Artículo séptimo: de la psicología de masas

Siempre me había llamado mucho la atención el comportamiento de las masas, bien leyendo sobre hechos históricos como la Revolución Francesa, viendo escenas de películas como “La jauría humana”, o bien siguiendo por televisión las reacciones de la multitud tras la muerte de Diana de Gales, por poner unos pocos ejemplos, fáciles y variados. Y me resultaba fascinante porque me era muy difícil entender estos fenómenos. Pero la lectura de dos libros bien conocidos (“Psicología de las masas”, de Gustave Le Bon, y “La rebelión de las masas”, de Ortega y Gasset) me proporcionó claves para hacerlo y rebajó así mi inquietud sobre los sucesos de París, del pueblo donde rodó Marlon Brando o de Londres, respectivamente.

Recordarán que hace poco, hablaba del precio que tiene todo lo que se hace incluso en el ámbito intelectual cuando me refería a que una vez roto racionalmente un apasionamiento, no puedo apasionarme por algo que en esencia sea igual aunque esté orientado en sentido contrario. En este asunto de las masas, el “precio” que he de pagar por entenderlas mejor es no poder dejar ya de identificar como masas algunas multitudes como, por ejemplo, las del independentismo catalán; ¿qué quieren que les diga?, tal vez esté un poco obsesionado.

Veo que sus comportamientos reproducen cuanto aprendí de tales maestros y me llevan a la conclusión de que se trata de masas “de las de libro”, manipuladas por sus líderes como si lo hicieran (tal vez lo hagan) con el manual en la mano. Créanme que me duele decir esto, pero me lo dicta la sinceridad que pretendo presida todos mis artículos. Si le parece exagerada la conclusión, cierre los ojos y piense en una “performance” cualquiera de estas últimas que requieren el concurso de infinidad de gente (de su número, por cierto, presume a menudo el independentismo porque dice que lo legitima plenamente pero, al oírlo, mi caprichosa mente lo contrarresta proyectándome conocidas imágenes de manifestaciones en la Alemania nazi…).

Para no alargarme ni hacer de esto una lectura farragosa, si les parece haremos como otras veces: yo cuento en síntesis lo que he aprendido y ustedes lo leen con el telón de fondo de la Cataluña de estos años. Así, si ustedes van poniendo algunos ejemplos, bastará con que yo ponga unos pocos.

Sabemos que los individuos sufren una tremenda transformación al zambullirse en una masa; se “desinvidualizan”; el anonimato les produce sensación de impunidad y libera sus conductas; cambian su facultad de raciocinio por la energía para actuar de que carecen en solitario; se integran en un alma colectiva que les hace sentir, pensar y actuar de un modo nuevo. No importa su diversidad porque les igualan las mismas pasiones; es irrelevante su nivel intelectual pues en materia de pasiones hasta los hombres más eminentes son como los más corrientes (“Intelectualmente, la masa es inferior al individuo”, dice Le Bon).

Las masas actúan siempre de modo poco consciente (puede ser delictivo pero también heroico/histórico… como el necesario para el parto de una supuesta nueva república) porque su dinámica no es racional sino sentimental (lágrimas, caras de compasión o ternura, niños y ancianos… ¡todo cabe!). Las masas son mediocres, irresponsables, volubles (puede pasarse de increpar al que era President  Puigdemont por traidor, a elogiarlo como héroe en cuestión de horas), impulsivas, irritables o mansas (según la ocasión), y siempre carentes de espíritu crítico…

El número de los individuos de una masa produce en ellos una confortable sensación de poder, así que sienten desaparecer la noción de imposibilidad y todo lo creen razonablemente alcanzable. Son crédulas; confunden lo subjetivo con lo objetivo, lo que les lleva a admitir como reales lo que no son sino imágenes legendarias (del s.X, en nuestro caso, dicen) o tal vez promesas (para el s.XXI y la eternidad, dicen).

Todos los sentimientos, buenos y malos, son siempre simples y exagerados; desaparecen las dudas e incertidumbres: todo pasa a ser evidente (entreténganse un poco y cuenten cuántas veces se dice: “Es evidente que…” en una tertulia cualquiera de TV3; así se elude muy cómodamente la necesidad de dar explicaciones a los telespectadores).

Los líderes seducen a sus masas abusando de afirmaciones exageradas que contienen cierta violencia (verbal, entiéndase); constantemente repetidas en la misma forma (breve para que queden como consignas) y nunca demostradas. El proceso es el siguiente: 1) afirmación, 2) exageración, 3) repetición, 4) nada de demostración, y 5) contagio… (esto, cocinado en Cataluña durante algo más tres décadas tiene efectos muy duraderos para los que no existe un antídoto de acción rápida tipo artículo 155; de ahí la tarea de pedagogía que debía haberse estado haciendo, que ahora es más necesaria que nunca y que no sabemos cuándo podrá acabar).

Como los sentimientos que se manejan son siempre simples, las opiniones se aceptan o rechazan en bloque, y quedan convertidas ya en verdades absolutas o en errores absolutos. Si tras estos filtros llega al cerebro algún hecho, se queda oculto tras el modo en que se presenta; porque ese modo reclama mayor atención que el hecho en sí.

Con frecuencia, el líder recurre en algún discurso –sin citarlos- a instintos de su gente más bien primarios y bajos, que son los que dan más juego… Parte de su rol consiste en crear y sustentar una fe, y él mismo sufre la alucinación de ser apóstol de esa fe (términos del propio Le Bon). Prefiere primar en los suyos la acción sobre la reflexión. Si se cree perseguido se excita más y pierde el instinto de conservación (llega a preferir el martirio a una derrota…).

Ortega, en su “España invertebrada” ya dijo que “por una extraña y trágica perversión (…) el pueblo español (…) detesta al hombre ejemplar (…) y se deja conmover por algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios”.

Como pasó cuando me referí al “pensamiento de grupo”, observen que todas estas cosas se escribían hace cien años y más, pero parecen de ahora.

Me convenció Le Bon al afirmar que “Cuando se exagera un sentimiento, desaparece la capacidad de razonar” y que “Cuando el error se hace colectivo, adquiere la fuerza de una verdad”. (Viene aquí a cuento también la conocida frase de Göbbels “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”; con el “Reich” en llamas y la “Wehrmacht” retrocediendo en todos los frentes, lograba que amplios sectores del pueblo alemán pensaran que la victoria aún era posible. Traduzca usted esto también al caso que nos ocupa).

Tras esta brevísima descripción de ciertos aspectos de la psicología de las masas, tal vez ahora acabe usted teniendo que pagar el mismo precio que yo si no se había interesado antes por ellas. Si así fuera no se preocupe, enseguida verá que es un precio muy razonable.

Aquí el enlace al artículo sexto. La semana que viene hablaré de televisión pública y políticos presos (dicho así, ya se sabe por dónde voy a ir…).

Por Ángel Mazo.


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