Después del 1714: espectáculos y comida de moda

Las representaciones operísticas en Barcelona se iniciaron a principios del siglo XVIII. Cuando en toda Europa eran frecuentes, en España difícilmente se podían escuchar este tipo de composiciones. ¿Por qué? La música estaba destinada a alabar a Dios. Los centros musicales eran las iglesias. A los músicos, fuera de estos centros religiosos, les era muy difícil poder sobrevivir. Así pues, ninguno de ellos podía pretender dedicarse a escribir este género musical. No solamente no había lugares donde representarlas, sino que habría sido impensable estrenar alguna obra que no tuviera nada que ver con la religión.

A la muerte de Carlos II se inició la guerra de Sucesión entre los dos pretendientes al trono de España. Por un lado, Felipe de Anjou, que la ganó y pasó a ser Felipe V. El otro era Carlos de Austria. Este rey era un gran aficionado a la ópera y a la música en general. Carlos de Austria quería escuchar en Barcelona los espectáculos musicales de los que, hasta entonces, había disfrutado en la Corte austriaca. Por este motivo llevó compositores, instrumentistas y cantantes e instauró en Barcelona una capilla musical. El lugar elegido para estas representaciones fue la Llotja de Mar, un edificio cercano al Palacio Real.

Hay que decir que los habitantes de Barcelona no pudieron disfrutar de estas representaciones. Para ellos la ópera siguió siendo un género musical inalcanzable. Todas las funciones quedaron reservadas a la reducida corte de Carlos de Austria.

Las primeras representaciones se iniciaron en 1708, con motivo de la boda de Carlos de Austria con Elisabeth Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel, y concluyeron en 1711, con la marcha del Archiduque hacia Viena, al heredar el trono austríaco y desentenderse de sus pretensiones al trono español.

El nuevo rey ya estaba instalado en Barcelona y con una capilla musical propia. Ahora sólo faltaba encontrar la persona adecuada para dirigirla. Carlos de Austria nombró a Juan Antonio de Boixadors director de la capilla musical de Su Majestad Real.

Juan Antonio de Boixadors y de Pinós nació en Badalona en 1672. Era vizconde de Rocabertí, conde de Perelada, marqués de Anglesola, conde de Cedillo, varón de Vallmoll, señor de Rubió, Miralcamp, Bràfim, Nules, Casafort, Bellavista, Puigpelat, las Pilas, Guialmons, Pontils, Marmellar y Santa Perpètua, y Caballero de la Orden del Toisón de Oro. Era conocido popularmente con el seudónimo Antoni de Pacs. Noble ilustrado, estudió música en la Abadía de Montserrat. Su vida se desarrolló entre la política y la cultura. Políticamente se dejó influir por los hechos que le tocaron vivir. La verdadera contribución histórica de Boixadors la podemos encontrar en el terreno cultural de la Barcelona de principios del siglo XVIII. Durante los tres años largos en los que dirigió la capilla, introdujo la costumbre de hacer cantar oratorios en las iglesias. La estructura de estos oratorios no se diferenciaba mucho de una ópera, ya que eran piezas escritas para orquesta, coro y solistas vocales.

En el 1746 Santiago Miguel Dávalos y Spínola, marqués de la Mina, fue nombrado capitán general de Cataluña. Este personaje fue el que llevó la ópera italiana a la ciudad. Creó una compañía estable en 1750, dirigida por Incola Setar; y una compañía de ballet dirigida por Antonio del Pino, conocido como el Monaro. Se escogió el Teatro de la Santa Cruz como centro musical. La primera representación tuvo lugar el 30 de mayo de 1750. El Teatro de la Santa Cruz se empezó a construir en el 1597 y se terminó en el 1603. El edificio original de madera fue reconstruido varias veces; en 1728-1729 se amplió y se edificó en piedra. El 27 de octubre de 1787 sufrió un incendio que lo destruyó por completo. Reconstruido gracias a las donaciones de nobles como el marqués de Ciutadella y el conde del Asalto. El nuevo teatro fue inaugurado el 4 de noviembre de 1788. En el 1840 fue rebautizado como Teatro Principal, nombre que aún conserva.

Las malformaciones físicas formaban parte de los espectáculos. No sólo en aquella época, sino en los años sucesivos. Recordemos al respecto a Joseph Merrick, el hombre elefante, que fue exhibido en circos y la película de Tod Browning Freaks. Pues bien, uno de estos personajes llegó en el mes de mayo de 1790 a Barcelona.

