Entrevista a Javier Redondo: “El catalanismo es el embrión del supremacismo”

Javier Redondo
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Javier Redondo es articulista en El Mundo, colaborador en Onda Madrid y autor del libro Presidentes de Estados Unidos (Esfera de los libros). En opinión de Redondo, muy crítico con el secesionismo catalán, el procés no ha sido más que una cortina de humo para tapar una amalgama de “bancarrota, fanatismo, corrupción y fracaso en la gestión”.

Ha escrito que el procés ha sido una “gran maniobra de distracción” de los que ostentan el poder en Cataluña. ¿Qué pretendían ocultar?

Si definimos el procés como el periodo que comienza en 2011 —con la elección de Rajoy y las elecciones plebiscitarias en Cataluña de 2012— y termina con la aplicación del 155, lo que Mas y su partido trataron de ocultar es la bancarrota de Cataluña: se había acabado el dinero para construir nación. O mejor, se había dilapidado el dinero construyendo nación. Mas le pide a Rajoy un rescate particularizado en forma de pacto fiscal. Quizás se hubiese conformado con menos, pero necesitaba de una vía de financiación extraordinaria —y de un logro en el peregrinaje hacia la independencia con el que regresar a Barcelona— que Rajoy no podía conceder sin saltarse la Constitución y el principio de solidaridad interterritorial. Con la prima de riesgo disparada y Cataluña en quiebra, Mas pisó el acelerador independentista y convirtió la Diada en una jornada de reparación de agravios.

Si ampliamos el foco y no lo circunscribimos al procés, lo que oculta el proyecto independentista es la corrupción de CiU. El pacto de silencio lo rompió el tripartito. Pero la clave está en que el Estatut escondía a su vez un poder judicial propio para Cataluña. Todo eso camuflaba el procés: bancarrota, fracaso en la gestión, fanatismo, corrupción y la voluntad de crear un poder judicial propio —o sea, impunidad para los corruptos—.

También ha afirmado que Quim Torra “cabalga a lomos de lo peor de cada siglo”. ¿A qué se refería?

Torra se muestra como supremacista. Es un ventajista que encuentra en los momentos convulsos su oportunidad —el nacionalismo catalán es clientelar, por eso ha generado una casta de ventajistas—. Su figura no desentonaría en los procesos revolucionarios de los siglos XVII y XVIII, donde los arribistas, panfletistas y agitadores encontraban un caldo de cultivo propicio para destacar porque carecían de escrúpulos en el uso de las palabras y no valoraban sus consecuencias.

Por otra parte, en el siglo XIX Torra sería un carlistón ajeno a la construcción y evolución del estado liberal, un ultraconservador apegado al terruño. Por último, del siglo XX, recupera el discurso xenófobo y polarizador.

Todos los líderes que suceden a Pujol son segundones, ayudantes de cámara dispuestos a elevar el listón que les pone su antecesor. Los tres son provisionales, pero acaban por representar el papel que les otorga la deriva del procés: mesías libertadores. Todos ellos buscan prosperar más que trascender, pero luego se conforman con sobrevivir a la revolución que devora a sus hijos.

Durante mucho tiempo, se ha dicho que el nacionalismo español no existía o era residual. ¿Sigue siendo cierto a día de hoy?

No lo sé, pero creo que sí. Antes existía un orgullo patrio poco vinculado a la idea de nación de ciudadanos. Más bien con una idea de España etérea, desestructurada políticamente. Sus detractores lo llamarían patrioterismo. Existía el toro de Osborne, el gol de Iniesta, el “yo soy español” y el vínculo comunitario que nos identificaba como españoles. ¿Todas las emociones que se expresan con ese gol de Iniesta incluyen un componente nacionalista? No, en absoluto. Es otra cosa muy distinta: crea vínculos pero no es nacionalismo.

Y es que el nacionalismo es una idea perversa que surge de la identidad, del cultivo consciente de una diferencia, de una manifestación tácita y luego explícita de superioridad sobre otros. En cambio, la nación de ciudadanos, el civismo, es la conciencia de que la nación protege a todos los ciudadanos y los considera libres e iguales ante la ley. El patriotismo no es nacionalismo. Solo si emergiese un nacionalismo xenófobo, antieuropeo y antiglobalista en España podríamos afirmar que existe un nacionalismo español.

Mientras, tenemos un patriotismo que comienza a entenderse mejor: no basta con celebrar un gol con una bandera, sino que a veces hay que colgar esa bandera en el balcón para respaldar el discurso del rey —jefe del Estado y garante de la protección de los derechos de todos—, que fue un mensaje contra los privilegios de una casta nacionalista. Así, el 8 de octubre, en aquella gran manifestación de Barcelona, se exhibió patriotismo constitucional, no nacionalismo español, ni mucho menos. Era la España que adquiría conciencia de nación, o sea, de libertad. Hoy se ha debilitado un poco. Pero hay que seguir cultivando el patriotismo constitucional. La bandera que destiñe en el balcón no es un símbolo identitario, sino el color de la Constitución que salvaguarda la convivencia.

