¿Hasta cuándo el presidente del Gobierno va a seguir humillando a los españoles? Alguien que es jefe de la corrupción más lacerante, que sonríe y pacta su día a día con terroristas, alguien que debe su silla a golpistas a los que compra, de forma corrupta, siete votos a cambio de una ley de amnistía que él mismo afirmó que era inconstitucional.
Ayer recibió, en la sede de todos los españoles, a un golpista inhabilitado, al que indultó sin darse las circunstancias legales para ello y, para colmo, sin el menor ánimo de arrepentimiento, repitiendo tras el indulto que volvería a transgredir el orden constitucional. ¿Ha existido alguna vez alguien con una responsabilidad administrativa siquiera menor al que se le ocurra escribir un chiste a un inhabilitado absoluto por la justicia —lo que supone pérdida de cargos y honores, incapacidad para ser elegido, prohibición de nuevos empleos y de acceso a cualquier función pública— y compartirlo con alguien en esa situación hasta el año 2031?
¿Cabe mayor traición y desvergüenza en un presidente del Gobierno —repudiable y lacerante, como ya lo fue cuando recibió a una condenada por apología del terrorismo— que sea él mismo quien reciba a alguien así, no para reprenderlo, sino que, además de la barbaridad indecente de recibirle, le entregue 4.700 millones de euros a Cataluña para comprar, de nuevo y de forma corrupta, una prórroga de su sillón? ¿Es admisible una indignidad de tal calibre? ¿Cómo es posible que la oposición no salga en tromba a denunciar todo esto con la fuerza y firmeza necesarias, a todas horas, cuando se está produciendo un golpe de Estado de última generación encabezado por un corrupto?
Ayer supimos también que la familia política del presidente del Gobierno percibía el 50 % de los ingresos procedentes de la explotación sexual de menores, precisamente cuando este acababa de ser nombrado secretario general del PSOE. Esto reviste una gravedad supina e inigualable, dadas las credenciales perniciosas y sin escrúpulos que ostenta el presidente del Gobierno, y su connivencia con la explotación sexual más aberrante.
Un presidente del Gobierno así es sencillamente inimaginable durante un solo segundo más en el cargo. De nuevo, ¿cómo es posible que la oposición en bloque no denuncie, a todos los niveles, con total contundencia, a todas horas, todos los días y ante Europa entera —también a diario— esta salvajada sin nombre?
Paga miles de millones de euros de todos nosotros, despreciando la igualdad de los españoles, para comprar su sillón. Pacta con golpistas y terroristas para poder gobernar. Humilla y desprecia a las víctimas del terrorismo y a sus familias. Transgrede la Constitución para comprar votos de forma corrupta. Formaliza a diario un “golpe de Estado de última generación por hitos”. Es señalado como líder supremo de la corrupción por la prensa mundial. Sigue, además, modos de actuación propios de prostíbulos, beneficiándose de sus ingresos. ¿Es esto posible? ¿Es comprensible para alguien?
¿Cabe mayor indignidad y delito continuado en la manera de entender la vida y de ejercer el poder? ¿Cabe mayor suciedad, mayor oscuridad y mayor perversión? ¿Cabe mayor aberración, desprecio y alta traición? La situación es tan extraordinariamente sórdida, tan indigna para los españoles, que jamás podríamos haberla imaginado. Jamás.
Un presidente del Gobierno nunca podría haber optado a serlo con una trayectoria como la aquí descrita. Es simplemente inadmisible. Es más: un ciudadano normal habría sido investigado penalmente desde el primer minuto por la centésima parte de los hechos mencionados. Esto es esencial tenerlo en cuenta, porque resulta de una injusticia absoluta admitir siquiera un minuto más este comportamiento horrendo y criminal.
De nuevo: ¿qué más tiene que pasar? ¿Qué ejemplo más satánico de comportamiento hemos de admitir? ¿Cómo es posible que la oposición, en bloque, no convoque a todos los españoles a manifestaciones masivas y permanentes ante una situación de excepcionalidad plena como la que vivimos? ¿Cabe mayor indignidad en la que vivimos los españoles?
Amalio de Marichalar. Conde de Ripalda. Madrid, 9 de enero de 2026
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