Dos cerebros

Me apasiona observar a las personas, cómo actúan, cómo piensan, cómo sienten. Trato de pasar, científicamente, de lo singular observado a lo general inducido. Me viene la idea, a modo de hipótesis teórica, de que existen dos tipos de cerebro.

Es sólo una intuición, o sea, una idea peregrina (jacobea y jacobina) que, de ser cierta, serviría para explicar la existencia de dos modos básicos de actuar, dos tipos de seres humanos: los que desarrollan un cerebro abierto al mundo y los que se encapsulan dentro de sí mismos.

Aclaro: estos dos cerebros están dentro de cada uno actuando en perpetua lucha o contradicción. No hablo de dos hemisferios, sino de un mismo cerebro global que actúa de dos modos antagónicos, uno de los cuales acaba dominando al otro. Lo que distingue a las personas es cuál de esos dos cerebros rige o domina su actividad cerebral.

Cerebro extrovertido versus cerebro introvertido, para simplificar. Ambos constituidos, “como todas las cosas criadas”, “a manera de contienda o batalla”, que diría Fernando de Rojas, traduciendo a Heráclito. Me explico. Somos seres encerrados en una burbuja de energía. Esa cápsula nos protege y nos da el sentido de la existencia al actuar como un espejo: dondequiera que miremos vemos nuestro reflejo, nuestra imagen cóncava, algo que Valle-Inclán acabó descubriendo al pasar delante de los espejos del callejón del Gato (de Álvarez Gato).

Esa autoimagen nos da la sensación de permanencia, de continuidad, de supervivencia. El cerebro encapsulado es aquel que queda absorbido por ese reflejo, el reflejo de sí mismo, la propia imagen proyectada en la burbuja que nos autocontiene. La superficie de esa esfera, fluida y transparente cuando nacemos, acaba volviéndose  rígida y opaca.

El cerebro extrovertido, al contrario, no fija la atención en sí mismo, sino que trata de ver a través de la membrana que nos contiene y protege, intentando hacerla cada vez más translúcida y ligera, más apta para ver “lo que hay fuera”. Y de lo que hay fuera, lo más difícil de observar, siempre, es a los otros, porque son lo más parecido a nosotros mismos.

Saco una primera conclusión: las personas autoabsorbidas en su imagen son siempre las más difíciles de tratar, porque son incapaces de contemplar el mundo sin ver en él siempre la propia imagen proyectada. Hay que sacarlos de sí mismos y esto, para muchos, es algo física y psicológicamente imposible. Como también vuelve a decir Fernando de Rojas, “estando en el mundo yacéis sepultados”, ensimismados.

Un cerebro vivo es aquel que está permanentemente abierto al mundo, descubriendo siempre algo nuevo, algo para él nunca visto ni oído ni observado. El cerebro, o se transforma, o muere. De ahí la enorme importancia vital que tiene el no quedar atrapado en el propio yo, en la autoimagen especular.

Sin duda, todos tememos a la muerte, que siempre viene de fuera y amenaza con romper esa cápsula protectora. Pero el truco, la sabiduría consiste, no en protegernos endureciendo la superficie de la esfera o cubriéndola (platearla o azogarla) hasta transformar el cristal en un espejo, sino en permitir el paso de la luz, que la energía del mundo nos penetre y atraviese. La energía del mundo y la energía de los otros.

Nuestras neuronas viven interactuando con el mundo, y especialmente con las neuronas de los otros. Existe un instinto cerebral, neuronal, que nos lleva a conectar con otros cerebros, otras redes neuronales. Los cerebros ensimismados acaban perdiendo la capacidad de empatía, de conexión con los otros.

Pero como no podemos vivir sin los otros, por más encerrados que estemos en nosotros mismos, se puede producir un fenómeno profundamente perverso, que es el crear una cápsula colectiva autoprotectora que funciona como una ampliación del propio autorreflejo. Una especie de supraorganismo de replicantes ensimismados.

Atisbo aquí una deriva siniestra con la que no esperaba toparme al seguir el hilo de mi hipótesis inicial. Siempre es arriesgado pasar del individuo al grupo, pero es imposible separarlos. Así que puede existir también un encapsulamiento colectivo, una red especular colectiva en la que queden atrapados los individuos que necesitan sostener una imagen agrandada de sí mismos.

¿Los nacionalismos, la fantasía de las identidades colectivas, el sentimiento de superioridad, la necesidad de conexión con otros replicantes, el encapsulamiento colectivo, son fenómenos relacionados con eso que he llamado “cerebro ensimismado”?

El cerebro ensimismado es un cerebro inseguro, asustado, que teme “eso que hay ahí fuera”. Crea un caparazón, un exoesqueleto que limita sus movimientos. Hemos evolucionado, somos seres fluidos, abiertos, ágiles. No hay mayor placer que salir a explorar todo lo que hay ahí fuera. El inabarcable, incomprensible y fascinante mundo que está ahí, esperándonos.

Santiago Trancón Pérez es uno de los fundadores de dCIDE

 

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