Hay fechas a lo largo de la historia para olvidar y otras, para celebrar. Es sorprendente que el nacionalismo catalán conmemore un año como el de 1714, y se atreva con el de 1640. Es cierto que los catalanes que no se sienten españoles tienen poco a lo que agarrarse, a pesar de la milonga de los mil años de historia que se inventan. Celebrar derrotas es lo único que cosechan y, por lo tanto, recogen.
Pero la historia de España (de los que se sienten españoles) también nos deja días, años, que no se han digerido bien. Ahí están los de 1492 y 1978, por ejemplo. Acontecimientos únicos. Estudiados en medio mundo. El primero, con unos efectos y repercusiones mundiales. Un cambio de paradigma político, social, económico. El segundo, un ejemplo constitucional a seguir y seguido por los países occidentales nacidos de la descomposición de la URSS, por ejemplo.
Otras fechas, más citadas y elogiadas, sin embargo, nos las lanzamos los unos a los otros y no son ejemplo de nada. Ahí está 1931, como si la II República hubiera sido un modelo positivo de algo. O el periodo del triunvirato de Carlos IV, José I y Fernando VII. ¿Cómo puede ser que elogiemos el liberalismo que nació en Cádiz si dio como resultado la peor versión de la vuelta al Antiguo Régimen?
Entre la modernidad francesa que entró en España en 1808 a sangre y fuego (cierto) y la tradición estamental, clásica, patriótica y caciquil nos pusimos manos a la obra para inventarnos una excusa que llamamos liberal y dio paso a un siglo catastrófico para España. Guerras civiles, retroceso económico, república sin republicanos y el “vuelva usted mañana” como moneda de uso corriente.
José I no llevaba todavía cuatro meses en España cuando le envió una carta, fechada el 1 de octubre de 1808, a su hermano Napoleón, que ya era el emperador de los franceses (que no de Francia). Encontrada la misiva en Logroño, según consta una traducción de la misma en la Biblioteca Nacional de España, el rey de España describe a la perfección a los españoles y ruega a su hermano que le devuelva a su país: “Yo no quiero ser rey de España y juro que no lo seré aunque me ahorquen”, asegura y dice que prefiere ser “pillo de cocina en París”, danzarín o peluquero, antes que “reinar en una tierra tan bárbara y fisgona”.
Solo necesitó cuatro meses para calar a sus súbditos: “Gentecilla”, “un carácter que no me promete cosa de provecho”, “esta gente, hermano mío, es áspera, dura, carrasqueña y nada agradecida a los extranjeros que le vienen ofreciendo felicidades, regeneraciones y códigos”, “tercos” (¡en defender a Fernando VII!), “tarugos”, “mal modo y rustiquez de los españoles”, “rellenos de una bilis corrosiva”, “indios bravos” y “burlones, gente soez, gente por conquistar, gente sin cultura, payos, zafios, salvajes”.
¡Cuánto perdimos sin los franceses! José I se quedó hasta 1813 y acabó yéndose hastiado de unos españoles que preferían la misa diaria al código civil napoleónico, todavía vigente en Francia con sus correspondientes actualizaciones. Echamos de nuestra tierra la Ilustración, la separación de poderes, la civilización. Los lodos de hoy son los polvos que nos quedamos entonces.
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