Derrotar al nacionalismo

No existe nacionalismo “moderado”, como no existe supremacismo o racismo moderado. La moderación es sólo un disfraz que el nacionalismo adopta temporalmente, cuando no se siente suficientemente fuerte, para servir mejor a sus objetivos a largo plazo. En cuanto la supuesta “víctima” de injusticias históricas y perversos enemigos adquiere poder, se convierte en un agresor sin escrúpulos que no reconoce límites legales o morales, y que encuentra excusas para todos sus abusos. El nacionalismo moderado es, en definitiva, un nacionalismo sin poder suficiente o a la espera de una mejor oportunidad para llevar a cabo su programa. En este sentido, el nacionalismo vasco ofrece un espejismo para una clase política española que no quiere afrontar el problema de cara: el nacionalismo nunca renunciará a sus objetivos de máximos, nunca se moderará, se conformará o se autodisolverá.

Todo el poder que el nacionalismo ha ido acumulando a base de pactos, chantajes y victimismo ha sido utilizado de forma desleal contra el Estado y para marginar a la oposición interna. Si el nacionalismo catalán consiguiera su objetivo actual, la independencia, eliminaría la disidencia sin miramientos, seguiría haciendo victimismo y culpando de todos los males a España, y aplicaría políticas expansionistas sobre otros territorios españoles. El nacionalismo no se conformará nunca con administrar y gestionar su ya inmenso poder, sino que buscará ampliarlo en una espiral de reivindicación sin límite.

No es posible la conllevancia con el nacionalismo. Sus objetivos son incompatibles con una sociedad abierta y con la democracia liberal. La reclamada “soberanía” no puede ejercerse sin arrebatarle derechos a otros “sujetos” y sin convertir en extranjeros a una parte de los ciudadanos. Su proyecto de homogeneización lingüística y cultural no puede realizarse sin pisotear los derechos individuales y la diversidad natural de una sociedad moderna. Sus reclamaciones territoriales y de todo tipo no pueden satisfacerse sin causar más agravios, perjuicios y conflictos con otros grupos.

El nacionalismo es una ideología débil, de segundo orden, que no resiste ningún examen intelectual. La aplicación de sus principios conduciría a conclusiones monstruosas. Por eso es imposible cualquier diálogo o debate honesto con el nacionalismo: porque los nacionalistas saben que los llevaría inevitablemente al reconocimiento de su error. La mayoría de sociedades europeas abominan del nacionalismo y lo identifican con los más horrorosos experimentos políticos. No en vano el presidente francés ha afirmado en varias ocasiones que “el nacionalismo es la guerra”. Por eso en los últimos años algunos nacionalistas no se quieren reconocer como tales e inventan nuevas denominaciones bajo las que cobijarse: “soberanista”, por ejemplo. Sólo en España el nacionalismo goza aún de un inmerecido respeto, sobre todo entre la izquierda, por contraste con el nacionalismo español de derecha. El franquismo ha servido para blanquear el historial racista y criminal de partidos como ERC y el PNV.

La fuerza del nacionalismo se basa en la explotación de las emociones, o mejor dicho, en una inflación de la emoción frente a la razón. Los seres humanos no somos computadoras racionales; nuestra conducta (también la conducta política) está enormemente condicionada por nuestros “instintos”, fruto de nuestra naturaleza animal y herencia evolutiva. El nacionalismo apela a la lealtad y obediencia al grupo, aviva las pulsiones de agresión y defensa, y anula el juicio individual. No importa si los líderes son corruptos e incompetentes, si incumplen su palabra o si su programa es inaplicable, porque son de los nuestros. Quien no sigue al grupo es un traidor o un enemigo. Ni siquiera los individuos más inteligentes, cultos o ponderados pueden sustraerse fácilmente a la fuerza del grupo, a la llamada de la tribu. El nacionalismo se ha mezclado con el populismo moderno y ha copiado sus rasgos básicos: exaltación del “pueblo” frente a las élites, defensa de la democracia directa (plebiscitaria y asamblearia) frente a la democracia representativa, simplificación ad nauseam de la realidad, dialéctica amigo-enemigo, utilización de las redes sociales y de la telebasura para difusión del mensaje.

No andan desencaminados quienes califican al nacionalismo como una enfermedad psicológica y reclaman el auxilio de psiquiatras para su tratamiento. Así como los excesos del “yo” y el culto a la propia personalidad representan un peligro para el equilibrio del individuo y su convivencia con los demás, la hinchazón del “nosotros” conduce al egoísmo, al narcisismo, a la paranoia, al sectarismo y al enfrentamiento.

Desprovisto de base intelectual sólida, el nacionalismo acaba por convertirse en una fraseología. La “confusión de nombres” contra la que nos advirtieran los antiguos sabios chinos (hoy llamada “posverdad”) es el terreno de juego ideal del nacionalismo, que se mueve como pez en el agua entre “sentimientos nacionales”, “derechos a decidir”, “hechos diferenciales”, “estados propios”, “voluntades de ser” y todo tipo de invenciones semánticas y juegos de palabras. No es posible el entendimiento con quien modifica el significado de las palabras o miente a su conveniencia. Quien entra en el juego de la perversión del lenguaje está condenado al fracaso y contribuye a la confusión general: “plurinacionalidad”, “país de países”, “nación de naciones”, etc. Todas ellas expresiones que carecen de contenido y significado compartido, imposibles de concretar en realidades… esfuerzo en vano de personas bienintencionadas o recurso de oportunistas.

Mucho me temo que la clase política española continuará comportándose frente a la amenaza nacionalista como lo hace  frente a cualquier otro problema: evitando el conflicto, rehuyendo su responsabilidad, aplazando indefinidamente las soluciones, poniendo parches para “ir tirando”, mirando de reojo a las encuestas y calculando sus beneficios partidistas. Nadie se atreve a hablar de “derrota” del nacionalismo, a imaginar un futuro sin nacionalismo. Todos los líderes y partidos parecen buscar un apaño, un arreglo, una componenda. Sólo reaccionarán cuando no le quede otro remedio, cuando la gravedad de los problemas ya los haga insoslayables, cuando amenacen no solo a la sociedad española sino a su propia supervivencia, cuando los españoles les exijamos desesperadamente que cumplan con su deber.

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