Entrevista a Enrique Lynch: “Las instituciones catalanas alientan la xenofobia”

El filósofo Enrique Lynch (Buenos Aires, 1948) se exilió en Barcelona en 1976 huyendo del levantamiento militar argentino. Lúcido e incorrecto, el autor de obras como Sobre la belleza o Nubarrones cuenta en esta entrevista el porqué de su rotundo rechazo al proyecto secesionista.

Dada su experiencia de argentino exiliado en Barcelona, ¿está de acuerdo en que, como asegura el catalanismo, Cataluña es una “tierra de acogida”?

En las últimas décadas, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, casi todas las regiones avanzadas de América y Europa han sido tierras de acogida. Cataluña no es una excepción. Sin embargo, si por “tierra de acogida” entendemos una sociedad que acoge generosamente a los que se establecen allí, es archisabido que la catalana no es lo que se dice una sociedad abierta. Cuando llegué a Barcelona en 1976, ya me chocó que se hablase de los andaluces o extremeños como de inmigrantes. Me parecía extraño que una región considerase a sus connacionales de otras regiones como extranjeros. Aquello ya era un indicio de que en Cataluña existía una cultura doble: una específica y local, y otra levantada y sostenida por los ciudadanos del resto de España.

Sostiene que el nacionalismo ha usado la lengua “como frontera”.

Los nacionalismos suelen recurrir a tres argumentos para justificar sus reivindicaciones. Por un lado, presentan una nación oprimida, circunstancia habitual en los procesos de colonización tras conquista. Puesto que aquí no hubo ni conquista ni la opresión consiguiente, el nacionalismo catalán no ha tenido prurito en falsear la historia para crearse un enemigo opresor.

El segundo motivo suele ser la religión, que ha sido causa de conflictos permanentes desde el final del Imperio Romano. Y, por último, suele aducirse la supuesta unidad espiritual de los hablantes de una lengua, aunque es bien sabido que la lengua sirve tanto para cohesionar como para separar. Sirve para comunicarnos con nuestros semejantes, pero también para alejarnos del otro –ahí están las diferencias sociales marcadas por los vocabularios y los acentos–.

En Cataluña, a falta de un argumento religioso y siendo discutible el de la opresión –la manifiesta prosperidad de la sociedad catalana siempre ha estado vinculada a España–, sólo quedaba la lengua. Ahora, el catalán, que otrora fuera perseguido, se usa como un instrumento de afirmación nacional y con los mismos propósitos excluyentes y discriminatorios que empleó el franquismo después de la guerra civil.

Recientemente, el Tribunal Constitucional ha tumbado las multas que la Generalitat impone a los comercios que no usan el catalán. ¿Le parecen legítimas dichas sanciones?

No, evidentemente. Los ciudadanos catalanohablantes, que usan su lengua en su círculo íntimo, tienen razón cuando se quejan de que se les obliga a expresarse en otra lengua al cambiar de entorno. Pero hay matices relevantes: el bilingüismo siempre ha sido un fenómeno normal, cuando menos, en Barcelona y en el resto de las ciudades catalanas. La denominada “otra lengua” no es sino un vehículo de intercambio social, necesario por otra parte en una España integrada. En cambio, la costumbre de responder en catalán frente a un ciudadano de habla hispana no es más que grosería y cerrilismo.

¿Es cierto que una vez escuchó decir a Xavier Rubert de Ventós: “Prefiero una Cataluña fascista e independiente a cualquier otra unida a España, aunque sea una Cataluña socialista”?

Así es. Lo recuerdo muy bien. Fue a poco de llegar yo a España. Paradójicamente, esa boutade habla bien de la coherencia ideológica de Rubert, que siempre ha mantenido la misma posición. Aunque, vaya uno a saber: hace unos días me contaron que ahora no es separatista. En cualquier caso, el suyo es el mismo espíritu inconfesable que se esconde en el pensamiento de muchos intelectuales nacionalistas. En esencia, lo que caracteriza al nacionalista catalán es el empecinamiento en no ser reconocido como español.

No importa qué argumentos le opongas, seguirá pensando igual. Es una especie de negación maniaca. Pero este no es el problema de fondo. Los escoceses no quieren ser confundidos con los ingleses, y los ingleses desprecian a los galeses casi tanto como los franceses abominan de los belgas. En todos los países se producen estas anomalías. El problema es que ese tribalismo primitivo, en Cataluña, está siendo transformado en pura xenofobia alentada e instrumentada por las instituciones, lo que ha desembocado en la actual situación.

Desde un punto de vista filosófico, ¿resulta lícito reclamar derechos apelando a la identidad?

La identidad es una estupidez. Míreme a mí: mi apellido es irlandés, pero la familia de mi madre venía de Como y mi abuela materna era de origen navarro. Sin embargo, todo el mundo sabe en América Latina que mi nombre, aunque suena a irlandés, es más argentino que el dulce de leche. Yo soy el producto de 300 años de mestizaje indiscriminado. ¿Qué puede ser para mí la identidad?

El proceso mediante el cual una persona que es idéntica a ti te asegura que eres diferente recurriendo a un concepto intangible, muchas veces ideológico. La identidad no es más que una ficción que se emplea para combatir al otro y distinguirse de él. Un mito siniestro que desemboca siempre en graves problemas. En España, el regionalismo y el folclore siempre han sido causa de problemas. Ya a comienzos del siglo XIX, Chateaubriand observaba en sus memorias que el futuro de España estaba amenazado por los particularismos regionales.

Para el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, el “nacionalismo es veneno”. ¿Exagera?

