Colau es un mal mayor

Ada Colau en una foto de archivo

Tengo que anunciarles que he hecho un descubrimiento y es que, a pesar de que el recuento de las últimas votaciones demuestra un descenso de los nacionalistas, los nacionalistas son muchos más de lo que parece. Y es que para saber el número real habría que contar los nacionalistas que hay entre los que votan al PP o a Cs, y no digamos al PSC.

¡Y es que hay muchos incluso hoy entre nosotros! ¡Hay muchos nacionalistas que no saben que lo son! Esto que puede sonar a boutade es más serio de lo que parece y voy a tratar de explicarme.

Llevamos tantos años en una situación tan penosa, tan falta de libertades y garantías democráticas en Cataluña, y por supuesto en Barcelona, tantos años en un escenario perverso, donde la ficción y la realidad se entremezclan de forma espuria o inocente – en realidad eso es lo de menos – que estamos dispuestos a aceptar cualquier cosa como mal menor, dispuestos incluso a que nos timen, a que nos den un poco de placebo a modo de analgésico.

Y es que como no somos capaces de cambiar la realidad de las cosas, optamos por cambiarle el nombre a las cosas y así consolarnos con la ficción de que hemos cambiado la realidad también. Este es el modo en que seguimos contribuyendo al enredo general y la mejor manera de ayudar a la consecución de los objetivos separatistas. Con este velo de confusión tapamos muchas cosas, también el nacionalismo, su identidad, sus objetivos y sus consecuencias. Y este es nuestro primer talón de Aquiles, enfrentarnos a una ideología que tiene partes de sus huestes camufladas, sumado a que a menudo somos incapaces de reconocerla cuando la tenemos delante.

Si hemos llegado hasta aquí es evidente que ha sido en parte por transigir y admitir como bueno lo que no lo es. Porque con tal de evitar un enfrentamiento, y con la intención de respetar opciones distintas a las nuestras, lo cual es bueno, pero también a aquellas que no respetan las nuestras, lo cual es malo, hemos admitido que una minoría pasase por encima de la ley, de la democracia, y en definitiva por encima de los derechos de una mayoría de ciudadanos.

Hemos admitido durante mucho tiempo cualquier cosa con tal de huir de una reivindicación seria de lo que es justo, porque eso requiere de mucho esfuerzo y trabajo. Y claro, no es cómodo. Somos culpables de una gran dejación de responsabilidades, mientras el nacionalismo sigue avanzando.

Pero estas reflexiones generales son solo para contextualizar otra que quería compartir con ustedes, en el marco de las recientes elecciones municipales de barcelona y que es parte de la demostración de porqué hay más nacionalistas de lo que parece. Y es que en mi opinión (Ada) Colau no es un mal menor. Yo diría, por el contrario, que es un mal mayor, si cabe.

Con los resultados obtenidos y la posibilidad de que Ernest Maragall sea el próximo alcalde de Barcelona se da para los constitucionalistas una rara ventaja. Y es que en esta guerra fría, y eso es lo que hoy vivimos en Cataluña, lo más pernicioso es la negación de la realidad, los que más daño hacen son los que mienten diciendo que no hay tal guerra, pero siguen trabajando, aprovechándose también de la confusión que generan, en la lógica de la guerra, y para beneficiar solo a uno de los dos bandos: el nacionalista.

Y la curiosa ventaja que apunto es que por fin tendríamos en la alcaldía un alcalde que no niega su ideología, que no niega su nacionalismo, que no niega sus objetivos independentistas, que no negará sus políticas porque se declara abiertamente separatista,

La mayor ganancia de la opción Maragall estaría en que nos permitiría a los constitucionalistas contrargumentar los postulados separatistas, de frente y claramente, visibilizando sin ambages las posiciones de cada uno. Contraargumentar las razones de un adversario que niega quién es y lo que hace es muy complicado, contrargumentar las mentiras es imposible, y hay mil pruebas que demuestran que Colau miente.

Colau dice una cosa y la contraria, dice una cosa y hace otra, hace una cosa y a la vez la niega. Y para probar quién es políticamente la Colau basta con, evitar remitirse a lo que dice, y remitirse directamente a lo que hace. Sus actos son nacionalistas aunque lo niegue, por tanto Colau es nacionalista.

Hay racistas que niegan serlo pero no quieren inmigrantes en su escalera. Hay hombres que niegan ser maltratadores, pero pegan a sus mujeres. Ser nacionalista es una cuestión de políticas, ideología y actitudes, no de autodefinición. Y sobre todo ser nacionalista es una cuestión de cómo te posicionas frente al nacionalismo mismo, de cómo es la oposición que le presentas, de cuál es la opción que eliges para acabar con él.

Todo lo que pase por negar la existencia del nacionalismo o contemporizar con él también es nacionalismo, todo lo que sea establecer un diálogo en sus términos, que son básicamente situarse fuera de la ley, tergiversar los conceptos, lo que imposibilita cualquier entendimiento, y llamar diálogo al chantaje, también es nacionalismo. Y lo que es mucho peor, todo el que niega la existencia del nacionalismo en actitudes nacionalistas es lo que permite, esencialmente, que el nacionalismo siga existiendo.

Así, aceptar a la Colau como un mal menor sería darles el poder real a los separatistas, y atar las manos a la espalda a los constitucionalistas, lo que representa Ada Colau es el mayor impedimento para luchar contra el nacionalismo, el de todos los que niegan ser nacionalistas cuando sus políticas lo son. Colau nos sitúa en un terreno disparatado y perverso en el que solo gana quien mejor miente. La aceptación de que basta negar que eres nacionalista para poder actuar como nacionalista sin impedimentos es la gran trampa, es de alguna forma la aceptación del marco mental y moral del nacionalismo.

Si comparamos a Madrid con la Barcelona de estos últimos años el panorama es desolador.

Madrid puede acelerar la insignificancia de Barcelona, pero también puede ayudarnos desde una posición clara a rescatarla. Por otro lado Europa tiene un papel muy importante para frenar al nacionalismo que tantas guerras ha provocado en europa. Pero si no comunicamos lo que pasa con claridad será imposible que se identifique el problema. Centrémonos ahí y comuniquemos en España, en Europa y en el mundo qué es lo que realmente ocurre en Cataluña.

Por Miriam Tey


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