El pasado jueves las autoridades iraníes se cobraron la primera ejecución tras las protestas iniciadas en septiembre. Mohsen Shekari, de 23 años de edad, fue ahorcado a primera hora de la mañana; su delito: El anhelo por un cambio político.
Al igual que él, miles de jóvenes han encabezado las manifestaciones contra el régimen de los ayatolas, guiados por un fuerte sentimiento de rechazo ante la violencia sistemática, la corrupción y el desempleo brindado por el sistema. Estas nuevas generaciones presentan una mirada distinta a la de sus predecesores, el acceso a internet les ha aproximado a las democracias occidentales, a su vez, desconocen las atrocidades anteriores a la República Islámica de Jomeini. La situación ha propiciado el soporte masivo de los medios de comunicación angloamericanos, llegando la revista “Time” a nombrar a las mujeres iraníes las heroínas de este 2022, en reconocimiento a sus demandas de libertad y derechos. Sin embargo, ¿hasta qué punto resulta auténtico este compromiso de Occidente por los derechos humanos?
Viendo la pirotécnica orquestrada en Qatar con motivo del mundial de fútbol, con cientos de patrocinadores del renombre de Adidas, Coca-Cola, Mcdonald’s o Visa; la respuesta queda bastante clara. No obstante, este apoyo a la monarquía del golfo no queda únicamente relegado al ámbito empresarial; en el último año hemos podido presenciar un absoluto blanqueamiento de la nación qatarí con actos como el de la entrega del collar de la Orden de Isabel la Católica al emir Tamim bin Hamad Al Thani, el 18 de mayo, en nuestro país. Si partimos de un criterio ingenuo o “naif”, como dicen los jóvenes, Qatar no difiere tanto de Irán en lo que respecta a la vulnerabilidad de los derechos fundamentales.
Hablamos de un estado en el que todos los poderes políticos se concentran en la figura del monarca, en el que sindicatos y partidos políticos están prohibidos y, en el cual, el 90% de la población está conformada por trabajadores migrantes (hindúes, nepalíes, filipinos, entre otros) en condiciones de semi-esclavitud. Instalaciones como el Estadio Internacional Khalifa, dónde ver ahora a las estrellas futbolísticas del momento, han sido erigidas en jornadas laborales de 16 horas y a temperaturas superiores a los 50 grados centígrados durante el verano, según informa Amnistía Internacional. Cientos de miles de personas son sometidas a una forma de contratación laboral, denominada kafala, con la que observan cómo la patronal puede retener sus pasaportes si así lo estiman; una práctica con grandes paralelismo a la trata de blancas.
Decía Henry Kissinger que “Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos permanentes, sólo intereses”. Dada la tesitura descrita, puede extrapolarse esta verdad manifiesta a todo el espectro geopolítico: Irán hoy es señalado como un estado retrógrado, mañana, puede ser que todo lo contrario. El hecho de que suponga el segundo país del mundo con más recursos de gas, le convierte en una pieza codiciada en esta particular partida de ajedrez. Pero: ¿Qué hay de Qatar? ¿Qué interés puede generar un territorio tan reducido? Evidentemente, el contar con uno de los principales yacimientos de gas natural del mundo, el North Field, además de significativas reservas de petróleo, le convierte en un actor político muy a tener en cuenta a escala global.
Si bien, la monarquía del golfo en los últimos tiempos también se ha valido de una notable influencia en el plano internacional, resultado de una diplomacia eficaz. Hoy Doha es el gran intermediario entre Occidente y Afganistán, las élites qataríes son las encargadas de moderar el radicalismo islamista en la zona desde que en 2013 decidieran recibir a los talibanes y arbitrar futuras negociaciones de paz con los Estados Unidos. Una decisión controvertida por aquel entonces, que en la actualidad está dando sus frutos.
Lo mismo podemos decir de la franja de Gaza, dónde tras los acercamientos protagonizados por Emiratos Árabes Unidos e Israel, Qatar es de los pocos agentes legitimados para trazar puentes entre palestinos, norteamericanos e israelitas. Todo ello, sin contar con la influencia de la cadena qatarí, Al-Jazeera, en el mundo árabe: verdadero referente informativo para millones de personas. Mantener una buena relación con este pequeño país, resulta indispensable para el control de Próximo Oriente.
Llegados a este punto, nos encontramos en una encrucijada ¿exigimos a los iraníes el cumplimiento de los derechos humanos mientras celebramos la copa de fútbol en Qatar? ¿Se nos escapa a las democracias occidentales la coherencia política o es que siempre han sido sólo intereses económicos?
Álvaro Cortés Oliva
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