Mi padre, José Segura Sanfeliu, nació en el año 1919, que fue el primer año de paz después de la Primera Guerra Mundial, y el mismo año en el que se produjo la pandemia de la ‘gripe española’, que se cobró la vida, según las estimaciones más bajas, de cincuenta millones de personas, pero si añadimos las víctimas de los países que no contabilizaban las defunciones, las cifras estimatorias se han establecido en un total de cien millones de fallecidos.
Para que nos hagamos una idea solo en China murieron treinta millones de personas. Curiosamente se la denominó ‘gripe española’ porque cuando surgieron los primeros casos en 1918 la única prensa que se hizo eco de ello fue la española, porque no estaba sometida a la censura que imponía la guerra. Cuando en realidad se tenía que haber llamado ‘gripe norteamericana’, porque el primer foco se registró en un campamento militar en Kansas, que luego la trajeron a Europa los soldados infectados cuando se incorporaron al frente de guerra en Francia. Por lo que respecta a nuestro país ocho millones de españoles fueron contagiados y murieron doscientas mil personas. A diferencia del coronavirus que, afortunadamente no enferma a los niños, la gripe española o mejor dicho estadounidense, afectaba a toda la población.
Ni mi padre recién nacido, ni nadie de su familia contrajo la enfermedad, porque vivían en Ciutadilla, un pueblo de Lérida que debido al aislamiento de aquella época la gripe no llegó a ese lugar. Diecisiete años después a mi padre le tocó participar en la Guerra Civil Española, integrado en el Cuerpo de Ejército de Castilla, mandado por el general José Enrique Varela. Digo esto porque mi padre vivió durante una pandemia mundial y luego una guerra civil. Por lo que a mi respecta, criado en un ambiente burgués, regido por una paz sin confrontaciones armadas en España, y el desarrollo de una medicina moderna, que ha garantizado una salud pública que ha perdurado hasta nuestros días, siempre me hizo pensar que yo nunca viviría como mi padre, una pandemia mundial y una guerra civil.
Salvando las abismales distancias, en Cataluña hemos tenido una ambiente prebélico derivado del proceso independentista, que en muchos aspectos ha tenido elementos comunes con una guerra civil, como la fragmentación total de la población en dos bandos irreconciliables, movilización de tropas o los famosos piolines, y si por ejemplo nos vamos a Google hay una entrada sobre la «batalla de Urquinaona».
Finalmente, como en toda guerra, vino la victoria de uno de los contendientes, con el triunfo del bando de la legalidad y de los constitucionalistas. Como acontece después de las guerras vinieron luego las represalias, que en la Primera Guerra Mundial se plasmó en el Tratado de Versalles y en la Segunda Guerra Mundial con los procesos de Nüremberg y de Tokio. Aquí hemos tenido el juicio del Tribunal Supremo contra los líderes derrotados del procés, en el que se les ha juzgado y condenado por las responsabilidades de sus actos, que confrontaron a los catalanes.
Como ocurrió en la conclusión de la Primera Guerra Mundial el conflicto se cerró en falso, quedando esparcido entre muchos alemanes el espíritu de venganza por la humillación de la derrota, que supo canalizar magníficamente el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), para generar otra guerra después. Aquí en Cataluña el procés también se ha cerrado en falso, cristalizándose en la frase «ho tornarem a fer», que tiene visos de veracidad, porque mientras en la Alemania de entreguerras durante la República de Weimar, ya no gobernaba el Kaiser, y en la República Federal de Alemania tampoco gobernaban los nazis, aquí en Cataluña gobiernan los mismos que han perdido la guerra del procés.
Después de la Primera Guerra Mundial y, sobretodo, cuando remitió la epidemia de la gripe española, los europeos cansados de tantas penalidades, estallaron en un júbilo de alegría que se conoció como «los locos años veinte», que vinieron acompañados después por una profunda crisis económica a nivel mundial, a final de esa década en el año 1929. Dicen que la historia inexorablemente se repite, pero yo opino que esa repetición cíclica acontece de una forma aparente. Por ello después del procés y del coronavirus, es muy probable que como en los años veinte del siglo pasado, cuando concluyan los confinamientos derivados del estado de alarma, veamos las terrazas de los bares y los restaurantes llenos de gente alegre con ganas de disfrutar de la vida, pero también viviremos una profunda crisis económica de la que desconocemos su devastador alcance.
Juan Carlos Segura Just
Recuperado del Covid 19
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