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El Catalán Opinión

Auschwitz. Nos atañe más de lo que creemos

Por José Luis Vergara
domingo, 2 de febrero de 2020
en Opinión
5 mins read
 

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Cómplices y compinches

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Israel, memoria del horror que tan bien conocemos

Poco se me ocurre aportar en los 75 años de la entrada del ejército ruso en Auschwitz donde encontraron unos hombres y mujeres en el límite de su resistencia, como sobrevivientes de más de un millón de asesinados en aquel lugar [1] ya que existen grandes crónicas periodísticas del momento.

Poco se puede aportar a tal horror cuando algunos que lo vivieron nos lo han explicado y los hemos leído o escuchado rompiéndonos por dentro.

Poco se puede decir más que el sobrevalorarse uno, despreciar al otro y por ello creernos con razón para eliminarlo, por sentirlo inferior, sale directamente de la cloaca inmunda del nacionalismo.

Poco que añadir a lo que sabemos, en cuanto a que no fue solo ideología, también odio y no irracional, como a veces decimos y con ello le damos la atenuante de la falta de razón o convicción, a los odiadores.

Poco más que decir sobre lo que ocurría en la Europa de hace ahora siete décadas, disponemos de libros, documentales, películas, ensayos, conferencias, exposiciones, amigos, conocidos… mucho y con datos. Para quien quiera saber.

Pero admitiendo incapacidad de añadir algo importante en datos y conceptos a lo dicho y explicado por muchos, quizás vale la pena intentar, desde lo profundo propio, desde la subjetividad, algunas cosas que uno piensa que no se explican, no se conocen o no se atienden. O incluso se esconden.

En 1990 con Pedro y Juan Ignacio [2] (amigos con quien teníamos relación profesional) fuimos honrados por el encargo, previo concurso internacional, de dotar de contenidos al pabellón de la Cruz y la Luna Roja en la Exposición Universal de Sevilla 1992, la primera que se hacía en España.

Fuimos convocados a la sede central en Ginebra para entrevistarnos con los responsables de la entidad. De allí, hay un recuerdo imborrable. Una gran sala protegida en todo perímetro por cristal, en la que estaban situados grandes armarios de madera con muchos compartimentos y en ellos se veían miles de fichas. Cada una de ellas era de una persona que había sido apresada, deportada a un campo de exterminio (eufemísticamente llamados de concentración o de trabajo). Anotaciones sobre la duración del internamiento y la fecha de su aniquilación y el tratamiento final para la desaparición del cadáver.

Jamás olvido esta imagen, aparentemente rutinaria y de macabro contenido real y siempre la recuerdo cuando en algún momento se habla de genocidios o grandes matanzas organizadas.

Cuando Pablo Iglesias hace tres años dijo «El Holocausto fue un mero problema burocrático», en una tertulia sobre la película “The Reader” de Sidney Pollack, la imagen de los ficheros de Ginebra me vino a la mente. Me pareció que viéndolos mismo se puede pensar en la meticulosidad de los que llevan el control de los asesinatos y calificarlos de burócratas. Pero también de colaboradores necesarios y sin entrañas, en un acto criminal que obviamente no tienen posibilidad de decir no conocían. De asesinos.

Ahora tres años después, el mismo Iglesias, pero en ese momento vicepresidente segundo del gobierno de España, en un tuit sobre Auschwitz obviaba la palabra judío y lo calificaba de liberación del ejército ruso. Siendo verdad el hecho, describirlo como si en un acto de guerra se alcanzase una cota, tal que objetivo señalado en un mapa militar, me pareció poco acertado ya que entiendo que liberaron a personas, a los pocos miles que sobrevivieron al horror (más de un millón trescientos mil fueron asesinados allí).

A veces hablamos de racismo, de supremacismo, de antisemitismo y lo entendemos como una manifestación clara y contundente, con parafernalia del KKK o con esvásticas en la bandera y enloquecidas diatribas de odio hacia el otro, al que por descontado no conocen, ni nunca quieren ni les interesa conocer. Pero obviamos ese racismo que se embosca en las omisiones, nunca gratuitas claro. Y en la omisión rebajamos la empatía, o disimulamos el rechazo. Y de ahí al odio, solo tiempo.

Cuando hablamos de la Shoah (la catástrofe, en hebreo), del holocausto y lo hacemos desde España, es difícil no pensar en miles y miles de compatriotas nuestros, legalizados o in pectore como víctimas. Me explico. Desde 1924 los descendientes de los judíos españoles, expulsados en el siglo XV, podían pedir la nacionalidad por acuerdo del gobierno. Algunos lo hicieron entonces, pero, aunque no lo hicieran miles de ellos, ya los podemos considerar de nuestra sociedad o comunidad, hermanos.

Recurro a un ejemplo, en Salónica vivían 100.000 judíos sefarditas (casi todos descendientes de españoles). Todos prácticamente fueron apresados, unos pocos pudieron escaparse a Turquía y fueron acogidos por los que allí vivían. Solo sobrevivieron poco mas de 1.500, la mitad, unos 50.000 fueron asesinados en Auschwitz. Podemos decir entonces, con razón, que miles de compatriotas nuestros fueron eliminados por el régimen de la Alemania nazi. Y es solo un ejemplo. Podemos añadir los que fueron apresados y deportados y asesinados de Francia (Con la colaboración del Gobierno de Vichy). Y los que vivían en otros países, Alemania incluida.

Es de justicia, en estas fechas, recordar a los diplomáticos españoles que ayudaron a salvar la vida de miles de personas, entre 30 y 50 mil se calcula, durante la II Guerra mundial, y que fueron recordados en una exposición del MAE y por Israel actualmente. Algunos de ellos recibieron la calificación de “Justos entre las Naciones” la máxima distinción de Israel reservadas a quienes no son judíos y merecen su aprecio, distinción y respeto.

Finalmente es importante recordar algo que ha pasado desapercibido. Hace unos meses concluyó el plazo de petición de nacionalidad para los descendientes sefarditas y no se habla de volver a abrir esta posibilidad que afectaría a personas que actualmente viven en varios países europeos y americanos especialmente, y en otros como Turquía donde aún hay una comunidad sefardita de unas 10.000 personas en Istanbul. Sobre esto no deberían incidir ideologías, es un deber histórico con los que en el siglo XV fueron expulsados y que muchos de sus descendientes, como ahora sabemos, quizás se despidiesen de los suyos, ante la muerte segura, en la dulce lengua judeoespañola que también llamamos ladino y que ellos conservaron con amor.

Por estas cosas y por muchas más, el holocausto, la liberación de los supervivientes de Auschwitz nunca deberíamos verlo como algo que paso lejos o a otros. Nos concierne como personas con sentimientos y también como españoles afectados por la pérdida irreparable, de muchos hermanos.

José Luis Vergara, enero 2020

[1]  Boris Polevoi en el Pravda, Richard Dimbleby en la BBC y Vasili Grossman para el periódico del Ejército Rojo,

[2] Pedro García Ramos y Juan Ignacio Macua, expertos en la comunicación y las creaciones y realizaciones exhibitivas, amigos con los que he colaborado en muchas ocasiones a lo largo de años.

 

TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

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Etiquetas: José Luis Vergara
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