La sombra de Napoleón Bonaparte es alargada, para muchos un tirano sin escrúpulos, para otros un revolucionario sin precedentes en la historia de Francia. Con esta dualidad de opiniones, el pasado mes de noviembre Ridley Scott estrenó su último taquillazo en pantalla grande: Un “biopic” sobre el prestigioso militar, dispuesto a recoger el testigo del mítico proyecto cinematográfico de Stanley Kubrick. Lejos del rigor histórico, la obra derivó en una auténtica distorsión anglosajona contra el sempiterno enemigo.
Al contrario de lo que podría pasar en España, acostumbrados a asimilar múltiples mentiras sobre la historia nacional, la audiencia francesa respondió con contundencia a la proyección, con críticas tan originales como el hecho de rebautizarla “Barbie y Ken durante el imperio”. Si hay algo que siempre ha caracterizado a nuestros vecinos es el orgullo por su legado histórico, a veces, incluso, exacerbado. La Revolución Francesa y el emperador corso yacen imperturbables en el espíritu colectivo, sin embargo, al igual que cualquier narcisismo: ¿Qué razones subyacen en su interior? ¿Cuánto queda de la “Grandeur” en la actualidad?
Las noticias que llegan del país de la Marsellesa resultan poco alentadoras, en los últimos tiempos se han dado lugar multitud de protestas por temas de diferente índole como el aumento del precio del combustible, la reforma de las pensiones y el asesinato de un adolescente de ascendencia marroquí víctima del abuso policial. Un conjunto de sucesos auspiciados bajo un denominador común: La desigualdad social.
Francia es esa nación que cambió el “Liberté, Fraternité, Egalité” por las “Banlieues”: Pequeños complejos residenciales construidos para los trabajadores de los años 60 y 70, que hoy albergan los sueños rotos de los inmigrantes de las antiguas colonias galas. Ciudades como París, Lyon o Marsella no podrían entenderse en la actualidad sin la existencia de estas zonas marginales, con elevadas tasas de desempleo, fracaso escolar, drogadicción y pobreza. Auténticos caldos de cultivo que llevan décadas a camino entre las protestas y el caos total, fomentado por unas ayudas sociales insuficientes de en torno a los 6.100 euros anuales, por debajo de la media nacional de 6.800 euros.
En medio de esta vorágine, la nueva ley de inmigración se presenta como la solución práctica al dilema: Más obstáculos para los extranjeros en territorio francés a la hora de acceder a ayudas públicas, sumado a duras restricciones del soporte sanitario para los sin papeles. Una medida que certifica la fricción existente en el gobierno de Emmanuel Macron y, por otra parte, el auge de la formación Reagrupamiento Nacional encarnada por Marine Le Pen. Es significativo el hecho de que se elimine el componente de integración, en beneficio de la negación de la ciudadanía a hijos de extranjeros nacidos en el país.
Más impopular resulta la puesta en marcha de la reforma de las pensiones promovida por Macron, un cambio progresivo para que la edad de jubilación se retrase de los 62 a los 64 años, y que viene acompañada del aumento de los años cotizados para cobrar la pensión completa, pasando de los 42 a los 43 en 2027. Por si fuera poco, la medida abre el camino a los fondos de pensiones, al dejar al margen a los ejecutivos de alto nivel de la jubilación por reparto. El presidente de la república francesa aboga por el sistema de capitalización de las pensiones, en el que cada trabajador ahorra su cotización en una cuenta gestionada por un fondo de inversión, una vía que ha dado resultados catastróficos en países como Chile.
Emmanuel Macron, el “chico bueno” que se presentó a las presidenciales contra la derecha supremacista, es también el que semanas después de su elección en 2017 anunciara recortes de 5 euros al mes en la ayuda personalizada para la vivienda (APL, por sus siglas en francés), es quien eliminó el impuesto sobre el patrimonio y también aquel que no duda en presentar su programa de reformas a Larry Fink: ¿Recuerdan de quién se trata? Nada más y nada menos que el presidente de “BlackRock”, fondo de inversiones cuya riqueza supera ampliamente el PIB de estados como Alemania, Gran Bretaña o la propia Francia.
Visionando la última película de Ridley Scott no veo rastro del emperador de origen corso, sino al hombre temeroso, fariseo y embriagado de poder que es hoy jefe del estado francés. En la cinta presencio la tricolor, en ella observo la esperanza de que nuestros vecinos abandonen la búsqueda de un salvador y se encomienden al espíritu del 14 de julio: Aquello que hizo grande a Francia.
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