Estos tiempos críticos, escasos de libertad, están terminando de destruir una sociedad que amenazaba ruina desde hacía ya algún tiempo. Muchos años de declive social y político que van a terminar en derrumbe, acelerado por la pandemia, pero especialmente por un gobierno que nos conduce a la destrucción.
Los españoles estamos privados de libertad. Llevamos más de dos meses confinados en nuestras casas con toque de queda por un supuesto bien mayor, nuestra salud, a través de los más efectivos mecanismos de control: el miedo y la culpa. Sí, el miedo a contagiarnos y la culpa por si nuestro incumplimiento produce males mayores. El problema se acrecienta cuando la sociedad, convertida en víctima, desarrolla el síndrome de Estocolmo, lo que la incapacita para observar y juzgar la verdadera realidad. Y esto le lleva a aplaudir a un gobierno que en ningún momento está velando por su salud ni le está salvando de nada, sino que le está construyendo un escenario de ruina y miseria ante sus ojos y bajo su control.
Y es, en este estado ciudadano, cuando se aprovecha para establecer los límites de lo correcto y lo incorrecto. Desde los altavoces ejecutivos gritan «unidad» y «solidaridad», al mismo tiempo que insultan y menosprecian a la oposición por ejercer su función, la crítica a la ineficacia gubernativa y la exigencia de una mejor gestión. Más todavía, se llevan las manos a la cabeza ante las protestas, cada vez más generalizadas, cacerola en mano, contra el gobierno, bajo la excusa de «la salud de todos»; mientras nadie se asusta por el incumplimiento normativo diario ni por las manifestaciones filoetarras o separatistas que parece que contagian menos. Y peor aún, desde la vicepresidencia se legitiman los escraches, creando dos bandos, los unos y los otros, lo que fomenta esa equidistancia del ciudadano adormecido, que no es más que un silencio cobarde que se convierte en cómplice.
Entre tanto, a golpe de decretazo estamos asistiendo, sin querer verlo, al cambio de los pilares de nuestra estructura política con pactos a escondidas, juego a varias bandas, criterios políticos camuflados en justificaciones sanitarias, diálogo con golpistas y proterroristas desprecio a nuestras fuentes de ingresos económicos, ministros menospreciando a parte de los ciudadanos, vicepresidentes legitimando escraches, una portavoz preocupadísima por mantener los pactos con los anticonstitucionalistas, un ministro de sanidad que premia los criterios políticos a los sanitarios, una constante agresión a la gestión de Madrid, pero un silencio absoluto a la de Cataluña, un control a todo aquello que vaya en contra del gobierno. Y unas consecuencias que empezamos a vislumbrar: pobreza, pobreza, pobreza. En definitiva, estamos capitaneados por un ejecutivo partidista y sectario que no vela por nuestro bien común.
Este juego sucio necesita de la adhesión de los ciudadanos, asentando la incoherencia en la mentalidad colectiva que lleva años anestesiada por la ignorancia. Pero eso sí, siempre bajo ese mantra del «diálogo» que no es más que un chantaje amenazante al adversario. Cuando la salud de todos no es el fin último y el poder de unos pocos es el objetivo, el panorama se complica. Estamos en manos de un gobierno poco preparado, menos todavía para afrontar una crisis de tal envergadura, cuya única gestión va encaminada a su propia supervivencia mediante el acoso y derribo de sus adversarios.
En este tiempo de contrastes, dejar la equidistancia debería ser un deber ciudadano. ¿Por qué debemos renunciar a reclamar nuestra libertad? ¿Y debemos aguantar ser tachados de fascistas e insolidarios por exigir una responsabilidad que todo gobierno debería asumir? ¿Y mantener un perfil plano bajo esa amenaza de eternos provocadores? ¿Y ver, sin inmutarnos, cómo dilapidan nuestro dinero en cargos y pagas, los de los social, mientras se destruye empleo y se engrosa el paro de manera alarmante? ¿Y callarnos ante la doble vara de medir? ¿Y cargar sobre nuestras espaldas la responsabilidad de la muerte por no creer conveniente que nos alarmen más? Ser de derechas, en estos tiempos, parece que es de insolidarios, fascistas, intolerantes, agresivos… Pero que no nos engañen, tenemos los mismos derechos, aunque cada vez más mermados.
Vera-Cruz Miranda
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