En absoluto. Juncker no hace más que recoger la experiencia del siglo pasado en Europa. El nacionalismo está en la base de las dos guerras mundiales: la primera, iniciada en los Balcanes; y la segunda, sobre todo alimentada por el odio recíproco entre germanos y eslavos. La identidad es un sentimiento que debería elaborarse a través del folclore. ¿Hay algo de malo en que un bávaro se vista los domingos con su traje regional o que un vasco levante piedras? No. Lo malo es que esas costumbres sean determinantes para que unos u otros reclamen tener un Estado propio.

Es del todo obvio que las fronteras son resabios de otros tiempos y que deben eliminarse en todos los sentidos posibles: técnicos, culturales, fiscales, etcétera. De lo que se trata es de construir la vida en común, no de usar los atavismos para destruir la convivencia.

En los últimos tiempos, diversos periodistas y políticos han dejado de participar en TV3 por su falta de neutralidad ideológica. ¿Qué opinión le merecen a usted los medios públicos catalanes?

Lo que ocurre en Cataluña con TV3 es un auténtico escándalo: un canal institucional, pagado con dinero del Estado y dedicado a reivindicar y difundir la causa separatista catalana, las 24 horas del día, todos los días de la semana. Es un escenario gravísimo que solo se encuentra en los regímenes totalitarios. El Gobierno de España debería haber intervenido en este programa de manipulación masiva hace muchos años.

El Ejecutivo ha actuado muy mal en Cataluña, escondiéndose detrás del poder judicial y negándose a ejercer el poder. Es una vieja historia: todos los gobiernos centrales, de un signo y de otro, han transigido con los separatistas, a los que han usado como comodín para políticas coyunturales: aprobar unos presupuestos, sacar adelante una ley o ganar espacio en el Congreso.

La fuga de empresas que ha sufrido Cataluña no menoscabó el apoyo a los partidos nacionalistas en las últimas elecciones. ¿Cómo lo explica?

El voto nacionalista tiene un fuerte componente irracional. Pretender que un independentista vote a otros partidos es como pretender que un culé deje de ser del Barça. A ello se le suma que el aparato de propaganda independentista, aunque falso e inconsistente, tiene un discurso, mientras que el Gobierno central carece de uno, ya que la mera evocación de España suena a franquismo. Y no solo para los catalanes. ¿Qué tiene de vergonzoso ser español?

Sin embargo, la autoexecración es una constante en España, un empeño por verse denigrado que viene de antiguo, probablemente del trauma que significó la pérdida del Imperio. Da la impresión de que los únicos contentos con ser españoles son los andaluces; aunque la suya, por cierto, es una España exclusivamente andaluza. La situación actual es una mezcla de cerrilismo irracional por parte de los catalanes, pusilanimidad en el Gobierno, y ambigüedad y oportunismo en la oposición –solo oír la consigna del PSOE “España es una nación de naciones” me pone los pelos de punta–.

La cuestión catalana, en cambio, sí ha pasado factura a Podemos y los comunes, que han experimentado un fuerte retroceso. ¿Cómo juzga la postura de la nueva izquierda frente al secesionismo?

La llamada nueva izquierda, que capitalizó el descontento por la corrupción y un cierto hastío democrático que cristalizó en el 15-M, no es más que un fenómeno mediático conformado por ingredientes y resabios de la izquierda de toda la vida: comunismo, el trotskismo y la contracultura, o el anarquismo entendido como rebelión permanente. Su actual protagonismo, aunque ya bastante desinflado, es todavía una espuma coyuntural que necesita legitimarse. De momento, su supuesto poder transformador se ha traducido en iniciativas que no pasan del postureo, como los reyes magos travestis de Carmena. Yo no le conozco ningún programa viable de gobierno.

Y, en cuanto a Cataluña, todo se ha reducido a coquetear con el nacionalismo para ganar votos. Podemos es un partido heterogéneo y desvertebrado, sostenido por el carisma de algunos de sus líderes, pero en el fondo es una organización poco seria. Yo confío que en las próximas elecciones haya un giro radical que ponga fin a la demagogia populista de Podemos, a la corrupción del PP y a la decadencia del PSOE.

En lo referente a Ciudadanos no sé a qué atenerme. Se han visto fortalecidos por su posición intransigente frente al separatismo, pero en otras cuestiones son aún una incógnita. Finalizado el ciclo de la Transición, es necesario reconstruir el mapa electoral español con una nueva socialdemocracia y un nuevo partido conservador de corte claramente liberal.

Puigdemont admitió en sus mensajes de móvil que “todo ha terminado”. ¿Cree que es cierto?

En realidad, lo que afirme el señor Puigdemont es irrelevante. El Sr. Puigdemont es la prima donna de una farsa grotesca. A este respecto, me parece positiva la iniciativa de Tabarnia, porque es necesario atacar al separatismo justamente por lo que tiene de ridículo. No te puedes tomar en serio todo porque, entonces, tendrías que tomarte en serio a Puigdemont; y la única realidad es que no es más que un prófugo, un individuo que se fugó para no acabar en la cárcel. ¿El nacionalismo catalán prefiere mantener bloqueada la situación política? Pues que se aplique el artículo 155 sine die. De hecho, en mi opinión, hace mucho tiempo, años, que deberían haberse intervenido las instituciones catalanas, que llevan treinta años promoviendo la secesión. Urge democratizarlas para recuperar el espíritu moderno, cosmopolita y civilizado, y restablecer la convivencia.

Una entrevista de Óscar Benítez

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