Los resultados de las últimas elecciones municipales han dejado una fotografía nítida: el electorado del sur de Francia no quiere saber nada de proyectos rupturistas ni de entelequias territoriales. Mientras desde Barcelona se sigue insistiendo en la ficción de los ‘Països Catalans’, los ciudadanos de los Pirineos Orientales han votado en clave de orden y nación francesa.
Los vecinos del norte han elegido priorizar su seguridad y su economía frente a los delirios de una ‘Catalunya Nord’ que solo existe en los mapas del separatismo más radical. El vuelco en las elecciones municipales confirma que esta tendencia no es un espejismo, sino un cambio de ciclo profundo.
La victoria de Louis Aliot en Perpiñán, marcó el inicio de un dominio que ahora se extiende con fuerza. Las recientes conquistas en Elna y Rivesaltes por parte del Reagrupamiento Nacional demuestran que el discurso de la identidad nacional francesa cala hondo donde antes se intentaba sembrar la semilla del separatismo.
El ciudadano francés no desea ser el apéndice de un proceso de desconexión, sino que reclama instituciones fuertes que no se pierdan en debates lingüísticos o territoriales estériles. La bofetada democrática al proyecto de la ‘Catalunya Nord’ es total, dejando claro que el Rosellón se siente francés y no una pieza de un tablero ajeno.
La política exterior del secesionismo ha fracasado estrepitosamente al intentar exportar un modelo que en Francia genera rechazo y desconfianza. El avance conservador es la expresión de un pueblo que se niega a ser el laboratorio de pruebas de un experimento que solo ha traído división y parálisis económica al otro lado de los Pirineos.
En definitiva, la consolidación de la derecha en Perpiñán, Elna y Rivesaltes es el acta de defunción de la influencia política del nacionalismo catalán en territorio francés. La ‘Catalunya Nord’ es hoy más Francia que nunca, y menos ese satélite ideológico que algunos pretendían construir desde los despachos oficiales.
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