¿Por qué hablar de crisis social cuándo se puede hablar de independencia?

Pues ya es hora de hablar de esas otras cosas de las que nadie habla desde hace tiempo, salvo honrosas excepciones. Me refiero a la crisis social. Y no aquella crisis social derivada de la fractura que ha provocado el independentismo tras el referéndum ilegal y la consiguiente escisión social en dos bandos política e ideológicamente enfrentados. De esa crisis social todos hablan pero sin embargo mayor gravedad reviste el hecho de que la sociedad se divida entre los que llegan a fin de mes y los que no llegan (o tienen serias dificultades).

El nivel de bienestar social que había adquirido la sociedad española y, concretamente, la sociedad catalana previa a la crisis económica se ha visto drásticamente deteriorado. El problema en Cataluña es que las esteladas llevan tapando esta situación hace años; pero si las retiramos el paisaje que nos dejan ver es desolador; la de un terrible huracán: la crisis ha hundido las clases medias y se ha acrecentado la desigualdad.

Entre 2007 y 2013, los asalariados españoles vieron disminuir en 30.852 millones de euros en rentas del trabajo (incluyendo a trabajadores por cuenta ajena y autónomos) mientras que contrariamente las rentas de capital ingresaron en España, en 2016, 62.934 millones de euros más. Entre el 2009 y el 2014 los precios al consumo se han incrementado un 10.2% mientras que los salarios sólo lo han hecho un 0.3% Ello significa que el coste de la vida ha aumentado 34 veces más que los salarios.

Cataluña no ha sido ajena a este “prucés”, del que apenas nadie habla, a pesar de que algunos sí que lo estudian. Según el índice GINI, no es España el primer territorio europeo donde más ha aumentado la desigualdad, sino Cataluña que pasa de un GINI de 29,5 en 2007 a un 33,0 en 2014. La máxima desigualdad en la Unión Europea la presenta Bulgaria seguida de Letonia, Andalucía, Lituania, Rumanía, España, Portugal, Grecia y Cataluña, en orden descendiente.

Pero estas cifras toman mayor relevancia cuando las añadimos a los datos de las rentas medias y la crucial situación del empleo en Cataluña. Las familias con rentas medias se han desplomado y aumentan considerablemente las rentas más bajas. En 2015, en Barcelona, la franja de las rentas baja y muy baja se cifró en el 40% de los ciudadanos cuando en el 2007 para esta misma franja se cifraba en el 21,7%.

Sin embargo, las rentas altas y muy altas apenas han experimentado un leve descenso en ese mismo intervalo de tiempo. De hecho los datos de Barcelona y sus barrios son una representación a pequeña escala de la situación de desigualdad que sufre el conjunto de Cataluña. Las claves para entender esta situación son: el desempleo, la baja tasa de ocupación, la precarización de los puestos de trabajo (disminución de los salarios, las condiciones laborales y aumento de jornadas parciales involuntarias que enmascaran los datos oficiales de desempleo) y otro factor: Cataluña estaba en un nivel de gasto social muy por debajo de lo que le correspondía por su nivel de riqueza y es de esto de lo que no se habla.

Por lo tanto, como ya sostenía el propio Rousseau, la desigualdad social y política no es natural, ni deriva de una voluntad divina ni mucho menos es una consecuencia de la desigualdad natural entre los hombres. En el caso de Cataluña, ha sufrido una combinación letal: los efectos de la crisis global, el nivel previo de desprotección social y la inacción del gobierno catalán únicamente centrado en un “prucés” burgués. Demasiados años perdidos y demasiado estructural el problema para resolverlo tras las elecciones autonómicas del 21-D.

Que la cantinela del “Madrit ens roba” no sirva para disfrazar al verdadero ladrón. Convergència Democràtica de Catalunya con su gurú al frente, Jordi Pujol tejió con escrupuloso esmero durante más de treinta años una organización reticular al servicio de sus intereses políticos y económicos y gestionado al modo de la “cosa nostra”. Ya se ha vertido mucha tinta en relación a esto pero quizá de lo que nadie se acuerda nunca es de hablar de los “feos”.

Cuando, cariñosamente, hablo de “feos” me refiero a aquellos ciudadanos que empañan la idílica Cataluña “rica i plena” y que poco contribuyen a su prosperidad inmediata; me refiero a los que no suelen o pueden votar, por viejos o por demasiado jóvenes, los pobres, los enfermos, los dependientes, los niños desamparados de padre y madre, los tristes por naturaleza, los que se drogan, los indigentes sin techo…,  y todo el resto de arquetipos de los que habitualmente sólo se nombran en campaña electoral.

El mérito que ciertamente ha de reconocérsele a la administración del pujolismo es la capacidad de proyectar una imagen exterior de modernidad e innovación en el ámbito de los servicios sociales pero carente de memorias económicas, de desarrollo legislativo y/o reglamentario posterior y/o con dotaciones presupuestarias irrisorias.

Es la Catalunya moderna pero virtual que ha sabido vender al resto de España y al resto de la galería internacional. Es el humo al que nos tienen acostumbrados y al que ni siquiera otros partidos de izquierdas que sucedieron la era Pujol han podido disipar. Han estado más entretenidos construyendo un nuevo país de catalanes; catalanes que muy posiblemente sí que llegan a fin de mes y que han estado dispuestos a movilizarse hasta el hartazgo al abrigo de las esteladas pero que no han movido un dedo por las listas de espera en la sanidad o la dependencia, por los barracones de los alumnos catalanes o los vergonzosos niveles de pobreza infantil detectados.

No ha habido progreso social después de la crisis ni puede haberlo con el escuálido nivel de gasto social del que partimos en Cataluña. En toda mudanza se pierden sábanas pero en ésta se ha perdido el ajuar entero. La cuestión es si por fin vamos a acabar de hablar del “prusés” después del 21D y conseguimos poner el hilo en la aguja para tejer un nuevo abrigo a los “feos” y deshacernos por fin de sus harapos.

Mónica Díaz. Trabajadora social y psicóloga

 

 

 

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