La izquierda quiere aprovechar el virus para instaurar su Estado totalitario y los separatistas su locura disolvente.
Como sugiere en algún texto reciente Zizek, la coyuntura surgida como consecuencia del coronavirus plantea una disyuntiva entre la pervivencia del comunismo como ideal y necesaria transformación de la realidad y el capitalismo salvaje y la, para él indisoluble de éste, ley de la selva.
Su idea es poner freno al capitalismo, al que sutilmente denomina «epidemia ideológica», y caminar sin solución de continuidad hacia el paraíso que, una vez más, promete el comunismo. Pero claro, esto es matizable. Sin lugar a dudas, nos encontramos ante una paradoja histórica en la que debemos elegir entre entregarnos a las fuerzas totalitarias y homogeneizadoras de la realidad o caminar por el sendero de la libertad y el mantenimiento de los valores tradicionales que nos han convertido en la sociedad que somos.
Algunas ideologías pretenden anular el sentido común y coartar la libertad mediante el bombardeo constante de mantras y discursos emitidos por grandes plataformas de comunicación. Y, en este sentido, el coronavirus ofrece, mediante el uso permanente del peor de los patógenos para la libertad, el miedo, un escenario propicio para mudar y alterar el orden. La nueva izquierda y su deriva reaccionaria (como ha indicado el profesor Ovejero) ha impuesto el nulo cuestionamiento en la sociedad de los mantras que desde estas plataformas se emiten y que parecen poner en riesgo la idea de libertad de pensamiento individual.
Hace ya algunos años que se impuso una suerte de corriente de pensamiento que pretende disolver la sociedad desde una perspectiva adanista y anular las viejas costumbres del consenso social para imponer una nueva forma de comunitarismo socialista que requiere de la colaboración de los «nuevos tiranos» que blanden la espada de la «justicia social», «equidad social», etc. sin llegar a explicarnos qué es. Pero no olvidemos que lo que está en juego es, nuevamente, la construcción de la sociedad o su destrucción.
Cada vez más se ha instalado, con un éxito sorprendente, una «cultura del repudio» a lo que nuestra sociedad es, pensando que, regresando al «confortable» paraíso comunista, se solventarán todos nuestros problemas. A esta idea se han abonado indistintamente separatistas, nacionalistas, comunistas, neo-leninistas y una amplia amalgama de colectivos sociales, instalados en una forma de revolución social heredera de aquella que Wilhelm Reich ya preconizaba.
El camino hacia el mantenimiento de la libertad, de nuestro modo de vida y el ordenamiento socio-económico requiere abandonar las fantasías identitarias homogeneizadoras que nos acercan a un espacio nunca bien identificado o quizá demasiado conocido por reincidente en la historia. Hace años, Scrutton, planteaba en Scrutopia la necesidad de organizar una alianza hemisférica de elementos conservadores, parece que ese camino es interesante. Pues para defender la libertad es precisa una pedagogía del sentido verdadero de la misma, para con ello cerrar la puerta a descensos a otros infiernos y a otros caminos que conllevan implícitamente servidumbres morales.
Sería interesante ahora poder viajar en el tiempo a la RDA de los años 70 o a Polonia y a otros países «fascinados» por esa lógica política para comprender lo importante de las victorias conseguidas en algunos lugares gracias al liberalismo, al conservadurismo, que nos han convertido en sociedades más justas y más equilibradas. Aceptando, del mismo modo, que no todos los problemas sociales tienen una solución en el mercado, pero donde seguro que lo pueden encontrar es en la libertad y en el mantenimiento de nuestra tradición cultural y política que desde la ley natural nos ha empujado a lo que somos.
Articular una respuesta paulatina, reflexionada y pedagógica a las construcciones hegemónicas que nos quieren imponer un discurso social debe ser un camino inicial. Se escucha mucho estos días el apelo a una defensa «exagerada» de lo público como algo intrínsecamente bueno y lo privado como el enemigo de todos nosotros. Siendo falsa esta máxima, puesto que lo privado siempre nace de un acto voluntario (uno paga o no un servicio) y lo público nace de un impuesto obligado. No convirtamos la defensa ante el COVID en algo ideológico, pues, como algunos dicen, hay que remar juntos.
Los prejuicios sociales y la narración de un discurso contra los legítimos intereses de lo privado no son solamente un ataque a lo privado en nombre del bien común, de hecho, como ha sido indicado por varios economistas, lo privado nace como respuesta al bien común. Pero más allá de esta discusión moralizante que la izquierda quiere imponernos, mientras toman una cerveza en un bar (privado), debemos no dejarnos cegar por la luz del encerramiento no voluntario en estas torres urbanas en las que estamos.
Sí, en España se está planteando por parte de los socios del gobierno, un discurso contra el sistema económico que encierra su notorio deseo de transformación radical de la sociedad y el sistema político. Hoy mismo, aprovechando el momento, harán ruido para deshacer. Ese sonido disolvente de los consensos que nada tienen que ver con la cura de un mal sino con la «salud social» y el «disciplinamiento» que quieren imponer en la forma de concebir nuestra realidad.
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