El mundo árabe siempre despertó la fascinación de Occidente; las obras artísticas de Delacroix o Fortuny son prueba viviente de ese embelesamiento por el exotismo desprendido de sus costumbres y saberes. Sin embargo, al igual que un desamor, sus virtudes han ido menguando con el paso de los años. Un sentimiento de asombro y desconfianza inunda nuestras mentes ante las noticias provenientes de esta parte del globo. Los últimos meses no han sido menos: El “Qatargate” en el Parlamento Europeo, los dramas continuos padecidos en Cisjordania, el temor al rigorismo wahabita proveniente de Arabia Saudí. Dentro de este contexto tan agitado, un país se ha mantenido al margen, inexorable ante las dinámicas generadas entre los estados colindantes: Egipto.
Hablar de la nación situada en el valle del río Nilo, desde un punto de vista geoestratégico, resulta complejo por múltiples aspectos a tener en cuenta: El primero de todos, sin duda, resulta la existencia del mítico Canal de Suez inaugurado en 1869. Este paso, en pleno 2023, sigue cumpliendo su funcionalidad de interconectar las aguas de Europa con el mar Arábigo, el océano Índico y los países de Asia-Pacífico; representando un 14% del tráfico marítimo global. De acuerdo con la BBC, al día circulan casi dos millones de barriles de petróleo, un 3% de la demanda mundial diaria.
Por si fuera poco, la única alternativa a dicho canal se encuentra en atravesar por completo el continente africano, con todo el aumento de costos y energía que ello comportaría; haciéndole una pieza indispensable del comercio internacional. En segundo lugar, la importancia de Egipto ha venido en aumento en los últimos años a raíz de la influencia de China en África Oriental, viéndose a ojos estadounidenses como un aliado necesario en la lucha por la hegemonía política frente al gigante asiático. A lo que debemos sumar el hecho de que el país de los faraones ha constituido, durante largo tiempo, un paradigma de las dinámicas sociopolíticas tanto del norte de África como de la península arábiga: Egipto fue emblema del panarabismo de la mano de Gamal Abdel Nasser, además de uno de los protagonistas de la primavera árabe que dio lugar a la caída del régimen de Hosni Mubarak.
En la actualidad, atrás quedan aquellos anhelos revolucionarios que llevaron a miles de personas a manifestarse el 25 de enero de 2011 en la plaza de Tahrir, en el Cairo. Después de la resaca democrática y la incapacidad de Mohamed Morsi por llegar a un acuerdo con el frente progresista integrado por las izquierdas y los liberales, hoy, la mítica nación es lo opuesto a lo que soñaron los activistas de la década pasada. Bajo un gobierno autoritario liderado por el presidente Abdelfatá Al Sisi, son decenas los periodistas encarcelados y publicaciones críticas secuestradas, unido a la ampliación constante de la jurisdicción de los tribunales militares. Paradójicamente, Estados Unidos y la Unión Europea, paladines de la libertad y los derechos civiles, han dado soporte al dirigente egipcio y su despotismo. Algo entendible en el caso del país norteamericano, si tenemos en cuenta las buenas relaciones diplomáticas mantenidas desde la firma de los acuerdos de Camp David.
El cometido de Egipto en la región no es únicamente el de eje simbólico de una serie de sucesos claves en la historia árabe, en nuestros días, consiste en la integración en un bloque contrarrevolucionario compuesto por Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, cuya finalidad es la de garantizar la estabilidad de unas determinadas élites políticas. La que fuera una de las grandes cunas de la civilización, es cómplice de las atrocidades saudíes realizadas en Yemen, con un número de bajas que asciende a las más de 16.000 personas fallecidas. La operación militar “Tormenta Decisiva” iniciada en suelo yemení en 2015 sigue librándose, sin embargo: ¿Cuántos de nosotros conocemos de su existencia? ¿Por qué el ruido mediático sólo se centra en lo ocurrido en Ucrania?
Quizás es que nunca haya sido una cuestión de vidas humanas, sino de “realpolitik” con tintes edulcorados. Occidente mira a otro lado ante las masacres perpetuadas en Oriente Medio y las violaciones continuas de los derechos civiles en lugares como Egipto. Lo árabe ya no se trata de ese cuadro que nos cautiva, es el “Ecce Homo” que entre todos hemos malogrado y que no queremos que nos salpique.
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