Rubén Viñuales encarna hoy en Tarragona la cara más pragmática y, a la vez, cuestionable de la política profesional. Su ascenso a la vara de mando no se explica mediante una evolución ideológica coherente, sino a través de un equilibrismo oportunista. El actual alcalde socialista parece haber borrado de su memoria el pasado reciente en el que lideraba las listas de Ciudadanos con un discurso diametralmente opuesto al actual.
En aquellos años de tensión por el desafío separatista, Viñuales se presentaba como el gran dique de contención constitucionalista. Sus intervenciones eran un alegato constante en defensa de los derechos lingüísticos de los castellanoparlantes y de la unidad nacional. Aquel luchadoi naranja no dudaba en señalar los excesos del nacionalismo que hoy, curiosamente, sostiene la arquitectura de su propio partido en Cataluña y en Madrid.
El cambio de chaqueta de Viñuales no es un caso aislado, pero sí uno de los más flagrantes por la rapidez de su metamorfosis. Pasar de combatir el «procés» a defender la agenda prosoberanista de Salvador Illa evidencia que las convicciones suelen ser secundarias frente a la ambición de poder. Para el actual alcalde, las ideas de antaño parecen ser ahora un estorbo que ha decidido confinar en el fondo del armario.
Resulta difícil para el votante tradicional digerir que el mismo político que denunciaba el golpe del 1-O hoy gobierne en sintonía con quienes indultaron y amnistiaron a quienes lo ejecutaron. La actual coalición ‘progresista’, que amalgama al PSOE con formaciones radicales y tribalistas, es el ecosistema donde Viñuales se mueve con una soltura sorprendente. La conveniencia personal ha derrotado a la coherencia política en la plaza de la Fuente de Tarragona.
El papel de Junts en este tablero añade una capa extra de cinismo a la gestión municipal y nacional. Los de Puigdemont actúan como socios preferentes de Viñuales, alternando el apoyo parlamentario con una oposición de cara a la galería. En este caos de lealtades líquidas, Viñuales ha encontrado el acomodo perfecto para perpetuar su carrera pública bajo el paraguas del PSC.
Los antiguos votantes de Ciudadanos en la ciudad se sienten, con razón, utilizados como un simple peldaño hacia el éxito individual. Aquella confianza depositada en un proyecto constitucionalista firme sirvió, a la postre, para engrosar las filas del «amnistiador» Salvador Illa. El líder del PSC sigue pescando en caladeros ajenos para construir esa supuesta «casa grande» del catalanismo, que no es más que un refugio de antiguos adversarios.
La política catalana sufre una crisis de credibilidad profunda cuando el adversario de ayer se convierte en el aliado incondicional de hoy por un cargo. El caso de Viñuales es el síntoma de un socialismo que prioriza la aritmética de bloques sobre el respeto a su propio legado constitucional. No se trata de evolución, sino de una venta al mejor postor en el mercado de la supervivencia institucional.
En Tarragona, la gestión diaria queda a menudo eclipsada por este pecado original de su primer edil. La ciudad merece una dirección política que no dependa de los vaivenes de Madrid o de las cesiones ante el separatismo más radical. Sin embargo, el alcalde prefiere seguir la senda marcada por Ferraz, aceptando los
El fenómeno Viñuales es el ejemplo perfecto de por qué crece el desapego ciudadano hacia las instituciones. Cuando las chaquetas se cambian con tanta facilidad, el programa electoral se convierte en papel mojado. Tarragona sigue adelante, pero lo hace bajo la sombra de una traición ideológica que el tiempo, por mucho que lo intente el PSC, no logrará borrar.
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