Entre debate y debacle

Hablemos del primer debate, que el segundo queda fuera del plazo de entrega de esta columna. Comentemos la ceremonia, el espectáculo, la teatralidad de este primer acto de la comedia, sainete o tragedia nacional. Voy de tópicos, pero no soy yo, sino la realidad la que es tópica. Y si se construye un escenario artificial, si salen cuatro personajes y se ponen a hablar y gesticular, y se reúne una multitud de espectadores para verlos, pues eso es formalmente una obra teatral, que cada cual podrá clasificar como quiera. Yo la califico de una mala comedia, representada por actores mediocres, algunos pésimos.

He sido crítico teatral, y como para mí el arte dramático se fundamenta en el trabajo del actor, empiezo por aquí. El vestuario, que debe caracterizar al personaje o alguno de sus rasgos esenciales, unificó a tres actores, tópicamente trajeados, y diferenció al cuarto, aparentemente más informal, enfundado en una camisa con las mangas milimétrica y feamente arremangadas a la altura del codo. El traje y corbata condiciona la gestualidad corporal y la expresividad facial, encorsetándolas y volviéndolas más rígidas, lo que debería haber favorecido una mayor espontaneidad y proximidad del cuarto, pero no, sólo sirvió para poner de manifiesto otro tipo de acartonamiento, el de la impostada naturalidad, una moderación forzada, acompasada con melifluo cabeceo.

Dejo de lado la “camisa azul” (y nueva), de viejas resonancias, quizás no tan casuales, pero lo que, como actor, deja a Iglesias en el peor puesto, es esa actitud corporal encogida, llamativamente encorvada, prueba de una timidez no del todo superada o quizás un reflejo defensivo, como preparándose para una pelea o boxeo (¿peso pluma?), que es cuando se muestra Iglesias más locuaz y retador. Su jesuítica contención, las reiteradas llamadas al diálogo y las buenas formas resultaron por lo mismo ridículas, tanto como sus apelaciones a la Constitución del 78, ese régimen corrupto y nefasto que, sin  embargo, se quiere abolir. Cinismo burdo, potaje mal cocinado.

De Sánchez y su robótica gestualidad, lo que más destaca es su actitud despectiva, ese rencor concentrado que no logra ocultar y le sale a los ojos (mirada turbia y negra); ese apretar los labios formando una u invertida, tan difícil de dibujar (a mí no me sale), gesto que deberían captar los fotógrafos como el más emblemático de su personalidad. Menos dotado para la ironía, incluso, que el desabrido Aznar, Sánchez resulta patético cuando pretende ser irónico y original, como cuando se escudó en eso del “detector de verdades”, tontería que hasta debió aprender de memoria.

De Casado, dentro de su comedida actuación, llamó mi atención la falta de reflejos, el no haber aprendido que ante un ataque hay que contraatacar de inmediato, y para ello hay que tomar las palabras siempre al pie de la letra. Si te preguntan de qué color tienes las manos, pues hay que responder sin titubeos: “Yo, blancas, muy blancas, y tú (o usted) ?” Y si te dicen que has votado con Bildu, le pides el contenido de esas votaciones, y a cambio de qué, porque a lo mejor se refieren al asfalto de una calle o a poner farolas. Y aprovechas para recordarle que su socio preferente acusó a su partido de tener las manos manchadas de cal viva, por si lo ha olvidado; y le recuerdas las cesiones y concesiones a los filoterroristas y separatistas, las habidas y por haber, etc.

Rivera, sin duda, fue el mejor actor, pero sin abandonar del todo esa desvaída pulcritud que no sabemos si oculta falta de ideas y convicciones o un imposible y calculado equilibrismo. Son tantos los puntos débiles de Sánchez, tantas las tropelías, engaños, mentiras y maquinaciones antidemocráticas perpetradas por el más nefasto y peligroso presidente del gobierno de nuestra democracia, que resulta sorprendente la falta de claridad y firmeza en denunciarlo.

Pues esto es lo que hay. No nos sacarán estos políticos (ni con este ni con otro debate) de la debacle en que como nación y estado democrático estamos ya hace tiempo sumergidos. Mala comedia, malos actores, mala representación, un guión falto de vida, de interés, de verdad. Todo demasiado impostado, sin centrarse en el argumento principal, el tema que condiciona todo lo demás: la propia existencia de la nación y la defensa del estado democrático que la sostiene, amenazados por esa imposible “nación de naciones”. Si no hay Nación y Estado, ¿cómo va a haber política social, fiscal, igualitaria o económica?

Santiago Trancón Pérez


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