¿Hasta cuándo?

La Cataluña de seny lleva muchos años padeciendo los delirios de grandeza de sus presidentes autonómicos, quienes se han llegado a creer que realmente su figura es intocable. Se han olvidado que la Constitución Española les otorga dicha potestad y la pisotean cada vez que lo desean. Parece que ignoren que deben someterse a la ley como cualquier ciudadano, ya que su grandeza les impide considerarse como uno más, y por eso viven como si estuvieran por encima de ella. Con esta falsa creencia asimilada, nos llevan por cualquier camino, sea o no lícito, para demostrar su poder al mundo entero, sin darse cuenta de que nadie les observa, que carecen de apoyos internacionales y que son ninguneados cuando venden al exterior su falso proceso democrático.

Por este motivo, llevamos años aguantando la corrosión del nacionalismo en todos los ámbitos, no solamente ideológico, sino que ha oxidado todo, desde las tuberías económicas, el sistema educativo hasta los medios de comunicación que se han convertido en altavoces fieles a una única ideología recibiendo a cambio un sustancioso premio económico. Pero, últimamente, la megalomanía ha invadido directamente el Palau de la Generalitat. Llevamos ya unos cuantos años, tempus fugit, aguantando la deriva separatista en su camino hacia una Ítaca imaginaria, que nada tiene que ver con la del incansable Ulises que demostró con creces sus cualidades de héroe después de combatir en la guerra de Troya.

El gobierno catalán, que no viene de ninguna guerra aunque lo pretenda, se ha empeñado en llevarnos por un camino tortuoso y sin salida, confundiéndonos con cantos de sirena, lleno de baches y piedras que solamente sirven para lesionarnos a todos. Un camino que solamente conduce a un precipicio, no hay ninguna Ítaca al final ni Penélope nos espera, pero lo venden como el proceso más democrático que jamás hayamos conocido.

Mientras tanto, los ciudadanos catalanes que no queremos transitar por esa vía muerta, vamos perdiendo poco a poco y en silencio nuestros derechos y libertades. Ya habíamos perdido el derecho a elegir una educación bilingüe para nuestros hijos; rotular solamente en castellano en nuestro comercio; ver cómo las subvenciones con dinero público van únicamente destinadas a entidades afines para fomentar el clientelismo o pagar una televisión sectaria que menosprecia, por decirlo suavemente, al que piensa diferente.

Ahora además estamos pagando el sueldo a un gobierno autonómico golpista que cambia las leyes a su antojo; sufragamos unos medios públicos que retransmiten y apoyan el golpe de Estado y siguen recibiendo financiación; tenemos que aguantar que los responsables políticos catalanes pierdan el tiempo y nuestro dinero en delirios rupturistas e ilegales que solamente fomentan el odio y la división entre los catalanes sin que nadie les dé un toque de atención; seguimos aguantando estoicamente que repitan, repitan y repitan que van a desobedecer a los tribunales porque las leyes son las suyas como si hubiera una doble legalidad vigente ante la atónita mirada del resto y en prime time; asistimos a la purga de consellers separatistas además (en otro tiempo habrían sido enviados al exilio) porque no son lo suficientemente fieles para llevar a cabo un proceso ilegal, como si la legalidad fuera una anomalía; hemos de soportar declaraciones de nuevos consellers, que ostentan el cargo gracias a la Constitución (es bueno recordarlo), que van contra el Estado de Derecho, la democracia, y aquí paz y después gloria; tenemos a una expresidenta del Parlament diciendo que no dejaría entrar a la Guardia Civil en la Generalitat, así tal cual; y a una presidenta cuya imparcialidad brilla por su ausencia.

Así las cosas, muchos catalanes que todavía creemos en la democracia vemos mermados nuestros derechos y libertades. Se premia sin castigo al sedicioso, al rebelde, al prevaricador, al desobediente y al golpista, y seguimos aguantando con estoicidad. Y a nosotros, ¿quién nos premia por aguantar? ¿Quién nos ampara?

En estos momentos me viene a la cabeza la acertada y famosa frase de Cicerón en su primera Catilinaria y dirigida a quien proceda:

Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?

¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?


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