El gran apagón eléctrico que sumió a la península ibérica en el caos el pasado 28 de abril ha dejado más que calles a oscuras y servicios paralizados. Ha puesto al descubierto la preocupante incapacidad del Gobierno de España para asumir responsabilidades en momentos de verdadera emergencia. La falta de previsión, coordinación y respuesta inmediata no solo amplificó las consecuencias del corte eléctrico, sino que evidenció, una vez más, la tendencia del Ejecutivo liderado por Pedro Sánchez a eludir cualquier rendición de cuentas.
Durante horas —en algunos casos, días— millones de ciudadanos quedaron sin acceso a servicios básicos. Hospitales funcionando a medio gas, transporte paralizado, comunicaciones interrumpidas y un silencio ensordecedor por parte de las autoridades centrales. Mientras tanto, el presidente Pedro Sánchez optaba por una estrategia ya conocida: esperar a que la tormenta mediática pasara y dejar que los ministros menores ofrecieran declaraciones vagas y contradictorias.
Los informes técnicos preliminares apuntan a una grave falta de inversión en infraestructuras críticas y a una descoordinación alarmante entre las distintas administraciones implicadas. Sin embargo, el Gobierno ha optado por un discurso ambiguo, culpando a «factores externos» y «fenómenos excepcionales», como si estos fueran excusa suficiente para justificar una parálisis nacional sin precedentes.
Lo que resulta indignante para muchos ciudadanos es que, tras meses del suceso no se ha asumido ni una sola dimisión política que dé cuenta de la gravedad del episodio. La estrategia del Gobierno parece centrarse más en pasar página que en dar respuestas.
Este apagón no ha sido solo eléctrico; ha sido también institucional y político. Se ha apagado la transparencia, la responsabilidad y la obligación de rendir cuentas. Y lo más preocupante es que no es un caso aislado. Ya ocurrió con la gestión de otras crisis: incendios forestales, colapsos en la sanidad o las promesas incumplidas en materia de vivienda. Siempre con la misma narrativa de negación y desvío de responsabilidades.
Pedro Sánchez, que tantas veces ha apelado al «interés general», parece haber olvidado que gobernar también implica estar presente en los momentos difíciles. Su silencio ante este desastre no solo debilita la confianza ciudadana, sino que refuerza la percepción de un liderazgo más interesado en la propaganda que en la gestión.
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