Carta de protesta al Club Suizo de Prensa por dar altavoz a grupos separatistas en Ginebra

Carta de protesta al Club Suizo de Prensa por dar cobijo y altavoz a los representantes de diversos grupos separatistas que van a Ginebra a denunciar hipotéticas violaciones de los Derechos Humanos en España


Club Suisse de la Presse (Genève, Suisse)

Apreciados Sres.:

Nos ha llegado noticia del evento que celebran ustedes hoy en una sesión previa a la presentación de informes sobre los Derechos Humanos en España y estamos sorprendidos e indignados por la selección de las personas que han sido convocadas y por el respaldo que su entidad les ofrece con la convocatoria.

Somos una asociación sin ningún ánimo de lucro, compuesta exclusivamente por voluntarios y mantenida con los fondos que aportan los mismos, sin ninguna subvención externa. Desde hace 27 años venimos denunciando los abusos y las tropelías del nacionalismo separatista en distintos lugares de España (incluido, especialmente, el del terrorismo de ETA, alentado ayer y hoy por ese mismo espíritu) y, en particular, en Cataluña donde nacimos y donde tenemos nuestra sede. Nosotros también acudimos ante el CERD en dos ocasiones para denunciar los abusos que se cometen en Cataluña contra los derechos de los hablantes de español.

Nuestra sorpresa e indignación por el acto que organizan hoy ustedes se deben a dos razones principales que pasamos a resumir a continuación. La primera se refiere a su responsabilidad como organizadores y la segunda a los objetivos que persiguen los convocados y que ustedes parecen ignorar.

En primer lugar, entendemos que un club de prensa como el suyo está especialmente obligado a perseguir la verdad por encima de cualquier otro interés. La prensa ­-y los medios de comunicación en general- constituye un elemento esencial de las democracias y suele equipararse a los otros poderes del Estado. Por ello su relación con la verdad es especialmente sensible. Las personas que acuden hoy a su convocatoria forman parte de grupos de desigual relevancia que representan todos ellos a movimientos interesados en la ruptura de la nación española. Se adornan con eufemismos que encubren sus verdaderos intereses, como independencia, libertad o derechos, pero lo que buscan es la segregación de sus respectivas regiones de la patria común española. El amor a la verdad debería impedir a su Club servir de altavoz a sus reivindicaciones sin contrastarlas o contraponerlas con las de otros muchos sociólogos, politólogos, intelectuales – o simples ciudadanos como nosotros – que pueden desmontar sus artificiosas patrañas.

En segundo lugar, estas personas y entidades que acuden a las Naciones Unidas tratan de desprestigiar a los ojos del mundo a la nación española y quieren hacer aparecer a sus comunidades regionales, Cataluña, Vascongadas o Galicia, como naciones con entidad propia, conformadas por pueblos que, uniformemente, están descontentos con su pertenencia a España o que ven vulnerados sus derechos lingüísticos o de otro género por el poder despótico de los gobiernos de la nación.

España es una de las naciones-estado más antiguas de Europa. Su nacimiento como estado en el siglo XV, fue el resultado de pactos entre reinos previamente existentes entre los cuales, por cierto, no se encontraba ninguna de las regiones que hoy reclaman el regreso a su independencia pasada. Lo que hoy denominamos Cataluña, en el pasado formaba parte del Reino de Aragón, Vascongadas era parte del Reino de Navarra, y Galicia lo era del Reino de Castilla-León. La Historia, basada en hechos reales, no les da la razón.

Las abrumadoras reivindicaciones referidas a la lengua o las competencias administrativas e incluso políticas, tienen difícil amparo en uno de los países más descentralizados del mundo y una de las 20 democracias plenas a juicio del prestigioso informe elaborado anualmente por The Economist. Tomemos como ejemplo la lengua en Cataluña, donde el discurso nacionalista es hegemónico e inspira al de otras regiones. El gobierno autónomo, que tiene transferidas la competencia en Educación (teóricamente sujeta a la legislación general), impone la educación exclusivamente en catalán, sin respetar que el español es lengua también oficial y, por tanto, de uso obligado por todas las Administraciones. Teniendo en cuenta la composición lingüística de esta Comunidad (Catalán: 31,5%; Español: 52,7% -según IDESCAT 2018), esa imposición es aún más sorprendente. En cualquier caso, supone una quiebra del principio rector de igualdad de derechos. La comunidad catalanohablante recibe la educación en su lengua materna, mientras que a la hispanohablante se le niega ese derecho. La invocación del mismo, por parte de los padres que se atreven a hacerlo a pesar del acoso institucional que saben que se desatará sobre ellos y sus hijos, es obscenamente presentado como un ataque a la lengua catalana.

La reivindicación separatista puede considerarse desagradable o disruptiva, pero en un marco de libertad es una aspiración legítima, siempre que se mueva dentro de los cauces de la ley. El problema que se da hoy en España es que, en las comunidades mencionadas, estas aspiraciones son minoritarias, por más que se presenten a sí mismas como la encarnación de la verdadera esencia del “pueblo”. En el pasado, ETA recurrió a la fuerza y al terror para superar ese obstáculo, pero al final fue vencida por el peso del consenso democrático (aunque sus simpatizantes traten ahora de limpiar su pasado igualando a víctimas y verdugos).

Hoy, es Cataluña la principal amenaza a la unidad de España. En Cataluña el movimiento separatista es numeroso, pero no mayoritario. Y ha tratado, y trata, de retorcer la Ley para imponerse al resto de la población. Por otra parte, siendo el separatismo reivindicación de las clases más poderosas en Cataluña, controla los mecanismos del poder local y se ha infiltrado en todos los órganos representativos de la región con arreglo a un plan cuidadosamente diseñado. Ya que les gusta compararse con el malogrado Nelson Mandela, podríamos decir que, si los separatistas fueran blancos y los no separatistas negros, esta sociedad se parecería a la Sudáfrica de los sesenta: los blancos arriba y los negros abajo. Y las personas que acuden hoy a su convocatoria son blancos y nosotros, con la mayoría de las poblaciones de Cataluña, Vascongadas y Galicia, somos negros.

En resumen, entendemos esta convocatoria como un insulto a los españoles en su conjunto y, en particular, a aquellos que, siendo ciudadanos de las respectivas regiones desde las que acuden los convocados, no comulgan para nada con las aspiraciones y los objetivos que estos representan. Ellos sí que están viendo vulnerados sus derechos y alterada la normalidad de sus vidas.

Estamos seguros de que su profesionalidad y la dignidad de la entidad que representan les harán rectificar, ofreciendo ese mismo escenario a personas o asociaciones de pensamiento contrario.

Atenta, pero disgustadamente, quedamos a su disposición.

Junta Directiva de la Asociación por la Tolerancia


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