Un juzgado de Barcelona ha procesado a la cúpula de TV3 por los preparativos del 1 de octubre. ¿Qué responsabilidad cabe otorgarle al canal autonómico de lo que ocurre en Cataluña?

Es el brazo mediático del procés, del independentismo. De todos modos, su responsabilidad la han explicado mucho mejor los que viven y sufren el supremacismo catalán: Albert Boadella, Arcadi Espada o Félix Ovejero. En cualquier caso, en mi opinión los canales de televisión pública catalana son una máquina de propaganda nacionalista. También lo sabía Pujol, que fue quién los concibió. Por otra parte, antes que arrinconar y expulsar de la vida pública al adversario, se le ridiculiza. La Historia nos muestra que siempre ha sido así. Primero, siempre recurren al humor.

¿Y en que medida ha contribuido la denominada Escola Catalana?

El adoctrinamiento tiene dos vías: los medios, de largo alcance; y la escuela, de paso corto pero firme, puesto que es generacional. Lamentablemente, la inmersión fue una trampa que sedujo a la izquierda. Otra diferencia es que la tele no asfixia, la puedes apagar. Sin embargo, la escuela es la asfixia cotidiana: se sufre cada día.

Ciudadanos ha propuesto una asignatura sobre la Constitución Española. ¿Es una buena idea?

A priori sí, como lo era Educación para la Ciudadanía. Prefiero la que propone Ciudadanos porque acota más los contenidos: se limita a explicar instituciones y el Estado de Derecho. Ahora bien, si como en algunos manuales de Educación para la Ciudadanía se acaba diciendo que la democracia deliberativa es una alternativa a la representativa… no serviría para nada. Al contrario.

Pese a la suspensión del Tribunal Constitucional, el Gobierno catalán sigue imponiendo multas a los comercios que rotulan en castellano. ¿Qué opinas de dichas sanciones?

Que el Estado tiene que volver a Cataluña. Hay ciudadanos indefensos y desprotegidos por el Estado en esa región.

Tras el terremoto originado por el procés, el catalanismo político no vive su mejor momento. ¿Es una ideología superada o conviene reivindicarla?

El catalanismo es un nacionalismo amable. No es fanático. Pero parte de una posición de superioridad moral basada en una diferencia inexistente entre ciudadanos. No tenemos por qué conformarnos con que el nacionalismo no sea fanático. El catalanismo amable permite la convivencia, pero constituye el embrión del supremacismo o lo justifica tácitamente. Busca el “encaje” de Cataluña en España pero… ¿en virtud de qué privilegios?

Podemos ha dedicado a Cataluña cinco líneas de las 3.000 que tiene su programa electoral. ¿A qué lo atribuyes?

En sus orígenes dedicó un par de líneas en dos folios. Mucho más en proporción. En cualquier caso, he sostenido alguna vez que hay una convergencia entre el nacionalismo catalán y el populismo de izquierda, que se concreta en la expresión: “La democracia está por encima de la ley”. Lo ha dicho Mas y lo dicen los de Podemos. Y es que desde ambos frentes se combate la democracia representativa y se erosiona la Constitución. Sin embargo, en Podemos entienden que desgastar la Constitución dando alas al derecho a decidir los compromete. Su posición no ha cambiado: defiende el derecho a decidir, esto es, el supuesto derecho de una parte a escindirse unilateralmente del todo.

La ministra de Política Territorial, Meritxell Batet, ha afirmado que en Cataluña hay que elegir entre dos opciones: “O 155 permanente o más autogobierno”. ¿Realmente no hay más alternativa?

Ya hay autogobierno. No hay que marear demasiado con el 155, que se aplicó precisamente para recuperar la autonomía. Ésta fue secuestrada, junto con sus instituciones, por la voluntad de unos pocos en octubre de 2017. Por ello, la justicia debe probar si, aparte de otros delitos mucho más graves, esa casta nacionalista desvió fondos públicos para la consecución de fines exclusivamente privados.

Por otra parte, debe decirse que, en puridad, el 155 es compatible con el autogobierno. Esto es así porque la comunidad autónoma en cuestión no pierde ni se le retiran sus competencias. Solo se toman medidas para obligar a cumplir con sus obligaciones al Gobierno que haya usurpado las instituciones. Insisto: el mecanismo del 155 existe precisamente porque se reconoce el autogobierno.

Por Óscar Benítez


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