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Artículo trigésimo séptimo: el mando a distancia

Por Ángel Mazo
martes, 17 de julio de 2018
en Opinión
5 mins read
 

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Como usted ya me conoce, puede que este título le haya sugerido la transmisión de órdenes desde Alemania al Palau, pero no va por ahí la cosa (…o no exactamente). Es más: hoy tengo ganas de reírme y eso tiene poca gracia.

Una tarde del mes pasado había un partido de fútbol de nuestra selección. No soy aficionado a ver partidos por televisión, pero cuando se trata de la selección española me sale la vena que algunos llaman “facha” y me apresto a verlos enteros; sin ponerme la camiseta ni gritar, pero los veo y me emociono, aunque muy moderadamente por bien que nos vaya, que no fue el caso.

Esa tarde, después de cumplir con algunas obligaciones, volvía a casa tan mal de tiempo que dudaba poder ver incluso el final del partido… De repente recordé que mi contrato me permite ver cualquier programa por atrasado y, por tanto, podría fácilmente: a) no averiguar el resultado ni permitir que nadie me lo contase, y b) ver el partido desde el principio, haciéndome la ilusión de que era en directo y sintiendo la misma (moderada) emoción.

Así lo hice. Ya ni siquiera corrí, me tomé mi tiempo y cuando estuve listo me senté ante la pantalla con el mando a distancia bien a mano. Me “situé” a mí mismo al principio, cuando se echaba al aire la moneda para elegir campo, etc. Aquello era estupendo, había creado en mi casa un mundo particular que funcionaba ajeno a la realidad exterior, a mi antojo, con simples clics.

Como no me había puesto la camiseta de la selección, ni ninguna otra porque en casa hago lo que quiero, me veía mi propio ombligo y a veces me lo miraba más que a la pantalla, de tanto que me gustaba verlo. ¿Qué me importaba, en el fondo, la realidad exterior; si habíamos ganado o no?, ¿qué me importaba el mismo fútbol si había descubierto el poder mágico de jugar con el tiempo, de dominarlo a placer?

En un momento determinado quise ir a la cocina y dudé si hacerlo porque el partido seguía jugándose (y es que ya me estaba creyendo mi propio cuento); inmediatamente caí en la cuenta de que podía parar del todo el tiempo, con el “mandato a distancia” (no es un error, le cambié el nombre porque se trata de un aparato que permite hacer lo que uno quiera y simular que siente una religiosa abnegación por la voluntad popular del resto de los presentes en el salón).

Paré el partido. No había vuelto de la cocina cuando sonó el teléfono con una llamada bastante inoportuna, dije que había “parado el partido” (de verdad que me lo creía ya, así: a fuerza de repetirlo) pero que quería seguir viéndolo; como el asunto era más importante, tuve que seguir hablando, lo que me pareció una falta de comprensión de mi interlocutor hacia mi identidad y sensibilidades, me molestó y enseguida empecé a considerarlo un agravio más de los que tan a menudo se me hacen por ser como soy, distinto.

Por fin volví a hacer lo que quería, ¿tengo o no derecho a decidir, a autodeterminarme?. Reanudé el partido, sin más, (¡menudo soy yo!). Un delantero nuestro intentó “una chilena” que casi acabó en gol; se me ocurrió tomar de nuevo el “mandato a distancia” y repetir la chilena varias veces para ver si alguna de ellas colaba. No fue así. ¡Qué tozuda es la realidad, que no tiene en cuenta mi voluntad (tozuda también)!

Visto que no prosperaba; aproveché un gol nuestro que sí había tenido lugar  (más de una hora antes) para repetirlo y que subiera al marcador varias veces, y así lo hice con gran optimismo y esperanza de un futuro mejor –más tranquilo y a nuestro aire- en lo que quedaba de partido. Sin embargo, tras repetir el gol diez veces, el marcador se empeñó en repetir también diez veces el uno-cero y de ahí no pasaba, no había forma. La realidad continuaba siendo más tozuda que mi voluntad, que ya es decir.

Tampoco pude modificar las decisiones del árbitro que no me gustaban; a pesar de mis pretensiones se comportó como lo haría una autoridad en el campo de juego, como un representante de la ley que estaba politizando el partido a su gusto; no le vi dispuesto a dialogar ni a hacer gestos de buena voluntad hacia mí.

Mostró tarjeta roja (yo la habría preferido la amarilla por las dos razones que usted imagina) a uno de nuestros jugadores por una acción violenta que yo juzgué pacífica (incluso festiva) y justificadísima pero que él consideró muy grave según un reglamento de ésos que yo me paso por aquí; por más que grité para que se le concediera la libertad de volver al césped (y a las andadas), no logré nada. Sentí que nos estaba robando el partido y grité también: “¡El árbitro nos roba, el árbitro nos roba…!”, sin ningún resultado. Me puse un lazo amarillo (en la muñeca, porque estaba sin camiseta y no me iba a pinchar, que bastante ilógico era ya todo lo demás…).

Mire, no es que el árbitro desoyera mis gritos, es que no los oyó porque ¡él estaba en Rusia y yo en casa!; ya se había duchado y volvía hacia el hotel mientras yo estaba aún en el primer tiempo. Por una vez en mi vida, pensé un poco y comprendí que había estado entretenido no con el juego deportivo del fútbol sino con otra cosa, el juego político-social del “Indepenpoly” (como el famoso Monopoly pero supuestamente más divertido porque las calles son todas supuestamente nuestras).

Abrí la ventana al mundo y pude comprobar mi retraso con respecto a él, un retraso-consecuencia de mi psicótica negación de la realidad; el mundo iba muy por delante de mí y creo que despreocupado por mis sensibilidades que ya me parecían más ridículas que especiales y esenciales. Comprendí que yo había estado incomuniCAT y, por eso, un tanto equivoCAT; mi mundo desenfoCAT y mi intelecto… damnifiCAT.

Tomé una buena decisión y tomé también el “mandato a distancia”, le quité las pilas y me las puse yo; como empezaba a refrescar, cogí una camiseta (no la roja que no la tengo pero, desde luego, tampoco una amarilla que guardo y antes me gustaba mucho por ser la de distintiva de mi promoción). Con las pilas puestas y los pies en el suelo, vestido como un hombre con discreta elegancia, sincronizado mi tiempo con la hora oficial (la del Real Observatorio de la Armada, Cádiz), hecha una limpieza que me devolvió la higiene mental que nunca debí perder…, esto ya era otra cosa.

Una mala tarde la tiene cualquiera y se llama así: “mala tarde”. Lo del procés no tiene nombre… o tal vez “injustifiCAT punto CAT”.

Por Ángel Mazo


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