Hacerse el loco

Dice el gran sabio aristotélico-pontevedrés que “en política hay que hacerse el loco muchas veces”. Después de cavar en su cráneo hondamente hasta hallar la piedra preciosa de esta sentencia, me dice el Diablo Cojuelo que el expresi ha quedado exhausto y no volverá abrir el pico hasta que no haga una caminata de diez kilómetros de esquí sobre hierba, que es su especialidad.

Esperemos que entretanto le dé tiempo a Casado a nombrar a Cayetana Álvarez de Toledo portavoz del PP en el Congreso, que sería una de las noticias más esperanzadoras en medio de este turbio panorama desesperanzado en que hasta las inteligencias más lúcidas empiezan a decir tonterías. (Vean, por ejemplo, qué han dicho y dicen los defensores de Valls, ese tarambana de la política, listísimo, al parecer).

Hacerse el loco: lo dice Rajoy queriendo hacer gracia y pensando que hacerse el loco es sinónimo de hacerse el tonto siendo listo, parecer que no se entera de algo estando como está al tantísimo de todo. Astucia gallega, ser capaz de engañar hasta a la propia sombra simulando que va hacia adelante cuando en realidad está dando la vuelta. El arte de estar parado mientras se bracea como que se avanza.

Es todo esto tan pueril que resulta bochornoso que alguien se lo tome en serio, como si surgiera de un cráneo que cogita y no del balbuceo, digamos, de un paramecio al que han nombrado delegado de curso.

Pero la política es el arte de hacer, no el de parecer, ni siquiera el de ser. La política debe dejar de lado toda esa mugre vaporosa que envuelve sus decisiones de agudeza, ese pretender escribir recto con renglones torcidos, creerse listísimo por ser capaz de engañar a muchos. El arte del disimulo, del bandazo, el arte de la artimaña…

Pues no; por más que se haya degradado hasta exudar basura como por boca de albañal, la política es (debe ser) el espacio de la verdad y la racionalidad, de la fría, apasionada, cruda y vigorosa realidad vista con ojos de despiadada racionalidad, que es lo más humano que podamos imaginar, porque es tener en cuenta el bien de todos y el tratar de no hacer, al mismo tiempo, mal a nadie.

Digo, contra tanto tópico, que ni en la vida ni en la política debe uno hacerse el loco, ni serlo ni parecerlo. Que uno debe hacer y no hacerse, ni el listo ni el tonto, ni el loco ni el cuerdo, ni el astuto ni el besugo.

Preocuparse por hacer, no sólo por parecer. Por eso propongo acabar de una vez con los asesores de imagen, mandarles a pacer al desierto. Confiar en lo que uno hace y dejarse guiar por lo que uno siente al hacer lo que hace. La política es un pensar en qué se puede hacer y qué no se debe hacer, cuáles son los efectos reales de las decisiones. Aquí sobran las ideologías, sólo mandan las ideas como guía de los actos, y los actos como jueces de las ideas.

Apliquen esto, por ejemplo, a los resultados de ese hacerse el loco que practicó con astutísima estulticia Rajoy ante la rebelión separatista catalana. Acumulen los hechos, resultado de tanta sabiduría y marrullería política. Lo más increíble es que llevó este hacerse el loco hasta la mismísima sala del Supremo donde se juzgan hechos y disimulos (que son parte de los hechos, del intento de ocultar los hechos).

Sólo la contaminación de la justicia por parte de esta concepción reptil de la política ha podido permitir que el expresidente del Gobierno no esté ahora siendo juzgado por alta traición, por echar mano de alguna de las figuras delictivas ante las que nadie debería poder hacerse el loco.

Reconozco que mi idea de la política es algo que hoy sólo parece existir en la estratosfera platónica, tan alejada está de la realidad. Parecería este hecho un argumento autodestructivo, pero es que la realidad es por sí misma el único argumento de la vida, por más que vivamos sumergidos en la etereidad de los deseos, las emociones, los engaños y disimulos. Así que propongo que empecemos a dejar de hacernos el loco, de simular que aquí no pasa nada. Pasa algo, y grave, porque, además, hemos pasado de la estulticia del simulador al descaro del impostor que ya no se preocupa de ocultar nada, porque nada tiene que defender, sino a sí mismo.

Santiago Trancón Pérez


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