El jueves 12 de febrero, un joven de 23 años, Quentin Deranque, fue linchado en la calle, en Lyon, por un grupo de supuestos activistas de La Jeune Garde. La Jeune Garde es un movimiento violento de extrema izquierda de la órbita antifa.
En las pasadas elecciones legislativas, todos los candidatos del arco parlamentario de izquierdas se presentaron unidos, bajo la bandera del Nuevo Frente Popular, para impedir que el partido más votado, el Rassemblement National de Marine Le Pen, pudiese formar gobierno.
Puesto que el sistema electoral francés a todos los niveles (salvo alcaldías) es a dos vueltas, esto supuso que candidatos socialistas o comunistas o ecologistas o Renaissance, el partido de Macron, que llegaron en segundo puesto en la primera vuelta, automáticamente llamaron a votar por los candidatos de La France Insoumise, en los casos en que estos les superaron en votos. Y en un caso, el de la elección del representante por Aviñón, ese candidato es el fundador y cabecilla de La Jeune Garde.
De este modo, y gracias a esa estrategia electoral, en la Asamblea Nacional francesa entró por primera vez como diputado un militante de una agrupación violenta de extrema izquierda, Raphaël Arnault, que había recibido condena judicial por actos de violencia y estaba fichado «S» por los servicios de Seguridad del Estado. (Son fichados «S» individuos sospechosos de haber incurrido en acciones terroristas).
Ahora, por primera vez y a raíz del linchamiento de Quentin en vía pública, el gobierno francés ha decidido apretar las tuercas. Cabe pensar que La Jeune Garde, que fue ilegalizada el año pasado (pero con sentencia suspendida, hasta ahora, por el Conseil d’État), será oficialmente proscrita, y posiblemente Raphaël Arnault vea suspendida su inmunidad parlamentaria (en el ordenamiento jurídico francés, hay mecanismos que permiten tal cosa, si bien son excepcionales y rara vez aplicados).
Pero lo más novedoso y sorprendente es que el gobierno comienza a emitir señales de que está dispuesto a vincular La France Insoumise a la acción punible de La Jeune Garde.
Mi análisis es el siguiente. En marzo próximo hay elecciones municipales en Francia y, sobre todo, en abril de 2027 enstán programadas las próximas presidenciales. La obsesión con cerrarle el paso al RN sigue siendo lo que reúne y une a los partidos de izquierda y centro. Pero comienza a vislumbrarse la posibilidad de que Macron, sobre todo él, haya comprendido que a fuerza de cebar electoralmente al partido de Mélenchon para lograr ese propósito, la segunda vuelta en los próximos comicios, y sobremanera la elección presidencial, acabe enfrentando, en una mayoría de casos, a un candidato de la extrema izquierda y otro de la extrema derecha. Con lo cual, todos esos partidos quedarán fuera de juego, y los electores franceses, condenados a escoger entre extremos.
A Macron se le ha ido de las manos la astucia -la «fourberie», que habría dicho Molière-. Ha querido jugar el peligroso juego que inventó Mitterrand. Recuérdese: Mitterrand -«Dieu», como lo bautizó Plantu, el caricaturista de Le Monde- decidió potenciar al Frente Nacional del papá de Marine Le Pen -que sí era un peligroso ultranacionalista y antisemita- para dividir a los partidos de derechas. Que eran solo dos entonces, los gaullistas del RPR y los demócrata cristianos del UDF, y lo más parecido a lo que hoy son los macronistas de centro…
El caso es que las próximas semanas va a ser apasionante -al menos, para quien esto escribe- seguir muy de cerca lo que pasa en el país vecino. Sacar del tablero de juego -si lo logran- al partido de extrema izquierda más peligroso de Europa (comparado con el cual, Podemos y Sumar son unos aficionados) sería una magnífica buena noticia para Francia y el resto de Europa.
Como decían los clásicos de la Bande dessinée, à suivre…
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