que le pueden dirigir frases como ésta que encabeza la misiva: “Tú sabes que ‘la juventud no se pierde’ (negrita) mientras se siga luchando y creyendo en el futuro”. Supónese que ya he perdido la juventud, si no a qué viene esta pavada. Por si hubiera dudas, prosigue: “Eres de la generación que nunca ha dejado de pelear”… Todo para venderme, ¡oh gran propuesta!, “la revalorización de las pensiones”. ¿Cómo, cuánto? ¡Qué más da!

Repite hasta 24 veces la palabra España, algo tan freudiano que ciega. Hay España para todo, hasta “la España que cuida de tu familia”. ¡Toma España, Abascal, Casado, Rivera! Ya lo dice al final, como colofón: “la España en la que cabemos todos”. Incluidos, por supuesto, aquellos que usan nuestro dinero para negar y renegar de España. Nunca un partido, que además sigue llamándose español, ha defendido con mayor descaro el desmoronamiento y la desaparición de España en nombre de España.

Pero si a mí me quita la condición de ciudadano para convertirme en “pensionista” progre, a mi mujer la convierte en feminista activa, permitiéndose esta inicial conjetura: “La España que hoy conoces es muy distinta de aquella en la que creciste”, suponiendo que la de hoy es mucho mejor gracias a una lucha “de la que tú has sido protagonista”. De nuevo desaparece su condición de sujeto político para ser reducida a mujer progre, que defiende “una España que apuesta por el feminismo”.

¿Y a mi hija? Otra vez ese tono de empalagosa confianza: “Tú ya naciste en una España que miraba hacia el futuro”. “A medida que ibas creciendo has ido imaginando la España que quieres”. ¿Y si la España que quiere no tiene nada que ver con la no España que tú imaginas, Pedrín, Pedrito, Pedrusco, ya puestos a tomar confianzas? Lo de “una España en la que quedarse” es puro sarcasmo, pues lleva mi hija dos años ganándose la vida al otro lado del mundo, a donde ha ido a buscar trabajo.

Me fijo, para acabar, en la firma del firmante y veo, sin ser especialista en ello, que la “p” nominativa abreviada no es tal, sino un triángulo que apunta muy en punta hacia adelante, simplificación gráfica de una agresividad apenas contenida. De nuevo Freud, escribiendo por los codos para revelar eso que apenas se puede ocultar. Se “confirman” (nunca mejor dicho) los rasgos de reconcentrado y peligroso narcisismo en la rúbrica del apellido, casi ilegible, pero con ególatras mayúsculas y una tilde exagerada que cae como un rayo.

Pues sí, confiésolo, mucho me alegraría que esta burda patraña -la de usar el nombre de España para negar a España- le saliera por donde pueda haberle entrado, pura impostura, engaño descarado, aunque sólo para quienes necesitan engañarse.

Santiago Trancón Pérez


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