Esquerra Republicana, una de las fuerzas políticas que provocó el golpe de Estado del 1 de octubre de 2017, vive su peor momento en años. Las luchas internas han fracturado el partido. Las bases están divididas. Y la dirección, cada vez más cuestionada.
El liderazgo de Oriol Junqueras ya no convence a nadie, ni siquiera dentro de su propio espacio, tal y cómo se vio con la derrota de Eva Baró para presidir la federación del partido en la capital catalana. En los últimos meses, ERC ha tenido que legalizar las corrientes internas. Lo que antes era un bloque cerrado, ahora es un mosaico de facciones enfrentadas.
Pero la descomposición de este partido golpista no es solo ideológica. Hay escándalos que salpican a la cúpula. El más sonado: la llamada “estructura B” para destruir a Ernest Maragall en Barcelona. Campañas sucias desde dentro. Denuncias cruzadas. El descrédito ya es irreparable ante la mirada de una militancia que está desconcertada.
Además, la relación con el PSC es cada vez más ambigua. ERC critica a Salvador Illa en público, pero le hace el trabajo sucio en privado. Pactan transferencias. Simulan bloqueos. Pero nunca rompen. ERC ha renunciado a liderar el independentismo. Ahora vive de ser la muleta de los socialistas tanto en el Parlament, como en el Congreso de los Diputados.
El precio político es altísimo. ERC se desploma en todas las encuestas. Pierde en los sondeos alcaldías, diputados y su presencia mediática se va reduciendo. Mientras Junts marca perfil propio, Esquerra aparece sumisa. Su electorado está desorientado. Muchos se pasan a la abstención. Otros, al voto útil a los socialistas, dado que Salvador Illa se ha convertido en el líder del sector ‘light’ del separatismo.
El congreso interno de este año, lejos de calmar las aguas, ha sido un parche mal puesto. Junqueras ha logrado seguir al frente. Pero a cambio de ceder poder a las corrientes. El partido ha dejado de ser una estructura sólida. Hoy es un campo de minas. Y nadie sabe cuándo estallará la próxima. Esquerra Republicana ya no es la fuerza que lideró el procés junto a la neoconvergencia (CDC, PDeCAT, Junts). Hoy es un partido en descomposición. Enredado en sus propios escándalos. Doblado ante el PSC. Cada día que pasa, su irrelevancia crece.
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