El día 7 de febrero llama cada año a mi conciencia. Me resulta imposible olvidar que, tanto el día que le precede como el que le sigue, están impresos a fuego en la memoria de dos familias que perdieron, cada una, un segmento esencial de su arquitectura.
El seis de febrero de 1996, moría FERNANDO MÚGICA HERZOG, a manos de dos sicarios de ETA: “Txapote”, alias de Francisco García Gaztelu y Valentín Lasarte. Fernando Múgica era un histórico militante del partido socialista en Vascongadas y, a la sazón, su más destacado dirigente. Una persona de bien, buen padre, buen marido, ciudadano interesado y luchador por el bienestar de su pueblo.
El día 8 de febrero, JOSEBA PAGAZAURTUNDÚA RUÍZ, jefe de la policía local de Andoain, fue asesinado por ETA. Joseba era, como Fernando Múgica, una buena persona. Sus inquietudes políticas le llevaron a coquetear con el movimiento etarra, pasó luego a militar en Euskadiko Ezkerra y, posteriormente, en el partido socialista. Su bonhomía le condujo a trabajar por el pueblo como policía.
Ambas muertes, se produjeron no por causa del azar, ni por un infortunado accidente o catástrofe natural. No, fueron víctimas del odio, atizado por la fe nacionalista, que antepone la realización de un proyecto irrealizable y descabellado de nación al sagrado deber de preservar una vida humana, una vida de un conciudadano o conciudadana que, probablemente hacían más por el bienestar de su pueblo que lo que pudiera contener el sueño estrambótico y letal de una patria imaginaria.
Es preciso mantener vivos en la memoria los crímenes de ETA, es nuestro deber moral, una deuda de honor que hemos contraído por diversas razones. Por egoísmo personal y social, cualquiera de nosotros pudo haber sido el objetivo, elegido o casual. Porque sobre un proyecto homicida no se puede levantar ninguna sociedad en la que sea deseable vivir. Y, sobre todo, porque tenemos la obligación de sostener a las familias de los afectados, de arroparlas con nuestra solidaridad y contribuir a que sea cierto que el sacrificio de sus seres queridos puede haber servido para desarrollar en algún momento futuro una sociedad mejor, aunque en el presente eso parezca imposible.
Como en el caso de los exterminios masivos durante la segunda guerra mundial, lo ocurrido en los años de plomo de la democracia renaciente, no se puede olvidar. Se trata de muertes tan viles, que es preciso tenerlas siempre presentes, estar vigilante para que nada parecido pueda volver a ocurrir. Por eso resulta tan escandaloso que políticos sin otro objetivo que el medro personal, falten al deber de recordar como lección moral, y se apoyen en figuras de destacados dirigentes etarras para sustentar su poder.
Para Mapi, viuda de Fernando Múgica, y Maite Pagazurtundua, hermana de Joseba, todo nuestro cariño y solidaridad. Nada podemos hacer para recuperar las vidas arrebatadas, salvo seguir luchando por preservar la memoria y, sobre todo, porque nada semejante vuelva a ocurrir.
ANTONIO ROIG RIBE, Asociación por la Tolerancia
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