Hace días que no pensamos en otra cosa que no sea el Coronavirus. Hace tiempo que el gobierno no hace nada más que desinformar sobre el coronavirus y hace ya algunas semanas – demasiadas – que los errores en la gestión se han hecho tan cotidianos que ni reparamos en ellos. Lo absurdo del tema es que diera la sensación de encontrarnos ante una dicotomía moral: ser lo que dicen que debemos ser o ser nosotros mismos. Este es el planteamiento ante unos gobernantes que tratan a la población como a menores de edad.
Por ello las explicaciones sobre los ERTES con sus complejos argumentos de derecho del trabajo; las ruedas de prensa de una de las tres vicepresidentas mujeres que componen el gobierno y su correcta dicción sin contenido; los discursos de inspiración de Independence Day que nos ofrece el único presidente varón del gobierno y los mensajes tiernos e inocentes del único vicepresidente varón del gobierno. Podríamos seguir, pero ya sería muy largo y sería todo el espacio de esta columna.
Sí es cierto, la sociedad española ha iniciado un viaje hacia la errancia. Pero esta errancia no sabemos dónde acaba. Lejos de pensar que sea un lugar agradable, aceptemos que será aceptable en su mediocridad. Pero no debería ser ese el signo de los tiempos. ¿Es aceptable un lugar donde delincuentes golpistas profieren un puñado de exabruptos contra el Estado? ¿Se pueden aceptar las propuestas de pactos de amplio calado y largo proceso de desarrollo con agrupaciones políticas que quieren quebrar el orden? En este momento en el que, algunos dicen que sus muertos lo son por causas ajenas a biología, ¿dónde ir? ¿podemos pensar que una mesa de vidrio transparenta el virus del caos y la ignominia?
¡Hay tanta tierra, hay tanta gente!
Claro en este orden de cosas, nadie pregunta al presidente por los muertos; nadie a los ministros por los muertos; ni tan siquiera, ¿por qué se toman estas medidas y no otras? El magnetismo del poder parece embelesar en exceso a la sociedad que lo contempla y busca su bendición. Lo colosal de toda esta feroz existencia privada solamente -por el momento libertad de movimientos- es su carácter experimental. Experimentamos con nosotros mismos; experimentan con la sociedad y finalmente, con los virus, pero la palabrería y la experimentación cuestan dinero y mucho más la servidumbre voluntaria.
Nuestro sistema educativo ha pretendido desde hace algunos años, demasiados, priorizar las competencias sobre el contenido, en un viaje hacia ninguna parte y que se pone más en evidencia ante crisis como la que vivimos, en la que la libertad de criterio debería prevalecer sobre otras formas de gregarismo, pero el sistema educativo es ESO y con esos parámetros y sus variables regionales, es más fácil gamificar esta experiencia como una bajura intelectual en la cultura política que una sociedad adulta requiere.
La hipótesis que deberíamos manejar es aquella que se encierra en la paradoja de adolescente. Maduro para nada, pero consumidor de todo. ¿Cuál es el destino de un adolescente?, la errancia.
Heraldo Baldi
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