¡A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición!. Así se canta estos días en Pamplona, instantes antes de salir corriendo 850 metros, con seis toros y seis cabestros.
Al ver año tras año a los corredores, tocados de rojo y con camisa blanca (los que van “correctamente uniformados”), no es raro que resuene en mis oídos la única canción cuya letra humedece mis ojos cada una de las veces que la oigo, impepinablemente; la inigualable y familiar voz de Ana Belén acaricia a un tiempo mis pensamientos y sentimientos con su “España, camisa blanca de mi esperanza” y yo, sencillamente, me deshago; bien lo saben, quienes bien me conocen.
Por otra parte, parece ser que los himnos de sólo cuatro naciones en el mundo, España y otras tres, carecen de letra (excuso decir que las notas musicales de nuestro himno, en versión solemne durante un acto público, o en versión simple y en la soledad, también tienen la propiedad de humedecérmelos).
Marquina, Pemán, Cubero, Sabina y, recientemente, Marta Sánchez –entre otros- han aportado sus letras. Muy meritorias y estupendas todas, pero no terminan de cuajar, porque es un tanto tarde ya para añadirle una letra a la Marcha Real, Granadera o de Honor, de finales del s. XVIII; porque España tiene sus enemigos y no querrán nunca que nada cuaje, y porque nuestra historia (en realidad: las “sinuosas” interpretaciones que hacemos de ella) no facilita en absoluto el consenso que, desde luego, requiere una letra nueva para que efectivamente cuaje.
Se me antoja a mí que la letra de “España, camisa blanca de mi esperanza” sería consensuable (con la pega obvia de que habría que encontrar un músico arreglista que celebrase con suficiente dignidad el matrimonio de una partitura venerable y un texto más que adulto).
No puedo encontrar en ella, tendencia de parte política alguna, ni contravención de ningún “pensamiento correcto” partidista, y sí las dificultades habidas en nuestro pasado común y el afán por superarlas en el futuro común, un afán del que sólo gente impresentable no querría participar (apueste usted lo que quiera a que los hay).
Aunque me coma demasiado espacio del que dispongo para mi artículo de hoy, creo que merece la pena que transcriba completa la letra en cuestión. Le recomiendo leerla despacio -para dar lugar a alguna meditación aunque sea fugaz- y, si nota un cierto nudo en la garganta, es que es usted español y sensato (español, de cualquier parte de España y sensato, sea cual sea su juicio y preferencia política); abierto, como una camisa sin chaqueta ni corbata, a todo el mundo y a toda idea; blanco, como una camisa blanca y refulgente, para mostrar su higiene mental y su disposición a estar siempre aprendiendo:
España camisa blanca de mi esperanza,
reseca historia que nos abrasa
por acercarse sólo a mirarla.
Paloma buscando cielos más estrellados
donde entendernos sin destrozarnos,
donde sentarnos y conversar.
España camisa blanca de mi esperanza,
la negra pena nos amenaza,
la pena deja plomo en las alas.
Quisiera poner el hombro y pongo palabras
que casi siempre acaban en nada
cuando se enfrentan al ancho mar.
España camisa blanca de mi esperanza,
a veces madre y siempre madrastra;
navaja, barro, clavel, espada.
Nos haces siempre a tu imagen y semejanza,
lo bueno y malo que hay en tu estampa,
de peregrina a ningún lugar.
España camisa blanca de mi esperanza,
de fuera o dentro, dulce o amarga,
de olor a incienso, de cal y caña.
¿Quién puso el desasosiego en nuestras entrañas,
nos hizo libres pero sin alas,
nos dejó el hambre y se llevó el pan?
España camisa blanca de mi esperanza,
aquí me tienes nadie me manda,
quererte tanto me cuesta nada.
Nos haces siempre a tu imagen y semejanza,
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar.
Esta letra no dice nada y lo dice todo, ¿verdad?; la juzgo aceptable por todos.
Por mi parte, en cada artículo de esta serie abogo por la razón pero además, como los nacionalistas catalanes, también soy algo romántico y tengo mis sentimientos (no vengan ahora a adueñarse de todos ellos como si fueran calles, plazas o playas). Entre otras cosas, siento impotencia al querer poner el hombro y constatar que sólo estoy poniendo palabras de ésas que casi siempre acaban en nada… En fin, ¡aquí me tienes, España! (toda tú, entera); nadie me manda, y quererte tanto sigue sin costarme… ¡nada de nada!
Por Ángel Mazo

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