En el siglo XVIII una de las materias primas fundamentales de la comida era el pan. Hoy difícilmente uno no se puede comprar una barra de pan. En aquella época las cosas eran diferentes. A pesar de haber puerto en Barcelona, la entrada de trigo no estaba garantizada. ¿Por qué? Todo dependía de las cosechas. El año que el trigo abundaba el precio bajaba y al revés. Si subía, difícilmente las familias podían comprar pan. Pues bien, el aumento del coste del pan provocó una revuelta civil en 1789. Como consecuencia de la revuelta, seis personas fueron condenadas a muerte: 1 mujer y 5 hombres.

A pesar de las protestas y los intentos de salvar la vida de aquellas personas, el 28 de mayo de 1789 fueron colgados. La mujer, después de muerta, no fue expuesta, sino que la enterraron en la Catedral. Los hombres sí que pasaron por los dos carneros de la ciudad. A mediados de julio, de noche, fueron descolgados y enterrados cerca de la casa de la Cuarentena.

Si bien el pan es una comida común, otros alimentos se distribuían según la categoría social. En el campo la comida era muy diferente que en la ciudad. Asimismo el pescado era un producto de consumo en los pueblos de la costa y difícil de encontrar, a no ser que fuera seco, en los pueblos del interior. Lo mismo ocurría con la carne y las verduras. En los mercados de Barcelona se vendían los animales vivos. Las malas lenguas decían que en Barcelona no se comía bien. Algunos de los platos de la época eran los siguientes: olla podrida de verano; Pare Pere, que eran peras rellenas con carne picada con salsa; relleno de melocotones; escudella de fideos; escudella de arroz; pescado con zumo, hervido y frito; cocido; relleno de calabacín y cebolla; conejo estofado y asado; guiso de carne con peras; sopa con azafrán; escudella de arroz con garbanzos; perdices; habas tiernas con morcilla; tocino; arroz a la capuchina; bacalao con aceite y vinagre; breca; huevos con alcachofas; guiso de pato; pollo asado; y platillo de carne con alcachofas y guisantes.

En ese período se empezó a comercializar el café. Sin embargo, la bebida por excelencia de la nobleza catalana era el chocolate. Se tomaba a todas horas: para desayunar, con bizcochos, con ensaimadas, con secalls, con bollos, con bizcochos, con tostadas, con pan, con higos… El chocolate era distintivo de categoría social. Todo aquel que quisiera ser alguien, sobre todo en Barcelona, tenía que ofrecérselo a sus invitados.

Como es de suponer, la moda era de uso exclusivo de la nobleza. El pueblo quedaba excluido. La ciudadanía varonil vestía: chaqueta, camisa, charreteras, bragas y medias. La ciudadanía femenina: corsé, corpiño, lazo y faldas. Los zapatos de ambos llevaban hebillas de plata o estaño. El metal dependía del dinero de cada familia. Los más ricos o con ganas de presumir y hacerse ver, llevaban hebillas de plata y botones del mismo metal en las chaquetas. Por supuesto, entre las mujeres, los complementos no podían faltar. Las joyas daban aquel punto de elegancia y de clase. La peluca también formaba parte de este atrezo. Los bastones, las capas y capotes eran parte de la indumentaria diaria. Como vemos todo este envoltorio servía para diferenciarse de las clases más pobres. Ellos, cuando iban por la calle, destacaban por encima del resto. Y eso es lo que querían. Necesitaban hacerse ver y demostrar su clase social. A partir de 1795 se introdujo la moda francesa. Las mujeres se empezaron a vestir con túnicas no ajustadas a la cintura y sin corsé. Los hombres cambiaron las bragas y los calcetines por pantalones. Las pelucas se sustituyen por sombreros en forma de orinal. A pesar de los decretos prohibitivos, la evolución se fue imponiendo y en 1800 ya todo el mundo vestía a la francesa o a la gabacha.

Para distraerse organizaban bailes. Cualquier reunión social que se preciara tenía que acabar con un baile. Las danzas eran las típicas del Barroco. Esto es: minué, contradanzas o zarabandas. El vals llegó en el 1791 de la mano de una marquesa francesa.

Lo que estaba generalizado entre la nobleza, y que no sufrió el cambio de modas, era esnifar rapé en polvo. Normalmente se hacía después de cenar y antes de acostarse. El rapé era un preparado de tabaco molido, habitualmente aromatizado y dispuesto para ser consumido por vía nasal. Pues bien, a esta costumbre se le llamaba “hacer un polvo”. Hoy en día la frase tiene otra connotación. Sólo fumaban las clases humildes. Todo esto cambió al iniciarse el siglo XIX. A partir de entonces todo el mundo empezó a fumar, tanto en pipa como cigarros.


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