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👉 Gabriel Rufián comenzará el 18 de febrero con una gira con líderes de izquierda pic.twitter.com/1AnRpiuL3p
— laSexta Xplica (@laSextaXplica) February 7, 2026
Gabriel Rufián ha decidido saltar la valla del Congreso para intentar ordenar el caótico tablero a la izquierda de Pedro Sánchez. El próximo 18 de febrero, el portavoz de Esquerra Republicana arrancará en Madrid una gira de actos públicos. Su intención es clara: construir un espacio compartido que frene la sangría de votos en un sector político profundamente fragmentado.
El pistoletazo de salida tendrá lugar ese día en la Sala Galileo Galilei junto a Emilio Delgado, diputado de Más Madrid. Bajo el pomposo título «Disputar el presente para ganar el futuro», ambos dirigentes pretenden alejarse del formato de mitin tradicional. Buscan una conversación abierta que sirva de termómetro para una izquierda que hoy sobrevive dividida en múltiples siglas y rencillas personales.
Este movimiento no es casualidad ni fruto de una improvisación de última hora. Rufián lleva meses sondeando a todo el espectro que habita en los márgenes del Partido Socialista. Su diagnóstico es pesimista: si no logran una estructura común, el avance de la derecha y el centroderecha en las próximas citas electorales será inevitable e incontestable.
El diputado republicano plantea una alianza que trasciende las fronteras catalanas. Se pregunta, no sin cierta ironía, por qué no es posible un entendimiento real entre Esquerra, la CUP y los Comunes en Cataluña. Su ambición llega hasta el Estado, donde aspira a coser una red que incluya a Podemos, el BNG y Bildu bajo un mismo paraguas estratégico.
La retórica de Rufián se ha vuelto dramática para justificar esta maniobra. «Si no nos ponemos de acuerdo en conjunto, nos matarán por separado», ha llegado a afirmar. Con esta frase, el de Santa Coloma intenta apelar a una supuesta «obediencia moral» que debería estar, según su criterio, por encima de las estrictas e inamovibles disciplinas de partido.
Sin embargo, el portavoz de ERC predica en el desierto dentro de su propia casa. La dirección de ERC no respalda explícitamente esta aventura personalista. En la cúpula republicana son conscientes de que diluir sus siglas en frentes amplios estatales suele traer más problemas de identidad que beneficios electorales reales en Cataluña.
El propio Rufián admite, con un baño de realismo, que tiene pocas esperanzas de que su proyecto cristalice. Sabe que cada vez que propone estas alianzas transversales, las críticas internas y externas arrecian. En la izquierda española, la unidad siempre ha sido un concepto mucho más sencillo de pronunciar en las tertulias que de ejecutar en las urnas.
El acto de Madrid servirá, sobre todo, para medir el peso real de Rufián fuera de los muros de la Cámara Baja. Sin un líder claro y con las estructuras de los partidos recelando de cualquier cesión de soberanía, la iniciativa corre el riesgo de quedarse en una simple gira de relaciones públicas. Es el eterno retorno del debate sobre la unión de las minorías.
Mientras el PSOE observa con distancia estos movimientos, Rufián intenta erigirse en el pegamento de una izquierda alternativa que parece haber perdido el norte. El éxito de su convocatoria dependerá de si es capaz de convencer a sus socios de que la supervivencia electoral está por encima de los egos y las cuotas de poder orgánico.
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