Este viernes publicamos en este medio como un párroco flamenco rechazó el entierro de una niña con el pretexto de que era francófona. Ocurrió en la localidad belga de Wemmel, en la región de Flandes, una zona en el que el separatismo catalán cuenta con un buen número de aliados. Carles Puigdemont, en su residencia como prófugo de la justicia en Bélgica, tiene el apoyo de parte del nacionalismo flamenco.
El director de una funeraria, Olivier Vandenhoute, se lamentaba en redes sociales de lo siguiente: «Como parte de mi actividad, me ocupé del funeral de una niña de dos años y medio de origen africano. La familia, colapsada, me pidió que les diera las coordenadas de la iglesia cerca de su casa, que está en el centro del municipio de Wemmel. El párroco no los quiere en su iglesia porque no son de habla holandesa. ¿Tiene ahora la religión un color lingüístico? La Iglesia se queja de la pérdida de feligreses, pero cuando ves lo que está sucediendo allí, ¡es comprensible e inaceptable!».
El supremacismo nacionalista está invadiendo a la Iglesia católica, y no solo en Flandes. Recordemos como en Cataluña hay demasiados ejemplos del mismo tenor, ya que se permiten cánticos políticos en funerales de separatistas, existen símbolos separatistas en iglesias o hay sacerdotes que desairan a las familias no dando misas de funeral en español. Buena parte de la Iglesia catalana, y no solo el monasterio de Montserrat es nacionalista, y presume de ello.
Que una religión que predica el amor y la concordia esté contaminada por sacerdotes que defienden el nacionalismo excluyente indica el grado de corrupción moral en el que está sumido buena parte de la sociedad catalana. Y la jerarquía, en vez de combatir este abuso, lo tolera y mira hacia otro lado. Así, no es de extrañar que los templos catalanes estén cada día más vacíos.
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